Cine

Supergirl: Lo que sea que seamos

Escrito por Baltazar Chuaqui

Nuevas fronteras

Cuando James Gunn y Peter Safran anunciaron el nuevo universo cinematográfico de DC Comics DCU, por sus iniciales en inglés— , hicieron una promesa: todas las producciones, fueran de mayor o menor importancia en la historia general, tendrían el sello propio del director o directora que las realizara, y no estarían sometidos a directrices estrictas de productores, como ocurría en otras compañías. Además, las películas solo serían llevadas a producción con un guion terminado, para evitar las improvisaciones que se suelen dar en blockbusters de superhéroes. La primera nómina de proyectos era emocionante e incluía, entre otras cosas, una película de Swamp Thing que tendría a James Mangold como su director, anuncio que se dio unos días más tarde, y que prometía ser una experiencia única de body horror y terror gótico. La cosa pintaba bien.

Supergirl (2026) es el segundo proyecto de los anunciados en ver la luz del sol, después de Superman (2025) y antes de Lanterns (2026). La película fue anunciada originalmente como Supergirl: Woman of Tomorrow, y se dejó muy claro desde un primer momento que se basaría en la célebre miniserie de cómics homónima, de Tom King, Bilquis Evely y Matheus Lopes. Es inusual que esto ocurra. La historieta tiene un dibujo y un uso de colores impresionantes; mezcla ciencia ficción, fantasía y pulp de superhéroes, y además es autoconclusiva. Ideal para adaptar.

La pregunta por hacerse en aquel entonces era la siguiente: ¿Quién sería la persona elegida para traer todo esto a las pantallas, aquella que tendrá la libertad de hacer la película que le plazca? Años atrás, cuando otra persona dirigía DC y empezaba a hablarse de una eventual película de Supergirl, se decía que Warner Brothers estaba interesado por tener a una directora a cargo. ¿Se mantendría eso ahora? Y si no, ¿quién sería?

La respuesta fue Craig Gillespie, cuya carrera ha estado marcada por hacer películas simples sobre mujeres multifacéticas. Su última película, Cruella (2021), fue un trabajo para el que reemplazó a otro director, y cuando salió el primer tráiler de Supergirl, con su rock ochentero, chistes irreverentes y superhéroes espaciales, pareció que le había tocado reemplazar a James Gunn.

De Evely y Lopes a Gillespie

Debido a que Gillespie no es un director conocido por sus composiciones visuales, a la pregunta sobre quién dirigiría le seguía otra, quizás implícita en la primera: ¿Cuán notoria será la diferencia entre las bellas ilustraciones del cómic y lo que tendríamos en pantalla? La respuesta, simple y llanamente, es que es muy notoria.

Los colores del cómic —tantos que parece que descubres tonalidades nuevas en cada página— han sido reemplazados por ciudades grisáceas y campos recubiertos por una pátina incolora. No se nota el toque de Rob Hardy, cinematógrafo responsable de producciones espectaculares como Mission Impossible — Fallout (2018) o Annihilation (2018). Los sets son más genéricos de lo que esta historia merece, y recuerdan más de lo que deberían a otras películas de superhéroes en el espacio. La retroiluminación y los lens flares definen el estilo visual de la película hasta tal punto que se siente como si las fuentes de luz fueran el enfoque principal de cada plano, lo que oscurece en más de una ocasión los rostros de los actores. Y esta es una película que, por sobre todo, es de actrices y actores.

Milly Alcock es una gran Supergirl. Retrata a Kara Zor-El —prima de Superman y perteneciente, dentro del universo, a la alienígena Casa de El— como una mujer compleja, sensible y solitaria, de tal manera que, aunque la película tiene un primer acto bastante acelerado, el viaje emocional de la protagonista es claro y tangible, y su relación con Krypto y el mundo —o universo— que los rodea está llena de matices y detalles propios de su actuación. Eve Ridley no se queda atrás en ninguna de sus múltiples escenas compartidas, y su Ruthye funciona a la perfección como contrapeso emocional para Kara. Su vínculo, si bien no es nada nuevo en este tipo de historias —una cínica heroína solitaria encuentra a una joven idealista con lo que tiene mucho en común—, se siente fresco y novedoso en gran parte gracias al trabajo de ambas actrices.

Pero este trabajo no se debe solamente a ellas.

El guion de Ana Nogueira facilita una dinámica de tira y afloja muy entrañable entre ambas, y tiene como núcleo la caracterización de Kara y Ruthye. Esto funciona para simplificar una historia epopéyica y convertirla en un espectáculo para todas las audiencias, pero tiene sus costos. El villano, Krem —interpretado por Matthias Schoenaerts—, no alcanza a ser la silueta de un personaje, y pasa de ser el asesino en función al poder de un rey del cómic a un pirata genérico. Por otro lado, la presencia de Lobo —ícono de culto de DC Cómics, interpretado sin carisma alguno por Jason Momoa— no aporta demasiado y se queda más tiempo del que debería en la historia, a tal punto que el final se reparte entre Supergirl, Ruthye y él, como si fueran una tríada y no un dúo con un motociclista que conduce por ahí. La presencia de estos dos hombres —sumada a la del Superman de David Corenswet— jamás termina de encajar de una manera satisfactoria en la trama, aunque sí profundiza uno de los temas principales de la película: la autodeterminación.

En la sombra del superhombre

Si bien Supergirl fue concebida como un añadido a la historia de Superman, con el pasar de las décadas ha adquirido vida propia, pero su alias y su naturaleza kryptoniana la mantienen, por definición, fuertemente vinculada a él, y eso es algo con lo que la película dialoga directamente. El cómic en que se basa también lo hace, con cuestionamientos constantes a lo que es ser una mujer. En el guion de Nogueira, estas cuestiones se desplazan al conflicto con el villano principal, cuya trata de niñas, que lo hace tan deleznable, exterioriza los temas de la cinta sobre la agencia de las mujeres mas no se resuelve satisfactoriamente, y aunque da paso a uno de los momentos más interesantes e inesperados de la trama, no tiene el peso necesario dentro de la misma para ser más que un apéndice.

Hay momentos en los que se siente una tensión entre la dirección y resto de la película: ahí donde hay torpezas estructurales en la historia, la dirección las hace más evidentes, como en el millar de chistes en el primer acto que no vuelven a asomarse desde el segundo y que podrían haberse reducido. Pareciera que el interés principal estuviera en las actrices, y no en todo lo demás. Los conflictos iniciales son enredosos y recaen demasiado en la coincidencia, y la resolución de otros deja mucho que desear —uno en particular, cerca del final, incorpora a Lobo de una manera torpe y a desmedro de la escena de acción obligatoria del clímax—.

Sin embargo, a pesar de que lo anterior enreda el enfoque de la cinta y le quita espacio al arco de Kara, la conclusión sentida a la que llega sobre lo que significa ser una persona completa, que admite que la vida a veces es imposiblemente difícil. Sea lo que sea que seamos, podemos conocer mundos nuevos, sentir y recordar por partes iguales.

A pesar de las críticas que se puedan tener sobre la película, su núcleo emocional es tan fuerte y verosímil que resulta difícil no encontrar algo que amar en el breve, caótico y ruidoso viaje por el que nos lleva. Los vínculos de esta película al pasado, a través del bellísimo y eternamente reconocible amor que se puede tener por un perro, van mucho más allá del cariño que genera Krypto, y se estiran hasta casi todos los detalles de la producción, desde la música hasta el legado de Superman, para decirnos que volver a casa es posible, seamos grandes héroes o no. La película pasa por un camino con baches antes de llegar a esa conclusión, pero al final, cuando el arco de Kara está terminado y toca recoger las cosas, salir del cine y volver a casa con nuestro perro, gato u otro ser querido, se hace con el corazón lleno y una sonrisa.

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