Digger es, hasta la fecha, la obra más ambiciosa de Alejandro González Iñárritú. Desde un elenco estelar hasta el lente magistral de Emmanuel Lubezki –ganador del Oscar por Birdman, Gravity y The Revenant–, la cinta definitivamente no escatima en recursos. Con un presupuesto de 160 millones, opera bajo un despliegue técnico y narrativo que ofrece una de las experiencias más divisivas y entretenidas en el cine del año.
Digger es también una película difícil de hablar sin revelar demasiado de sus pretensiones. Cuando Baudelaire abogó por la misma locura –o la embriaguez– como forma de afrontar el mundo, el ejercicio no era muy lejano. Es por esto que la ambición de Iñárritu, que podría amenazar con disparatar todas las dimensiones de la obra, termina por hacer todo lo contrario, pues postula un prisma perfecto para retratar una realidad que, en sí misma, ya es delirante.

Tom Cruise encarna, en esencia, al hombre más poderoso del mundo. Un magnate petrolero, capitalista hecho y derecho, que se ve obligado a gestionar una catástrofe ecológica producto de sus propias extracciones industrializadas. En una interpretación certeramente caricaturesca, el actor da vida a una historia que esconde en sus recovecos más que una simple reflexión sobre el extractivismo productivo, ahondando en el núcleo más absurdo del sueño americano y su voracidad por los recursos naturales.
Cruise entrega así una de las interpretaciones más afiladas del año, orbitado por un Riz Ahmed que se roba cada escena en la que aparece. Como Ganesh –el director del área medioambiental de la compañía de Digger y solitario portador de la verdad y rigor científicos– Ahmed equilibra sus destellos humorísticos junto con el corazón más fornido de la cinta. A medida que la historia y la catástrofe avanzan, un Ganesh progresivamente menos compuesto termina por aportar una brillantez cómica sencillamente indispensable.
A este despliegue se suma Jesse Plemons como otra de las apariciones que –no tan– inesperadamente deslumbran en pantalla, esto en una película que se toma la libertad de deslumbrar con lo inesperado en más de una ocasión. En frecuencias paralelas, John Goodman termina por encarnar a un presidente de los Estados Unidos tan despótico como formidablemente esperpéntico.
La premisa es entonces aquella de una sátira político-ambiental. Pero más allá de si causa gracia o no, que sí lo hace, y ciertamente sacará más que varias risas en la sala, Digger es, en el sentido clásico de la palabra, una tragicomedia. Narrativamente combina los elementos necesarios para generar una parodia del imaginario estadounidense capitalista y sus cúpulas de poder. El petróleo es la leche materna de la tierra, y todo lo demás viene después. Claro, hay una hipérbole necesaria y evidente desde el primer tráiler, que cobra sentido a medida que la cinta avanza, pero el carácter realista perdura con una crudeza constante.
En Digger, el humor está siempre presente, pero su pulso es a la vez terrorífico. No estamos riendo de una ficción que es, quitando y agregando un par de detalles, nuestra realidad, e incluso, nuestro futuro.
Sin embargo, y esta es la característica crucial de Digger. La mejor sátira no es aquella que sabe mirar con un ojo lo suficientemente crítico o con sabiduría, sino aquella capaz de mirar hacia adentro e identificar desde dónde viene. Iñárritu toma conciencia del terror realista y de aquello que una crítica hecha película –del tamaño de un Blockbuster– significa, llevándola al máximo. Así, hay cierto ejercicio de apelar al espectador del filme, a quienes vemos la película para luego salir de la sala a enfrentarnos al mundo que nos rodea.

Es imposible quedarse indiferente, ya sea por el humor ácido, por sus riesgos narrativos, o simplemente porque, se quiera o no, Digger esconde –a plena vista– muchas verdades. Sobre ellos, pero también sobre nosotros. Sobre el arte, y su incapacidad o talento de evitar el colapso social, o al menos de retratarlo en uno de los mejores monólogos del año.
No por nada ha tenido una crítica tan divisiva, especialmente en los Estados Unidos. Hay sensibilidades en la película que nacen desde una periferia menoscabada y ultrajada por la gran nación norteamericana, y que sacan todas esas risas y sorpresas en quienes tenemos la suerte de no habitar ese país. Pareciera ser que incluso los críticos fallan en reconocer un elemento crucial: así es como los ve el resto del mundo.
En definitiva, Digger se asienta como el manifiesto más incisivo en la carrera del director mexicano. La cruda reflexión plantea un carnaval orquestado al borde del colapso ecológico, donde mirar hacia el fondo del pozo aterra tanto como hace reír en su irracionalidad. Mientras, opera abriendo paso a una reflexión sobre qué tan honda es la tumba que hemos cavado socialmente, e incluso, si el mismo arte nos puede sacar.
