Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Bárbara Hernández
¿Qué es lo que nos aguarda verdaderamente después del fin del mundo? Tras sumergirnos en el imaginario apocalíptico y distópico de su álbum Rey, parecía no haber un retorno fácil desde la oscuridad. Sin embargo, la celebración del primer año del último trabajo de Camila Moreno en la Sala CEINA demostró que siempre hay un resplandor en la penumbra.

En algo que ella misma definió como el cruce entre la tristeza y la belleza, la música de Moreno se hizo presente primero con La Primera Luz, canción homónima al álbum concebido junto a Adán Jodorowsky en Mexico durante el 2025. Y aunque la artista definió este proyecto como un repliegue táctico y emocional, la puesta en escena planteada la noche del 16 de agosto cumplió una función radicalmente opuesta y expansiva. Un arte en estado feral que parece venir después de que el mundo se acaba, una luz que moviliza hacia la creatividad para emerger como un proyecto que resulta tan dolorosamente íntimo como motivador.
En esta declaración de principios personal e inmersiva, se desplegaron cuatro músicos junto a Moreno en el escenario, con las líricas de sus canciones proyectadas de forma incesante en el telón de fondo. En un comienzo, el recinto a oscuras fue rasgado por un único foco solitario que se proyectó sobre Camila. Un juego de luces minimalista que introdujo ‘Madre nunca niña siempre’, una de las piezas más vulnerables de un disco que no teme reflexionar sin anestesia sobre el amor, la maternidad, la feroz introspección y el dolor con el que a veces hay que pactar para seguir habitando el cuerpo.

La catarsis avanzó de manera orgánica. ‘Irreversible’ fue la siguiente en inundar la sala, seguida de cerca por el pulso de ‘Vapor’ y ‘Coronación’. El presente de su sonido sirvió de antesala perfecta para ‘Tu mamá te mató’, alzándose con la fuerza intacta de uno de los grandes clásicos de sus discos anteriores, y arrastrando consigo la víscera de ‘Sin mí’, ‘Raptado’ y la urgencia de ‘Fuga’.
El concierto, sin embargo, no fue un ejercicio puramente solitario. El primer encuentro se materializó cuando, para interpretar ‘Torre’, subió al escenario Martina Lluvias, quien minutos antes había sido la encargada de telonear a Camila y calentar los motores del recinto. Juntas compartieron micrófonos para esa canción, cimentando una atmósfera de complicidad que dio el pase perfecto para que sonaran ‘Te quise’ y las sombras de ‘La luz asesina’.

Luego, la vulnerabilidad volvió a tomar el escenario por asalto con ‘Habla’. Se sintió el peso abrumador de otra de las canciones más personales e íntimas del álbum, un relato descarnado dedicado a su hijo en los crudos tiempos del estallido social. La intensidad de esa confesión preparó el terreno para ‘Medalla de oro’, que resonó fuerte como una crítica a la figura masculina, a su cómoda parada ante las labores de crianza y a su propia fragilidad no asumida.
Si hasta ese punto el show transitaba por corrientes profundas y reflexivas, ‘Hombre’ desató una tormenta eléctrica. Para este momento se unió la segunda invitada de la noche, Chini.png. El resultado fue una presentación sumamente enérgica y explosiva, un choque de fuerzas que sacudió la tranquilidad emotiva y movió a todo el público, impulsado por una innegable química performática entre ambas artistas.
El cierre del tronco principal del show llegó con ‘El amor a las hierbas salvajes’, una despedida momentánea que dio paso a un segundo fragmento del concierto: un encore de una intimidad sobrecogedora, en clave acústica.

El rito tal despojó a la banda de cualquier barrera. Los cinco músicos, sumados a las dos invitadas anteriores, se sentaron al borde del escenario con sus instrumentos a ras de suelo, e invitaron a los asistentes a sumarse a una bellísima versión desconectada de ‘Hablando a tu corazón’ de Charly García.
Pero la noche necesitaba un broche de oro, algo que terminara de comulgar las voces de la artista y su público. Ese final llegó con ‘Antorcha’. En esta última canción, Camila Moreno puso a disposición su increíble voz y comandó al público como directora coral, dividiendo a la Sala CEINA en primeras y segundas voces para entonar un estribillo que en su clímax se entrelazó magistralmente con pasajes de ‘Y arriba quemando el sol’ de Violeta Parra.
Fue este el último conjuro de una velada donde la luz primera encontró su eco definitivo, ardiendo en cientos de voces hasta que, finalmente, se apagaron los focos.
