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Norteña, de Julieta Venegas: Tantas historias que pueden ser contadas

Por Susana Aliaga

Imagen cortesía de La Pollera

¿Por qué Julieta Venegas hace música en lugar de, por ejemplo, ser librera o editora, o haber empezado su carrera literaria a los 20 en vez de su carrera musical? Es la pregunta transversal a Norteña, el primer libro de la cantautora mexicana que nace de la mano de su último disco de igual nombre. Publicado simultáneamente por La Pollera en Chile y en otras cuatro editoriales independientes en Latinoamérica y España, Norteña: Memorias del comienzo es un libro híbrido, de difícil clasificación, dividido en 13 capítulos (o apartes, o miniensayos) que exploran la relación de Julieta Venegas con la música y la literatura. Más bien dicho, con la literatura de la música.

Julieta Venegas se define como lectora. Su acercamiento a la música emana de su acercamiento a la literatura y su deseo de contar historias, de narrar su vida y sus emociones, y aquí debo aclarar algo: esto es una crítica de Norteña (el libro), no de Norteña (el disco). Sin embargo, es imposible pensar el uno sin el otro, puesto que ambos cuentan, con distintas voces y recursos, la misma historia. Dos caras de una moneda que da vueltas en el aire buscando definir el regreso a las raíces.

Tanto el libro como el disco fueron escritos en Buenos Aires, donde Julieta Venegas vivió durante ocho años antes de empezar a sentir la canción de sirena que la llamaba desde México. Decide volver a la capital que adoptó como su lugar de nacimiento artístico, pero no sin antes recorrer, en parte, las razones que la hicieron dejar su querida Tijuana, su natal Long Beach, su formación de pianista clásica, su familia de fotógrafos; en definitiva, las raíces que corta en momentos de rebeldía y terquedad y que luego vuelve a plantar.

La matria

Julieta Venegas ha vivido una vida no menos que excepcional; es difícil leer Norteña y no pensar en Éramos unos niños, de Patti Smith. La joven prodigio de la música y las artes, llamada a una independencia temprana, cautivante por su talento y baja percepción del peligro. La construcción del viaje del héroe, de la heroína en ambos casos, bajo una estética de la estrella de rock incipiente con el pelo teñido, la ropa vintage alterada y los primeros intentos de formar un hogar en un espacio improvisado: el departamento de Hall Street en el caso de Patti Smith y una mini casa en el patio de otra casa, sin cerrojo ni teléfono, en el caso de Julieta Venegas. Sin embargo, pese a la excepcionalidad de su relato, los hilos emocionales que conectan las 13 memorias no solo narran la historia personal de Julieta Venegas, sino también las de una cultura familiar y una búsqueda de identidad latinoamericana.

En Canciones cuenta que luego de sus primeros dos discos (Aquí en 1997 y Bueninvento en el 2000), sufrió una crisis de identidad como artista y no puede dejar de preguntarse qué tipo de compositora desea ser: “Buscaba lograr componer no solo sobre mí, sino historias que conectaran más allá de mi propia mirada, que llegaran a otras personas, a un lugar que no fuera ya mío” (44), encontrando ese lugar en las canciones que sonaban en la cocina de su casa, en la radio del auto, las que tarareaba su madre. Así, Julieta Venegas resuelve que el tipo de compositora que quiere ser es una como las que escucha su madre, una creadora de la música que se escuchaba en su casa. Luego, frente a la imposibilidad de seguir solventando su vida en Ciudad de México buscando su carrera musical, es su misma madre quien le dice que no vuelva a Tijuana, que se quede, que lo siga intentando y, como tantas madres latinoamericanas, orquesta una colecta entre la familia para darle un respiro, aunque sea momentáneo, al estrés financiero de su hija.

Aunque el tema de su madre es transversal al libro, no puedo evitar sentir que hay una oportunidad perdida. Hay una vulnerabilidad e incomodidad que se intuyen, pero rara vez se desarrollan más allá de la enunciación y tanto la relación con su madre como las crisis identitarias y musicales quedan resueltas con una cinta prístina, desprovistas de un conflicto. Conflicto que se sugiere, sí, pero no se alcanza a desarrollar. Me pregunto si este resquemor a adentrarse en el barro de las relaciones familiares y de la tensión entre las expectativas de los padres y los deseos de los hijos emana de la latinoamericana costumbre de resolver los conflictos mediante el silencio. En una de las primeras anécdotas, el padre de Julieta Venegas las encuentra a ella y a su hermana en una posición, a los ojos paternos, indecorosa y el castigo para sus hijas es, literalmente, no hablar del tema y usar la voz y las palabras de otro para inculcar la lección. Las hermanas deben escuchar, transcribir y traducir un cassette, castigo que Julieta Venegas y su hermana consideran inútil e irracional. Sin embargo, la forma de enfrentarse a su padre por ese castigo es con el mismo silencio; en lugar de buscar una conversación, las hermanas deciden destruir el cassette y nunca más hablar del tema. El silencio se combate con silencio.

Me gustaría creer que sí, que cuando Julieta Venegas se resiste a explorar la incomodidad, la decepción o la frustración y prefiere narrar una versión de la historia en la que los conflictos son pasajeros y poco importantes hay, en el fondo, una crítica a la forma en la que las familias latinoamericanas deciden no hablar de lo que duele y esperar que el tiempo y el silencio termine de sanar lo que la inmediatez y los gritos no pudieron solucionar. El problema es que en otros ensayos sí opta por sumergirse en las crisis, específicamente en sus memorias ligadas a la música. Canciones, Piano, Sala de ensayo y Ciudad de México son las reflexiones más ligadas a la memoria musical que la cantautora intenta construir, sin miedo a la incomodidad ni a la vulnerabilidad propia de crear, de querer crear y no saber cómo, de querer crear y no saber qué. Coincidentemente, estos ensayos son también los más largos del libro; dan la impresión de que son la razón de ser de la selección y que los demás testimonios se construyen alrededor de estos. La vulnerabilidad presente hace que estas reflexiones sean las mejor logradas y, en definitiva, que sean el corazón del libro, lo que es lógico, después de todo, una memoria musical debiera tener su corazón en la música.

El fantasma de la fotografía

Al final de cada una de las trece reflexiones hay una foto. No es sorpresa: ambos padres de Julieta Venegas son fotógrafos; también lo es su hermana gemela Yvonne. En diversas entrevistas, la cantautora ha contado que cuando Yvonne empezó a tomar clases de fotografía, Julieta fue su primera modelo. Sin embargo, al escoger las fotos procura alejarse de la estética cuidada e intencional de los estudios fotográficos: hay ropa colgada de fondo, fugas de luz, encuadres extraños. Una de las fotos parece haber sido tomada en un recital escolar, con una Julieta Venegas de niña sonriendo, observando algo que la cámara no enfoca, su cara casi tapada por un micrófono, parada tras un teclado y una maraña de cables. Lejos de formar un portafolio fotográfico, las imágenes actúan al servicio de la relación que Julieta Venegas tiene con el tiempo y con el archivo.

Cada vez que Julieta Venegas viaja, se lleva sus diarios de vida. Los ha escrito, intermitentemente, desde los 14 años y, si bien no los revisa ni relee con frecuencia, no puede asentarse en un lugar sin cajas llenas de su archivo personal. Los diarios de vida, las fotografías y sus canciones son una cápsula del tiempo, un retrato de la Julieta Venegas de ese momento y eso, en sus palabras, no se toca. En Norteña, empero, se aleja de la escritura autorreferencial e intimista esperable de una escritora de diarios que sitúa sus vivencias en una época determinada; más bien, se empeña en escribir desde un presente voraz. En su escritura es evidente que Julieta Venegas-autora no es la misma que Julieta Venegas-veinteañera recién llegada a Ciudad de México, ni que Julieta Venegas-adolescente siendo sorprendida por su padre besándose con su novio en el auto. Es el exceso de presente el que muchas veces genera la sensación de que la cantautora está escarbando la superficie y que la profundidad de sus relatos se quedó congelada en ese pasado, en esa foto o en esa canción, pero en el texto solo está esa construcción posterior, la reflexión que busca resolver la pregunta originaria.

Este exceso de presente muchas veces obvia la raíz de los conflictos, no solo la fragilidad inicial de su carrera musical, sino la fragilidad adulta en general. A lo largo de las trece memorias, la autora nos ofrece una versión higienizada de situaciones que, se intuye, fueron muchísimo más desafiantes. Norteña (el disco) abre con la canción Tiempos dorados y Julieta Venegas canta “que vuelva el amor lastimero/ eléctrico, intenso/ que nunca se olvida”, pero esa electricidad e intensidad propias de la primera impresión y del pánico que da la novedad están, en gran medida, diluidas en Norteña (el libro). Así, la cantautora escribe del momento en que siente que debe volver a Tijuana porque las cosas se ponen difíciles en Ciudad de México, pero no se toma la licencia de narrar por qué están tan difíciles. Cuenta de su casa, su primera casa como adulta independiente, en la capital y de cómo no se abría con llave, sino con una cuerda que había que jalar por debajo de la puerta, pero no se detiene al mencionar si esa inseguridad le provocaba miedo, ansiedad, si se sentía rebelde u omnipotente. Empero no puedo evitar sentir que si la autora se resiste a observar el pasado desde el pasado no es por una falta de franqueza, sino que es porque el sujeto autoral que intenta construir está genuinamente feliz. El optimismo y la ternura con que Julieta Venegas escribe se alimentan de este presente. El cinismo y el pesimismo no son, en esencia, marcas de calidad literaria; de la misma forma que es posible ser optimista sin caer en la positividad tóxica. El gran valor del libro y de la escritura de Julieta Venegas es que se aleja de la crueldad innecesaria, de las crisis impostadas y de los juegos masoquistas que solo buscan una reacción del lector. Quizás en este ejercicio el libro pierde profundidad, quizás si el libro no estuviera tan bien escrito esta falta de profundidad sería imperdonable, quizás si Julieta Venegas no tuviera una voz narrativa tan humana, cada reflexión resultaría artificiosa, casi como un fan fiction de la propia vida, quizás si fuera imposible leer el libro sin esbozar una sonrisa no podría deleitarme con cada oración y tener como queja que me faltó más. Más texto, más vulnerabilidad, más memoria musical con el corazón en la memoria.

Leyendas de Tijuana

Entonces, ¿por qué Julieta Venegas es compositora y no librera, o editora o novelista? Según Norteña, Memorias del comienzo es porque antes de los libros estuvo la música. Sí, Julieta Venegas es lectora; no es necesario seguir su perfil en Goodreads para saberlo. Es la musicalizadora de la adolescencia y juventud latinoamericana por antonomasia; aunque se defina a sí misma como “una pequeña mitómana del amor” (119), me parece que tanto sus letras como su debut literario están imbuidos de una honestidad refrescante en tiempos de poses y máscaras. Pero esta conexión con las letras viene de sus raíces, de aquellas que se empeña en sacar, replantar, volver a sacar, tender, multiplicar, pero que siempre están. En este debut que, a ratos, se rehúsa a ser clasificado dentro de los géneros literarios, hay una construcción de memoria musical, de volver a una fiesta familiar con Bronco sonando en los parlantes, a la performance íntima de la sobrina sentándose en el piano mientras el sobrino baila. Tijuana es, en sus palabras, el punto cero de Julieta Venegas; crece entre México y Estados Unidos, en una zona fronteriza, socialmente se mueve entre el inglés y el español, artísticamente entre la música y la literatura. Norteña es un libro que no busca situarse en uno solo de esos lugares, sino que observa esa fractura, esa frontera desde la que emanan las preguntas y las respuestas. Yvonne Venegas, su gemela, ha dicho que cuando Julieta está más feliz es mientras está en una librería hablando de libros. No obstante, en su debut literario, en esta carta de amor a la Tijuana de su madre y a la música norteña que le permite salir y volver sin dañar sus raíces, Julieta Venegas demuestra que también se ve (o se lee) bastante feliz mientras está escribiendo.

 

Norteña: Memorias del comienzo (2026), La Pollera, $18.000, 155 pp.

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