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Entrevistas

Lalo Ibeas sobre Pascual Arroyo, su alter ego: «Pensé que esta música se estaba perdiendo»

Por Nicolás Merino

Lalo Ibeas, célebre por su rol de vocalista histórico en Chancho En Piedra, está en proceso de lanzar su nuevo proyecto. Un alter ego enfocado en la cumbia, esta vez a nombre de Guido Arroyo.

Expectador tuvo la oportunidad de conversar con el vocalista sobre los orígenes del proyecto, su mirada sobre el arte, el humor y la creciente integración de la tecnología en el proceso artístico.


 

¿Cómo y cuándo parte la idea de este proyecto en formato alter ego?

La verdad es que cuando decidimos hacer esta pausa fue porque nos dimos cuenta de que durante casi treinta años habíamos estado solo en Chancho en Piedra. No sabíamos cómo era la vida sin Chancho en Piedra. Sin hacer otras cosas, sin tener que ensayar, sin tener que viajar, sin tener que ir a las discos, sin tener que estar en todo eso. Entonces, igual todos queríamos hacer otras cosas. Yo también quería ver cómo era la vida en otro lado, cómo era la música, y bueno, todas esas cosas fueron pasando.

También quería estar más tiempo con mi familia, ver todo el día a mi hijo, cosas así. Y durante ese tiempo entre que terminó Chancho y empecé a hacer otras cosas. Como un tiempo de duelo, porque igual terminó algo importante, yo empecé primero a meterme al piano con un amigo. Después también empecé a componer. Empecé a buscar y a decir: “Esto estaba ahí, esto me gusta, esto otro también”. Entonces empecé a poder ir leyendo con todo el equipo, una, para aprender bien, y dos, para también buscar qué quería hacer.

Después resulta que, por una decisión familiar, nos fuimos a vivir a España como un año. Y justo antes de irme fallece ese señor amoroso que era el compadre, el vocalista y compositor de Los Hijos de Putre. Yo lo admiraba mucho. Pensé: “Esto tiene música”. Me acordaba de cuando era chico y mi papá tenía discos de Los Hijos de Putre, y yo se los sacaba escondido como si fuera algo muy malo. Al final era el hit, era lo mágico que estaba ahí.

Después, estando allá en España, viviendo allá, pasaron dos cosas. Una, que conocí a unos chilenos que tocaban cumbia y me invitaron a cantar. Canté con ellos en cuatro ocasiones, ensayábamos, y como que hubo algo re bueno. Entonces sentí que la cumbia se estaba acercando a mí, como recibiéndome.

Después, yo era más chico, me enteré de que buscaban un vocalista, pasa eso, y salí a hacer esta réplica. Salí todo el tiempo en ese momento y dije: “Oye, nadie está haciendo la música como esa”. Entonces dije: “Pucha, esta música se está perdiendo”. Y pensé: “Qué tal si soy yo el que mantiene esta antorcha un ratito”.

Entonces empecé a transformar las canciones que ya tenía en cumbia, aprovechando los sábados, jugando con cosas así, tutoriales, cómo hacer cumbia en programas. Empecé a hacer ese ejercicio, a cambiar bajos, a probar, a empezar a empaparme del ritmo y todo. Si bien llegué a una cosa de cumbia, igual tiene una estructura medio rockera, porque el coro crece un poco. O pop, más que nada, para no decir rock. Pero empecé a hacer canciones e hice un par. Algunas no me quedaron bien en la transformación, otras sí. Otras las empecé a escribir de cero. Otras las empecé a escribir desde cosas que echaba de menos.

Después me quedó la cagada, me separé y decidimos volver todos. Cuando volví, uno de mis amigos me hizo como un asado de bienvenida. En ese asado, en un momento, yo dije: “Oiga, les muestro las canciones que hice en España”. Se las mandé a los amigos que estaban ahí. Y en ese asado estaba el Negro.

Empezamos como a reírnos, y en vez de poner el disco, lo que se dio fue que él me dijo: “Yo manejo los códigos de la cumbia mucho mejor, te voy a dar el mejor puesto”. Empezamos a hablar y después me llamó al estudio y me dijo: “Oiga, lo que te dije, quiero grabar esto”. Entonces empezamos a juntarnos en ese estudio y la verdad es que sonó súper bien.

Empezó a grabar el bajo, yo grababa el teclado, y las melodías también me las mejoró mucho, todas las vocales. Ahí pasó un efecto raro: la primera canción que grabamos fue una que se llamaba “Pascual Arroyo”. Entonces la grabamos y todo, y el Negro me decía: “Ya, pero no la cantes como siempre. Cántala tú, canta de otra manera”. Entonces, cuando estábamos grabando las otras canciones, me decía: “Ya, pero está muy Lalo. Estás cantando más Pascual, más Pascual”.

Entonces de la nada empezó a existir Pascual Arroyo. Era como: “Pascual, oye, acá Pascual. Menos Lalo, yo quiero más Pascual”. Y yo decía: “No, acá necesito más Lalo. Acá necesito más Pascual”. Pero de pronto la música de la casa Pascual Arroyo empezó a aparecer como compositor.

Y dije: “Qué buena idea”. Me llamaba la atención y me acordaba de cuando era chico y veía a Feliciano Saldías —o algo así, según recuerdo—, que era como autor. Entonces estaba esa dualidad, pero no a la vez. Además, esto lo hizo Good Ring, Carlos González. Dentro del estilo también tiene esos códigos: el personaje que interpreta no es el mismo que escribe las canciones. Entonces, sobre todo, tenía lógica con la canción, con el nombre. Además tiene todo el sentido gracioso de Pascual Arroyo mexicano. Entonces era el momento de que esos personajes aparecieran.

Pero, por otro lado, no fue un gran acto planificado como: “Va a pasar esto”. Fue más bien un juego.

A mí me parece que antes, en los años setenta, pre-golpe, la música humorística tuvo una importancia que después costó volver a levantar.

Las dinámicas de teatro aplicadas a Chancho en Piedra y a tu stand-up. Y aún cuando aquí hay un alter ego declarado, por lo que estas contando, tal vez esta es una expresión particularmente honesta de tu música y de tu cuerpo real.

Sí. O sea, lo que pasa es que, como te dije, esta búsqueda de identidad, de qué era lo que quería hacer, tiene que ver con que yo soy un ser medio héroe, un ser como industrial. Tengo los ojos al viento, escucho de todo. Entonces también, de verdad, estando en España sentí que, por ejemplo, me invitaban a una fiesta y sonaba música que estaba en el mundo, pero no sonaba a ti, no sonaba a tus niños. Entonces empecé a sentir que lo que sabía menos de Chile era lo que me faltaba.

También está hecho un poco desde la nostalgia. Hacer un proyecto en España es algo difícil, entonces empecé a echar de menos cosas: amigos, música, olores, sabores. Creo que esa gana de subirme el ánimo y de conectar con los demás hizo que escribiera estas canciones bien alegres.

También, como he dicho, siempre me ha gustado la comedia. Siempre me ha gustado tratar de reír, tanto en los shows de Chancho como en el stand-up y todo. Me gusta molestar con la cotidianidad, con lo que está pasando. A mí me parece que antes, en los años setenta, pre-golpe, la música humorística tuvo una importancia que después costó volver a levantar.

Cuando yo era chico también escuchaba cosas como Los Perlas o El Rebote. Era distinto. Me causaba mucha risa. Después llegó un tiempo en que hubo más sacralidad, más seriedad, el mainstream y el resto. Siento que lo más popular del día a día son los humoristas. El humorista tiene la gran sintonía, tiene la gran responsabilidad, está jugando el periodo solo en ese escenario, y nunca lo nombran como el más importante del día.

En los Oscar tampoco las películas humorísticas suelen ser premiadas ni en actuación ni como mejor película. Entonces ese plumón es considerado un poquito más bajo. Y para mí no. Para mí Zoolander está en el nivel de El Padrino. Las películas de Mel Brooks, para mí, son de un director de cabecera que está al nivel de grandes directores.

Entonces me gusta esa existencia en el buen humor, porque no es que tenga que parar, sino que tiene que continuar.

 

Hoy existe toda una solemnidad y seriedad no solo en el humor, sino en cualquier tipo de arte público. Con Chancho En Piedra igual alcanzaron a ser mainstream antes de estas reglas del internet. Me gustaría saber si por su edad y por cómo se mueve lo viral hoy en día, se siente un poco desconectado de un sistema de viralización que parece que hoy no puede con algo más liviano.

Mira, yo, aparte de artista, también soy informático y soy programador. Tengo una relación con la tecnología más cercana que la de un usuario que está ahí no más. Me encanta la tecnología. Estoy metido en foros de programadores, de tendencias. Siempre estoy viendo cosas.

Para mí, el panorama, así como para otra gente puede ser la final de la Champions, para mí son los keynotes. Cuando habla Apple, Microsoft, Xbox, Nvidia, para mí esos son como: “Oye, mañana si me arruino, no puedo, porque hay keynote”. Esos son los juegos sagrados que tengo que ver en tiempo real. Entonces siempre estoy viendo.

Tengo que entender qué sí y qué no está ahí. A veces soy nostálgico, no me puedo quedar con los videos, pero, por ejemplo, conocer la memoria de los Rembrandts, nunca lo sentí del todo. No sé, no supe por qué.

Pero básicamente es cierto que viene a pasar lo que pasaba con la música en los 80 y 90, cuando se ponían más raros y nadie sabía por qué. Es inexplicable. Y cuando tú tratas, como industria, de decir: “Oh, esto está renovado, bueno, hagamos otra banda reggae”, es muy difícil que funcione. Subirse a un bote espontáneo es muy difícil que funcione como industria. Siempre se nota la copia de IA o el hermano menor.

Entonces yo creo que seguir una tendencia o tratar de estar en un bote que a ti no te salió espontáneo no tiene buenos frutos y se nota. Yo creo que tienes que hacer lo que tú quieras. Obviamente yo soy de esa generación, pero también me encanta la tecnología. Estoy tratando de estar siempre viendo qué viene, cuál es el futuro, qué es la cosa.

Me encantan los videojuegos también. Entonces estoy pendiente de qué va a pasar con gráficas, bytes, programas que llegan, motores de render, todo ese juego. También estoy pendiente de esas cosas. Estoy consciente de que a la gente no le interesa mucho tampoco.

Mis tendencias, mis idealidades, son como: “Oye, este server cambió porque su programación de fondo, en vez de tener 5.000 tokens, hace 1.000, y esos 1.000 los hace local, ocupa menos energía y logra el mismo resultado”. Y a veces la gente responde: “Ah, pero como que no me gusta”. Entonces tampoco el video viralizado de la semana es lo más importante para mí. Quizás la tendencia tecnológica futurista, por decirlo de alguna manera, es la que más me llama la atención.

Al mismo tiempo, en el arte me gustan cosas viejas. Cada día escucho más cosas viejas. Después de los 30, en la música, tampoco es que me sienta más en las nuevas tendencias musicales. Soy antiguo y me nutro de cosas más antiguas que yo. Entonces el resultado moderno viene de cosas viejas, de cosas que escuchaba cuando niño, de cosas que me dieron risa cuando adulto.

También es una especie de homenaje a lo que yo considero súper chileno. La música de Carlos González, el artista Bonoso, en lo personal considero que tiene el ADN chileno: el humor, la forma en que hablamos, la forma de expresarnos, esa picardía que todos tenemos. Esa cosa en que tú dices que todos ya se lo saben, que se lo piden igual por buena onda. Esa cosa que tiene el chileno, que es muy picaresca. Que va hidratado y tú dices que se parte el ojo. Más allá de la energía que es importante.

 

¿Qué relación tienes con la inteligencia artificial y la polémica en su uso? 

Como te dije, me encanta la tecnología. Me gustan las cosas nuevas, las tendencias. Algunas, cuando salen, llaman la atención. Otras parecen muy buena idea y mueren. Por ejemplo, el Kinect, ¿te acuerdas?

No sé, los celulares con Windows, una serie de cosas que cuando salen parecen como: “No, esto va a ser casi la evolución de la humanidad en forma de tecnología”. Pero cuando algo es bueno, se mantiene. Y cuando algo no es tan bueno, tiene un boom total y desaparece.

Entonces yo siento que en los últimos años no tengo ese rasguño con la inteligencia artificial, como que nos va a quitar la pega o algo así. Pienso que es una herramienta más de la tecnología. Es como lo que le puedo dar a la calculadora: tú le das un resultado largo, con multiplicación, división, elevado y todo eso, y te lo da en un segundo. Eso se hizo en un proceso muy rápido. Básicamente es lo mismo: tú le das una indicación, hace todo un proceso muy rápido y te lo devuelve.

También tengo cuestionamientos filosóficos más grandes que incluso eso de si ocupa o no ocupa recursos. Porque mucho, no sé, por ejemplo, me acuerdo de que alguien decía que ocupaba mucha agua, que era una cosa que ocupaba mucha agua. Pero los servidores de eso se pueden refrigerar de otra manera: con químicos, con inversores de aire acondicionado. Se puede hacer de otra manera, invertir un poco y cambiar la forma de que se refrigere con agua.

Pero, por ejemplo, la industria de los alimentos o de la ganadería no se puede hacer sin agua. Si no riegas la planta con agua, si no les das agua a los animales, no existe. Y esas empresas también gastan mucha agua. En una palta se gastan cientos de litros de agua para que llegue hasta una palta. En los animales, en todo, se gasta agua para que las vacas altas no las puedan acercar. Las industrias gastan mucha agua. Entonces no es solamente la inteligencia artificial, y también tiene su autonomía.

La otra cosa que voy a aprender: yo también pienso que cuando uno empieza a destacar, empieza a sacar canciones de otros para poder aprender y hacer sus propios viajes. Entonces tampoco considero que sea algo inhumano o inmoral.

Y, como te digo, en la cosa más filosófica de fondo, que dice que nos va a quitar el trabajo, bueno, quizá en el fondo el ser humano no tiene que trabajar en esas cosas. Quizá el ser humano es una manera de imaginar, de querer, de alegrar, de emocionar. Y el resto de los trabajos quizá en este momento los hizo el ser humano y ahora los van a hacer las máquinas. Quizá en el futuro los robots van a hacer actividades que antes hacíamos nosotros y entonces vamos a tener más tiempo para conectar con nuestro ser humano, para ser más predominio, para ser nuestros propios profesores, nuestros hijos, para generar una nueva sociedad. Quizá no va a ser el dinero, sino la energía.

Entonces no considero que sea malo. Considero que es un cambio evolutivo y, como está recién partiendo, tiene todos estos regímenes de si puede ser permitido o no puede ser permitido. Yo creo que ocuparla positivamente es un paso. Si tú haces una obra y dices: “Pucha, igual la quiero hacer” o “igual tiene cosas buenas, yo le cambiaría esto, voy a hacer mi versión”, esa forma de validarla como una herramienta, como decir: “Ajá, sí, lo voy a hacer, voy a hacer el video”, me parece.

Entonces siento que, por ejemplo, cuando empezó la música electrónica, todos decían: “No, esta música no hace nada, no tiene alma, no tiene nada”. Obviamente, si pones un beat y se repite, se repite y se repite, puede ser fome. Pero si alguien lo trabaja, le mete alma, le mete vida, le mete espíritu, le mete canción, lo convierte en un tema que te gusta para toda la vida.

Más allá de que en algún momento realmente sea como: “Guau, esta herramienta está ahí”, yo no estoy diciendo que la voy a ocupar mejor que todos. Pero sí, ocupar lo que pasa en este momento. Además, es cierto que uno debería ser como de la época en que nació. La pintura empezó a principios de nuestros tiempos, la música también y todo eso, pero en esta época nos tocó el arte, el videojuego. Entonces, si viví justo en esta época, en que está pasando esto, en que está internet, en que está pasando todo esto, es parte de vivir mi tiempo.

Lo otro ya me gusta, me encanta. Me encanta la cultura, me encanta la pintura, me encanta el dibujo, pero eso existía antes de mí. Y esto es parte de mi tribu actual, de la cultura de este momento. Por algo nací en esta época y no 500 años atrás.

Para mí, decir “qué herramientas tengo hoy día en la mano” y ver quién lo ha puesto para eso, es una forma de hacer arte escolar, o lo que sea. Por eso yo esto lo puedo jugar y me cago de la risa. Me gustan más los resultados que disfrutar el proceso y aprender.

Mucha gente cree que hacer arte con inteligencia artificial es dar una indicación y listo. Oye, en el video que estábamos haciendo con mi hermano llevamos meses aprendiendo, viendo tutoriales, modificando, ocupando cosas, independientemente de cómo quede. Ese proceso, todo lo que aprendió en esos dos o tres meses, de verdad es como haber estudiado casi una carrera.

Cambiar muchas cosas, ver continuidad, luces, lentes, profundidad, locaciones, décimas. Es como hacer una película, pero con cosas intangibles. Y al mismo tiempo puedo llegar a resultados que antes no podía.

Antes, después de decir cualquier cosa, tenía que pensar en un video y siempre tenía que pensar que fuera realizable. “Ya, tenemos que tener a los cuatro, tenemos que tener una ropa no tan cara, tenemos que tener una o dos locaciones”. Entonces con eso al final empezabas a crear una historia bien traducida, bien situada en un lugar, en una cosa. Ahora cambió de manera muy intensa: puede ser en cualquier género, en cualquier escenario, en cualquier época histórica.

Entonces, al mismo tiempo, es más divertido decir: “Oh, voy a estar haciendo esto. Wow, se me abrió el mundo a lo que pueda imaginar”. Imagínate si quisiera hacer un video de la fundación de Santiago, de la historia y todo. Antes era imposible. Todo el resto del mundo lo podría hacer ahora.

Eso me gusta: hacer cosas que no se pueden hacer de otra manera. En este lenguaje funciona así. Pero hacer un video conmigo cantando y que la gente me muestre de todos los ángulos, para mí se borraría, porque no tiene una lógica de por qué lo estoy haciendo así. En cambio, si no lo puedo realizar de otra manera y ese es el formato que se está jugando, porque para decir esto que quiero hacer y hacer lo que más quiero tiene que ser de otra manera, entonces no hay otra.

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