Se puede ser sintético antes de pasar a desglosar: The End of Oak Street (2026), de David Robert Mitchell, no cumple con ninguna de las expectativas que podría generar ni de la idea, ni del autor, ni del nivel de producción. De hecho, es particularmente fácil desglosarlo.
La idea: Un vecindario completo se traslada a la época jurásica y una familia protagónica debe enfrentarse a una pequeña serie de problemas que ello implica. No tiene mucha más ciencia. Sí es cierto que en los primeros minutos de la película (los mejores, por cierto) hay un esfuerzo por elevar la idea al tipo de ambiciones que alguna vez manejaron ciertos autores de ciencia ficción (alguna vez, hace mucho tiempo, porque los autores de ciencia ficción y fantasía contemporáneos llevan un par de décadas sin escribir así) de lo más insospechados como Oesterheld o Bradbury. Rápidamente, esto se descarta por el bajo desempeño en la explotación de las ideas que Oak Street pone sobre la mesa, que básicamente no es ninguna.
¿De qué se trata realmente Oak Street?
Una aproximación ingenua expresaría que se trata sobre la redención familiar (de hecho, Oak Street es una suerte de traducción conservadora e intimista de la tesis de The Day the Earth Stood Still) o, derechamente, sobre lo que limita a la propia idea del puntapié de la trama: gente mundana obligada a sobrevivir en el contexto de una catástrofe fantasiosa. En realidad, no se trata de ninguna de esas cosas. La filmografía previa de Mitchell tenía temas claros. En orden, sus tres películas anteriores versan sobre: el fin de la inocencia, el fin de la paz y el fin del orden conocido. Oak Street no apunta ni al fin ni al comienzo de nada, más que de sus propias ocurrencias. Las cuales, por cierto y aunque la película haga esfuerzos absurdamente forzados para y fuera de lugar para demostrar lo contrario, como referirse insistentemente a la literatura de Sagan, no son ni de cerca interesantes.
El autor: no hay nada -al menos en apariencia- que explique el bajo desempeño de Mitchell en esta oportunidad. Incluso los pasajes menos logrados de sus tres películas anteriores están por encima del nivel del abuso de acomodaticios de guión presentes en Oak Street. Probablemente no haya otra película estrenada en 2026 más inconsistente con sus propias reglas que esta. Y no se trata de que haya que explicar demasiado en una película con una serie de reglas tan fantasiosas. Eso es lo de menos. Estos problemas responden a una base más complicada, como el hecho de que Oak Street es incapaz de abocarse incluso a las reglas cinematográficas más obvias de su propia relación con el espacio y las plasticidades que lo habitan. La mayoría de las secuencias de acción tienen algún problema de geografía, dimensión, perspectiva o coherencia interna que inmediatamente saca de la película. No hay que saber cine para darse cuenta, basta con haberse parado frente a algún objeto alguna vez para tener claridad sobre las mínimas reglas de la física, las mismas que esta película no respeta.
Sobre el bullado estilo Amblin tan mencionado por algunos críticos expertos en repetir las ideas del otro, sí es cierto que los primeros veinte minutos, antes de entrar de lleno a las reglas de la ficción, ofrecen un espíritu similar a las películas más canónicas de dicha productora. Todo muy derivativo, por cierto. Pero no de las películas ochenteras de Amblin, sino más bien de lo que ya derivó de ahí, como Stranger Things, las últimas películas de It o el 90% de la carrera de J.J Abrams (quien, por supuesto, que está acreditado como productor de Oak Street). Es curioso lo poco que hace Oak Street con el formato, pero más curioso aún es que su torpeza no haga mayor uso de los recursos de la época. Estos recursos, por cierto, no son solo los superficiales. De hecho, en ese tiempo efectivamente había grandes directores marcando pauta en ese estilo, como Spielberg, Zemeckis o Dante.
Los directores que inmediatamente salen como ejes de comparación son otro factor que juega en desmedro de Oak Street. Esos realizadores hacían mucho más con el lenguaje cinematográfico de una escena de lo que hace Mitchell en la totalidad de su película. Y no se trata de que sea un mal director. Todo lo contrario, y así lo demuestran sus tres películas anteriores. Por cierto, nada en el nivel de producción invita a pensar que él está limitado por decisiones de productores. Por mucho que en la película actuen dos profesionales de alto perfil como Anne Hathaway y Ewan McGregor, la sola ejecución de la idea es demasiado pobre como para pensar que nadie se está tomando la idea demasiado en serio. Sin ir más lejos, aún con esos dos protagónicos, las mejores actuaciones del filme son las de los niños (entre Hathaway y McGregor, es verdad que Hathaway le pone más esfuerzo, pero este inevitablemente se empaña por la consciente decisión de hacer de ella misma, algo que lamentablemente ha rodeado la etapa tardía de esta actriz tremendamente talentosa).
El nivel de producción: Hay algo de engaño en el marketing de esta película. Tanto los colores como las dimensiones presentadas en su publicidad están lejos de corresponderse con el pobre uso que se les da en la película final. Por un lado, está el vecindario. Al menos, en teoría. Si bien los personajes se desenvuelven en este, eso no quiere decir que se le de un tratamiento particularmente creativo al espacio. Podría ser cualquier otro lugar, y también cualquier otra época. En estricto rigor y para efectos puramente cinematográficos y de género, Oak Street es una película de zombies. Y si bien hay movimientos creativos con el uso de los dinosaurios, como mostrarlos copulando o hacer vistosas sus heces, es el tipo de cosas que literalmente se vienen viendo desde finales de los noventa, con esa escuela de documentales animales de dinosaurios que marcaron a toda una generación. Ese puede calificar un género en sí mismo, por cierto, en el que la mayoría de las películas y series que produjeron son infinitamente superiores a Oak Street. No es tan creativo el gesto, sinceramente.
Por otro lado, es decepcionante que literalmente hay hasta videojuegos de hordas de monstruos más creativos y divertidos que Oak Street. Toda esa escuela de Gears of War o producciones similares trabaja mucho mejor la serie de consecuencias que puede tener un espacio mundano y urbano enfrentándose a lo natural que este filme.
En cualquier caso, es tan pobre el factor del vecindario, que es imposible dejar de pensar en lo mucho que hace gente como Hooper tan solo con las proximidades a una sola casa en Poltergeist. Del esfuerzo de Gremlins o E.T. ni hablar. Y esa última película invita a hablar sobre el fantasma de Spielberg que amenaza desde la recién estrenada Disclosure Day. Quizá esa no es la película exacta para revisar las -bajísimas- ambiciones de Oak Street. Pero sí demuestra (literalmente, lo está demostrando ahora mismo en vivo y en directo con un estreno otro estreno del 2026) que no es tan fácil hacer una película en esa línea.
De hecho, sería lo más prudente y respetuoso simplemente eliminar las dos primeras Jurassic Park de cualquier tipo de comparación con Oak Street. Algunos críticos más interesados en dar con cuñas para el bronce que en pensar íntegramente las películas que invitan a ver, rápidamente empezaron a repetir, como si se hubiesen puesto de acuerdo o esa observación tuviese el más mínimo valor, que Oak Street es mejor que todas las Jurassic World. Eso simplemente no es así (aún cuando, salvo la primera, esas películas son bastante malas), por mucho que se vea cool expresarlo en redes sociales. De base, no son películas del mismo género, aunque sí comparten una ambición puramente centrada en la diversión. Y eso inevitablemente lleva al incómodo tema siguiente.

Solo para divertirse
Hay de todo en el valle del internet. No tardó en aparecer una corriente de defensa a la película abogando por sus bajas ambiciones y su pretención de mantenerse en el mero entretenimiento. Esa vereda tiene dos problemas graves. Por una parte, implica desconocer de lleno las capacidades narrativas y la creatividad de un autor que ha demostrado un nivel mucho más alto como lo es Mitchell. Pero más importante aún, esa actitud pretende dignificar la mera entretención desde una retórica que la exime de las responsabilidades que debiesen ser compartidas con otras expresiones artísticas. Para estos efectos, el discurso simplifica los límites del arte en vez de validarlos. Cuando la gente expresa eso, Oak Street se ve como una película incluso peor. Difícilmente se pueda afirmar que es una cinta particularmente divertida o encantadora. Las películas que cumplen esas condiciones existen, algunas de ellas (la mayoría, de hecho) son blockbusters y se pueden ver fácilmente en cualquier sala de cine o en algún streaming tan solo un par de semanas después. No es necesario insistir en que Oak Street es algo que no es. No puede ser solo para divertiste, si ni siquiera da para divertirse.
Ciertamente, no es exigente con su espectador (ha de convenir en que realmente casi ningún estreno que tenga llegada internacional realmente lo es) y eso puede ser un punto a favor para cierta audiencia que busca exactamente eso. Cuando el arte toma esa decisión, debería ponerse por delante alguna alternativa para reemplazar la pobreza temática de la obra. Y en cualquier contexto, un estreno como Oak Street es una buena oportunidad para reflexionar si nuestra dignidad como audiencia no vale un poquito más.
The End of Oak Street ya se encuentra en cartelera a lo largo de Chile.
