Escrito por Felipe León
Incluso hoy la escritura musical de Lou Reed se asocia a una decadencia trastocada por la crudeza lírica de sus canciones, donde abundan personajes marginados de la sociedad; Take a walk on the wild side. No menos cierto es su afán por detallar aspectos más íntimos y hasta sentimentales, aunque sean contadas las veces, tal como desarrolló con The Velvet Underground para el homónimo de 1969, o bien cuando sorteó un momento complejo en su carrera con el encantador ‘Coney Island Baby‘ (1975).
No era la mejor situación después del escandaloso ‘Metal Machine Music: The Amine β Ring‘ (1975), un desafiante testimonio de ruido sin pies ni cabeza que poco dejó en su salida experimental. ¿Qué siguió? Ser todo lo contrario. La calidez con la que aborda este romántico disco impulsa una faceta de pop rock ya vista con anterioridad, la que adquiere una relevancia emocional algo inédita hasta ese entonces.
‘Coney Island Baby‘ supuso el esfuerzo melódico más claro de su discografía, con reiterados pasajes dedicados e inspirados en su relación sentimental con Rachel Humphreys, una mujer trans con quien estuvo emparejado gran parte de esa década. Entre la alegría y la nostalgia, acontecen variadas expresiones que remiten a ese costado personal de Lou Reed, algo dulzón, tierno y vulnerable poco habitual en su música; sin disfraz.
Pop rock para quitarse el disfraz
Claro que este cambio no tendría mucho sentido sin el sello del artista, expuesto a través de un estilo entre cantado/hablado/narrado con una pizca de sarcasmo y más amor del común. Evidencia de que Lou Reed siempre fue un autor por derecho propio más que solo un músico o cantante, al dar con una renovación espiritual a un sonido pop rock ya probado, pero nunca de esa manera tan honesta como lo hace la pieza titular, «Coney Island Baby«.
También como lo hace «Crazy Feeling» con sus slides, el genuino florecimiento de «She’s My Best Friend» o la suave belleza de «A Gift«, sus planteamientos descansan en la plenitud de un artista cómodo con indagar sus profundidades. Así mismo, la rítmica pegadiza de «Charley’s Girl» o los oscuros excesos planteados en «Kicks«, claman en otras sintonías con la misma materia prima que contribuyó a su grandeza musical.
Razones para considerar a Lou Reed un imprescindible del rock hay muchas, y sí, The Velvet Underground ya es suficiente, pero ver sus esfuerzos solistas como menores por fuera de ‘Transformer‘ (1972) y ‘Berlin (1973), tampoco es opción. Más allá lo irregular e interesante que pueda ser su discografía, existen obras como ‘Coney Island Baby‘ que valen la pena escuchar.
