Cine

Solo por una noche: amor en tiempos de mojigatería

Escrito por Baltazar Chuaqui

¿Qué tienen en común la pizza y la psoriasis? Quién sabe. Will Gluck, director de Sólo por una noche (2026), utiliza estos dos conceptos para introducir rápidamente a los protagonistas de la cinta: Owen —Callum Turner— trabaja en la pizzería que él mismo fundó, mientras que Allie —Monica Barbaro— graba una canción sobre la psoriasis para un comercial, sin libertad creativa alguna. De esta manera, el conflicto entre ambos personajes —y también aquello que los une y los hace enamorarse el uno del otro— queda claro de manera económica y entrañable. Él se preocupa por sus clientes y empleados, es sumamente empático, proactivo y resolutivo, y ya vive la vida que quiere. Ella, en cambio, no termina de reconocer su propio potencial y se encuentra más lejos de la vida que desea: la sueña despierta más de lo que la vive.

Owen y Allie pasan doce horas en busca de una conexión genuina y placentera porque, como implica el título de la cinta, la noche en que se conocen es la única en que se puede tener sexo legal fuera del matrimonio, instaurada por algo simplemente llamado «el mandato». Es una premisa ridícula, de esas que surgen en una fiesta en un intento por provocar una conversación profunda, pero que terminan por convertirse en un chiste de treinta segundos que nadie recuerda al día siguiente.

El guion de Travis Braun se queda a medias entre estas dos ideas. Por un lado, la desesperación lujuriosa con la que todo Nueva York se lanza a los brazos de quien tiene más cerca entretiene y le pide al espectador que solo se entretenga; por el otro, existe una oposición palpable a esta normativa dentro de la propia película, pues la ciudad está llena de pósteres y grafitis que llaman a su abrogación.

El alcance de esta oposición —y de la cinta como texto político— es bastante limitado, puesto que, como el director se aseguró de dejar muy en claro en más de una entrevista, la película no es una distopía, sino una comedia romántica. Lo importante, asevera Gluck, es la conexión entre ambos protagonistas y cómo esta se forma. Esto se contradice con la película que él mismo hizo. Una parodia de Tucker Carlson —periodista reaccionario, otrora mascota del Partido Republicano estadounidense— introduce la idea de que el mandato fue instaurado para promover el matrimonio y el celibato. Jamás se dice cuándo se instauró el mandato, y mucho menos qué día es, pero se deja claro que fue hace tres años, antes del comienzo de la película, y que no es culpa de Obama.

De esta manera, la película se instaura como una parodia no muy sutil de los tiempos actuales, en los que el conservadurismo, la mojigatería y la discriminación viven un resurgimiento luego del progresismo de fines de la década pasada. Sin embargo, Sólo por una noche no está dispuesta a pensar en lo que esto significa. Al igual que su título, pareciera que las intenciones de los realizadores fueran que las ideas que la película explora —o no explora— fueran cosa de una sola noche, una breve entretención de la que hablar por un rato.

Cuando una historia trata sobre la falta total de libertad sexual, sobre un gobierno que —democráticamente, porque el mandato fue aprobado por el Congreso— obliga a todo ciudadano mayor de edad a hacerse un tatuaje que mide sus hormonas, se esperaría encontrar ideas sobre el placer, la represión, los derechos corporales y lo que significa no poder hacer algo tan esencial como explorar la sexualidad.

Aunque dichas ideas sí existen en la película, lo hacen de manera, como se dijo anteriormente, más bien plana. La mojigatería que recorre y define parte importante de la actualidad también está presente en la película: hace poco tiempo, el director admitió que había desnudos, pero estos fueron removidos luego de que las audiencias de prueba —principalmente compuestas por jóvenes— expresaran su desagrado por ese tipo de contenido. Lo mismo ocurrió con las escenas de sexo. Es una cinta carente de cualquier sensualidad, pero que, al mismo tiempo, reconoce que el deseo existe en su manera más intensa cuando todavía no ha sido consumado. El personaje de Monica Barbaro sueña despierta con deseos que no se cumplen en repetidas ocasiones, y el momento más sensual de todos resulta ser, de manera decepcionante y anticlimática, otra de sus fantasías.

Luego de doce horas en las que se encuentran y se alejan, la historia concluye en un final extraño que cementa la postura ambivalente del filme sobre el mandato. El revoltijo de significados e ideas políticas que maneja el largometraje no da abasto. En un momento, tan breve que basta con parpadear para perdérselo, un afiche invita a ir a Cuba para tener libertad total del mandato. Lo que ocurre alrededor de todo esto —el romance en sí, algunos de los chistes, la química entre ambos protagonistas y sus actuaciones— funciona bastante bien, pero lo hace a pesar de su premisa y no por ella —cabe destacar, también, que la película tiene una estética mejor en comparación con las insípidas producciones actuales, porque se atreve a tener profundidad de campo y encuadres competentes—.

Cuando termina el largometraje y Allie y Owen por fin se encuentran en libertad entre sus cuatro paredes, cabe preguntarse qué habría ocurrido si la película en sí se hubiera quedado como un chiste en una fiesta.

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