Libros Reseñas

Claire Keegan en Chile: Con el foco en los detalles

Por Susana Aliaga

El martes 5 de octubre la invitada de honor a la Cátedra Bolaño de la Universidad Diego Portales fue la escritora irlandesa Claire Keegan (1968). Conocida por su precisión narrativa y el manejo de tensiones narrativas con, aparentemente, pocos recursos, Claire Keegan nace y crece en un espacio liminal de una Irlanda que está empezando a consolidarse como república independiente, en medio del campo, en una casa sin agua corriente y con pocos libros. Durante poco más de una hora, Claire Keegan fue entrevistada por su traductor al español, el argentino Jorge Fondebrider, en donde hablaron de sus primeros acercamientos a la literatura, de cómo navega su oficio, de los caballos que cría, en lo que fue una conversación cálida y graciosa, evidencia de su sentido del humor y que los tropiezos en la organización no pudo empañar.

La buena literatura siempre es un poco crítica de la sociedad

El primer acercamiento formal a la literatura lo tiene en Nueva Orleans, mientras estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Loyola. Esto le da un corpus filosófico que le permite observar el mundo desde las falencias institucionales y, así, conseguir enfocarse en los sujetos que se caen en esas fracturas. La humanidad que Claire Keegan retrata siempre está en un ciclo de destrucción y construcción, pero los espacios comunitarios que construyen están al servicio de su gente. Por tanto, la ficción de Claire Keegan, aun aquella que está ambientada en Estados Unidos o en Inglaterra, vuelve a una Irlanda que se construye desde la gente y no desde las instituciones.

En Tres Luces (Foster, 2010), su primera novela corta, una niña vive durante un verano con sus familiares lejanos, los Kinsella, porque su madre no puede dejar de tener hijos y su padre no puede dejar de beberse su plata. En esta familia adoptiva, la niña recibe el cariño y la atención tan escasa en su hogar familiar, le compran ropa, la llevan a misa, la presentan a los vecinos y entre las comidas y los paseos en auto se empieza a configurar la historia universal de la clase trabajadora: ahí, donde el estado no llega, donde el gasto público pasa desapercibido, donde el gobierno de turno recorta los programas sociales, es la comunidad la que debe hacerse cargo de cuidar a los suyos.

¿Crueldad humana o estupidez?

Sin embargo, tampoco retrata esta comunidad como una fuerza infalible que repara lo que el sistema destruye. Claire Keegan hinca el diente en las fallas humanas, en las ocasiones en que las personas son víctimas de su propia estupidez. Durante la conversación deja claro que para ella un diálogo malo es un diálogo en el que todas las partes entienden perfectamente lo que la otra quiere decir, porque en la vida real las personas rara vez se entienden a la primera. Considera que las grandes ficciones son sobre la estupidez humana, por eso nunca empieza a escribir con personajes inteligentes. Para ella el lector debe preguntarse “¿qué haría yo si yo fuera ese personaje?” y cuando la literatura es buena, la respuesta es “francamente, haría lo mismo”. Pero esto no significa que Claire Keegan no respete a sus personajes, cuando retrata sus falencias y tropiezos lo hace siempre desde un lugar de humanidad, incluso cuando narra en tercera persona, lo hace hablando de la forma en que hablan sus personajes.

En el cuento homónimo de su primera antología Antártida (Antarctica, 1999), por ejemplo, construye una fantasía que parece cumplirse a cabalidad, la protagonista ve sus deseos desplegarse ante sí como un personaje de Las mil y una noches. El lector siente que algo no cuadra, que todo es demasiado bueno para ser verdad, que bajo el agua se esconden instintos macabros y estos instintos son los que Claire Keegan pesca con muy pocas palabras, manteniendo su ethos literario de que en la narrativa todo debe ser útil. Añadir no suma, dice en la cátedra con vehemencia, al añadir y añadir sin criterio lo importante se pierde en el fondo. La protagonista de “Antártida” aprende lo que sucede cuando las luces bonitas distraen y lo fundamental, en este cuento, lo peligroso, queda escondido entre las risas y el placer.

Las y los protagonistas de Claire Keegan siempre empiezan en estos escenarios casi idílicos, obnubilados por la calidez del prójimo, pero a medida que las historias avanzan y la autora empieza a revelar las grietas, estos mismos protagonistas se cuestionan cómo actuar. En su más reciente novela corta Cosas pequeñas como esas (Small things like these, 2021), es el protagonista, el padre de familia, quien destapa el velo de las instituciones que funcionan e intuye que lo macabro está más cerca de lo que cree. Sin embargo, en el corazón de la narrativa de Claire Keegan, también habita la esperanza de la condición humana como una construcción colectiva. Bajo la superficie no solo hay crueldad, también hay, a veces, cariño y ganas de tomar mejores decisiones, un instinto de protección, la genuina creencia de que vivir en comunidad es el estado natural de los humanos.

Mantener al caballo entre las piernas

Claire Keegan construye universos infinitos en tres oraciones, durante la charla menciona a John McGahern y Edna O’Brien como sus referentes. Lo veo. También veo al James Joyce naturalista de Dublineses, la mesura y precisión narrativa de Raymond Carver de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, una pizca del horror suburbano de Shirley Jackson en Siempre hemos vivido en el castillo. Hacia el final de la charla, Fondebrider afirma que McGahern es su padre simbólico y que Antón Chéjov es su abuelo literario, puede ser, pero la verdad es que Claire Keegan es Claire Keegan y quizás tengo la necesidad de buscarle esos referentes porque necesito situarla en algo, tratar de entender esta voz única, de posicionarla en una corriente mucho más grande, cuando lo que ella hace es precisamente lo contrario, es observar los detalles, darle importancia a todo, construir lo universal desde lo particular. Claire Keegan se basta a sí misma y desata risas cuando responde a la afirmación de su traductor con un “la verdad es que no me interesa validarme a través de hombres blancos muertos”. Para ella, escribir es como criar caballos, no hay nada que conozca mejor a los humanos que los caballos. Los buenos jinetes no guían con la cabeza, guían con el ombligo, de la misma forma en que los buenos escritores no escriben con la cabeza, sino que con el estómago. Así, su oficio nace de lo más primigenio, de intentar gobernar, o cabalgar, lo ingobernable: el poder explosivo de las palabras. En una obra escueta en páginas, Claire Keegan explora la humanidad en su esplendor y la sociedad en sus fisuras y cimientos, hace convivir la crueldad con la ternura y despide a sus protagonistas quizás en el desamparo, en la confusión o en el peligro, pero, ya sea a través de una ventana abierta o de un abrazo un poco más largo, también los despide con la esperanza de algo mejor.

 

La obra de Claire Keegan ha sido traducida al español por Jorge Fondebrider para la editorial argentina Eterna Cadencia, distribuida en Chile por Big Sur.

También puede gustarte...