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A 25 años de The Princess Diaries: aún necesitamos cuentos de hadas modernos

¿Qué pasaría si de un día para otro descubrieras que tu padre viene de la realeza de un recóndito país europeo que espera ser gobernado por ti? 

Probablemente, recibirías un cambio de look que haría que tu amor platónico finalmente se fijara en ti, pero por las razones equivocadas; o pelearías con tu mejor amiga por tratar de guardar ese gran secreto, e incluso vivirías una serie de vergüenzas que serían señaladas por la prensa. 

Pero antes de que pasaran todas esas cosas, tu reacción más instintiva sería decir: «¿Yo? ¿Una princesa? No inventes». O al menos así reaccionó Mia Thermopolis (Anne Hathaway) 25 años atrás cuando Clarisse, su abuela, decide reaparecer en su vida dos meses después de la muerte de su padre, dispuesta a empezar una serie de lecciones para prepararla para ser la próxima princesa de Genovia, una pequeña monarquía que supuestamente estaría entre España y Francia. 

Un verdadero cuento de hadas que, para quienes hayan sido niñas o adolescentes en los 2000, era un must-watch. Tenía todo lo que una película adolescente de esa época buscaba generar: ser representativa e inspiradora.  

Representativa al estilo de Lizzie McGuire, con una protagonista lejos de ser perfecta y mucho menos popular. Pero también inspiradora como Hannah Montana, donde una doble vida llena de glamour, fama y talento no parecía imposible.  

Pero hay un tercer ingrediente que hizo de The Princess Diaries (2001) una película dosmilera que perdura en el tiempo y que, 25 años después de su estreno, aún parece disfrutable para una generación que reemplazó los MP3 por los celulares Disney por las plataformas de streaming. 

Después de todo, el papel de la chica tímida, media nerd, ya se había retratado anteriormente. Lo que no se había hecho era construir a un personaje como Mia Thermopolis, que sí es igual de tímida y media nerd, pero también disfruta de escalar, hacer yoga y le gustan los autos viejos. Una chica que vive con su madreartista, en una casa que solía ser una estación de bomberos, y una mejor amiga interesada en la política que tiene un show de televisión.  

Basada en la novela homónima de Meg Cabot, The Princess Diaries no intenta que Mia resulte cercana haciéndola un personaje genérico. En cambio, le otorga una vida plena y compleja, para que su público adolescente se identifique con esa profundidad. 

Mirada con los ojos de la actualidad y una mentalidad adulta, es imposible negar que hay ciertos aspectos de la película y ciertos personajes como Lily que algún día fueron normalizados y hoy son motivo de discusión, pero ¿no es ese el punto de revisitar películas que formaron parte de nuestra infancia y adolescencia? Recordar con nostalgia aquello que nos hacía sentir identificadas y ser capaces de cuestionar lo que alguna vez deseamos.  

Y vale la pena hablar de películas como The Princess Diaries, que  ya fueron destacadas en un momento donde existía una gran oferta de películas adolescentes; hoy más que nunca, merecen ser rescatadas. No únicamente en el sentido de apelar a la nostalgia, porque sí, ¿quién que haya sido niña o adolescente en esa época no desborda de emoción por volver a ver a Anne Hathaway una tercera vez como Mia Thermopolis y ver qué rebranding le pueden hacer al personaje de Lily o a Julie AndrewsPero ¿las niñas y adolescentes no necesitan también sus propias Mia Thermopolis? Una película original con una historia que, ambientada en la modernidad de hoy, toque los temas transversales de identidad, pertenencia y autoestima.  

Porque lo que hizo a The Princess Diaries una película que hace reír y emocionar es su estilo de cuentos de hadas moderno. Es imposible no acordarse de Cenicienta o La Bella y la Bestia, de los elementos clásicos de los cuentos de hadas: la niña que descubre un secreto sobre su familia, el ciclo generacional, la superación de obstáculos (para Mia, hablar en público), lecciones que ponen a prueba de lo que eres capaz (en el caso de Mia, incluye superar una cena con más de tres platos y autoridades de todo el mundo) y la necesidad de tomar una decisión importante.  

No cabe duda de que lo que nos entregó The Princess Diaries, más allá de uno de los makeovers más icónicos de la historia de películas de Disney y la esperanza de que algún día un familiar tocara a tu puerta para decirte que eres la próxima sucesora de la realeza, son lecciones que, aunque a primeras pueden ser un poco cursis, no dejan de ser elementales. 

La moralidad de la película es clara; basta con citar las frases: “Nadie puede hacerte sentirte inferior sin tu consentimiento”. “El valor no es la ausencia de miedo, sino la convicción de que hay algo más importante que el miedo”. Frases que forman parte de escenas icónicas que están en nuestra memoria colectiva y que demuestran con claridad el arco narrativo del personaje de Mia. 

Cuando Mia empieza su camino para convertirse en princesa, sus problemas no desaparecen, sino que se transforman. Si bien ya no se siente invisible, es reconocida por las razones más superficiales. Quienes se burlaban de ella empiezan a verla como un instrumento para ascender. Y ella se da cuenta muy tarde porque, por más princesa que pueda ser, en el fondo sigue siendo esa adolescente insegura de sus capacidades, cuya identidad está en constante construcción. 

Es una película sobre el coraje y la aceptación. El coraje de enfrentar los propios miedos que construimos y los que se nos presentan conforme crecemos. Aceptación de quienes somos en esencia y en quienes nos podemos convertir. Pero también una película que habla de la amistad. Vista desde hoy, Lily dista mucho de ser una buena amiga: desaparece cuando Mia más la necesita y reacciona con celos cuando deja de ser “la chica invisible”. Sin embargo, uno de los rasgos más interesantes de Mia es que, incluso siendo insegura, nunca deja de poner límites cuando siente que está siendo tratada injustamente.  

Y en el más puro de sus mensajes sobre ser adolescente. Porque, por más poco identificable que pueda ser practicar cómo caminar erguida, aprenderse todos los tipos de cucharas o tenedores que existen y preparar discursos para una multitud, las caídas (algunas literales y otras no tan literales) que enfrenta Mia son las de cualquier adolescente. ¿Quién no recuerda con humillación los intentos por acercarse a la persona que te gusta, los nervios por presentar en el colegio o la sensación de decepcionar a una amiga? 

O la más dura de las caídas: entender que el mundo no gira alrededor de ti. Y que a menor o mayor escala todos tenemos un papel que desempeñar que afectará a otras personas, para bien o para mal. 

A 25 años de su estreno, The Princess Diaries nos recuerda que solo basta una protagonista entrañable y una historia conmovedora para crear una buena película adolescente. Que las experiencias de identidades son transversales, pese a los cambios sociales y tecnológicos. Y que hoy, más que nunca, las adolescentes necesitan su propio cuento de hadas moderno para encontrar, a través de una heroína un tanto torpe, pero de buen corazón, una historia con la que sentirse representada, inspirada y auténtica.  

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