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No Necesitamos Banderas, de Alejandro Tapia: ¿Cómo volver a narrar a Los Prisioneros?

Alejandro Tapia es periodista y autor de Ya viene la fuerza. Los Prisioneros 1980-1986 (2024, Clubdefans). Fácilmente, el libro más completo y mejor acabado que se ha escrito alguna vez sobre Los Prisioneros o Jorge González, aún cuando se aboque a un marco de tiempo limitado. Incluso con esos parámetros voluntarios supera con distancia la media de libros sobre Los Prisioneros que se publican cada década.

Recientemente, a través de la editorial peruana Borrador Editores, Tapia publicó su nueva investigación: No Necesitamos Banderas. Los Prisioneros en Perú. Y ya que Los Prisioneros tocaron por primera vez en Perú ya con Pateando Piedras (1986) bajo el brazo, se puede asumir su nuevo libro como una perfecta secuela de Ya viene la fuerza. O, al menos, un spin-off.

Antes de señalar cualquier aspecto sobre No Necesitamos Banderas, hay que establecer un antecedente pivotal. Hace dos años, cuando se publicó Ya viene la fuerza, ese libro significó un importante golpe en la mesa respecto a los límites del periodismo o, para estos efectos, cualquier forma de expresión narrativa aplicada a la biografía de Los Prisioneros. No es solo que ya existieran múltiples libros sobre la banda (tres de ellos escritos por dos de sus propios músicos), sino que la historia parecía -y parece- lo suficientemente inserta en el imaginario nacional como para cansar a algunos con la sola idea de volver a repetirla. Sin embargo, el nivel de detalle e incisión aplicado por Tapia para contar la historia de tan solo siete años de Los Prisioneros (un tercio de su discografía) en casi cuatrocientas páginas, terminó por revertir rápidamente cualquier concepción sobre la que es la historia ya escrita y la que no.

Es muy pronto para establecer que Ya viene la fuerza terminó influyendo a los libros sobre música chilena por venir. Tendrían que publicarse primero. Lo que sí se puede establecer es que la vara subió muchísimo.

Dimensiones

No Necesitamos Banderas se aboca específicamente a la relación de Los Prisioneros con Perú, o de Perú con Los Prisioneros. Es importante hacer incapié en que no es un libro que verse exclusivamente sobre el paso de la banda por Perú. El ejercicio, naturalmente, incluye amplios detalles sobre las caóticas presentaciones de la banda en suelo peruano, pero más allá de limitarse a la parte anecdótica del paso de los músicos por esos escenarios, No Necesitamos Banderas es también un relato profundamente documentado y bellamente narrado sobre la influencia de una entidad cultural gigante sobre otro país. El mismo tipo de sinergias que hoy parecen tan improbables.

Tapia es particularmente atento a la hora de ilustrar todos los antecedentes propios del contexto de Los Prisioneros y Perú antes de siquiera entrar a los conciertos de la banda. No solo eso, existe un repaso íntegro por la manera en la que se entendía y apreciaba el rock latinoamericano durante los ochenta, tanto en Perú como en el resto de la región (incluso se desprenden un par de detalles que vuelven a poner en perspectiva lo brutalmente masivos que eran Los Prisioneros en Chile, a veces un dato subestimado por asumirse como obvio). Tanto para efectos de mercado, como derechamente culturales. El solo hecho de que el libro interprete -correctamente- el peso de Los Prisioneros como una energía activa y movilizadora, dota el relato de una perspectiva que podría acusarse épica, pero en realidad es la aproximación más realista al fenómeno.

Otro elemento que constantemente centra el relato en su naturaleza tangible es la vitalidad con la que está dotado este mismo. Y cómo no, con personajes como Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea. Fuera de ese epicentro, el gran cuerpo de peruanos entrevistados y referenciados en el libro termina por darle a este un oportuno -y aparentemente necesario- aspecto coral. Esta multiplicidad de voces puede distanciar el relato de la banda misma (aunque nunca desconociéndose como el factor eje de la historia), pero en consecuencia, la historia toma una naturaleza más grande y justa con las dimensiones de los hechos. En este mismo contexto, la dosificación de los detalles más vivenciales de la relación entre la banda y Perú -o, por extensión, de la banda consigo misma durante cada época- le termina por dar un ritmo propio al libro. Constantemente, se permite alternar sus énfasis según las necesidades. En cualquier caso, ambos aspectos están muy bien equilibrados: Los Prisioneros como fenómeno, y Los Prisioneros como personas.

Lenguajes

Inevitablemente, el ejercicio de No Necesitamos Banderas recuerda a algunos documentales de lo más dispares en tono y estilo, como Don’t Look Back (1967, D.A. Pennebaker) o NOFX: Backstage Passport (2008, Jeff Alulis y Ryan Harlin), pero que comparten un tópico con el libro de Tapia. Libro o documental, el material original que concibió la retórica sobre la que operan todos estos trabajos es What’s Happening! The Beatles in the USA (1964, Albert Maysles y David Maysles), uno de los tantos proyectos fílmicos de los hermanos Maysles que terminó siendo tremendamente influyentes no solo para la historia del cine documental, sino también para la cultura de masas occidental. Casi siempre que alguien compara -como lo hace alguna fuente en este nuevo libro- una congregación motivada por la presencia de un artista con “los Beatles llegando a Estados Unidos”, no solo se está refiriendo al fenómeno de los cuatro de Liverpool cruzando el océano, sino también al lenguaje cinematográfico empleado por la dupla Maysles para retratarlo. Sin ir más lejos, gran parte del imaginario visual existente sobre John F. Kennedy fue filmado por ellos (para efectos de la cámara de los Maysles, McCartney y Kennedy no se distancian demasiado). Establecieron un lenguaje que traspasó la lógica del cine y se estableció como referente transversal para cualquier conversación sobre cultura pop.

Sin embargo, si existe una disciplina que estudia activamente la cultura de masas fuera del eje vertiginoso de sus propios mitos, es justamente el periodismo narrativo. No es necesariamente la única, pero sí la que ha demostrado una eficiencia más persistente, al menos en Chile. En este contexto, por la propia naturaleza mitológica de la historia, la idea de narrar la relación entre Los Prisioneros y Perú podría sugerir un cambio de tono en relación al presentado en Ya viene la fuerza. Sin embargo, la disciplina periodística inherente al estilo de Tapia estandariza ambos relatos en una narrativa autoral íntima y detallada. Como las mejores publicaciones chilenas sobre música, No Necesitamos Banderas responde al periodismo como institución (lo que menos se ve en libros sobre música), antes que a cualquier amplificación de fanzine editada en tapa blanda (lo que más se ve en libros sobre música).

Por otro lado, resuena en las técnicas utilizadas por Tapia uno de los mejores libros periodísticos sobre música chilena de la historia, paradójicamente, escrito por dos argentinos: Los Tres, la última canción (2002, Enrique Symns y Andrea Álvarez Mujica). Es un libro interesante para tener como eje de contraste. En sus primeras páginas, Symns y Mujica expresan su desconcierto con la pasividad de los músicos de Los Tres, aquella que la banda penquista adoptó en una filosofía similar a la de Los Prisioneros. Pero más allá de ese oportuno punto de comparación, ambos libros terminan usando un lenguaje similar para tratar un hecho similar: un pequeño grupo de jóvenes músicos súbitamente debe vivir en el ojo del impacto cultural que ellos mismos crearon.

Más allá de que No Necesitamos Banderas se trate de una banda tan descomunalmente importante como Los Prisioneros, hay un valor literario innegable en la manera matizada con la que Tapia se aproxima a los hechos. Su lenguaje le hace toda la debida justicia a la magnitud de los hechos.

Intertextos

En la reciente presentación del libro, frente al local de Clubdefans en Torres Tajamar, Tapia le comentó a la destacada periodista Marisol García que, efectivamente, se encuentra trabajando en una secuela -propiamente tal- de Ya viene la fuerza, aunque aún no decide en qué momento de la historia terminar el relato. No es menor, por cronología, ese libro debería pasar por Corazones (1990), una cumbre artística para la música chilena.

Hay pasajes de No Necesitamos Banderas que adelantan aspectos más íntimos de la época de Corazones. Más interesante aún, se detallan aspectos de la época de La Cultura De La Basura (1987), una etapa generalmente omitida en cualquier repaso biográfico de Los Prisioneros. A veces tan solo se menciona como el contexto de su gira censurada. Sería muy provechosa la oportunidad de leer un relato sobre el tercer disco de la banda con el nivel de detalle tan propio de Tapia.

En cualquier caso, no es necesario manejar toda la información expuesta en Ya viene la fuerza para apreciar No Necesitamos Banderas. Aunque sí es de reconocer que cuando el relato de este nuevo libro llega hasta los noventa, es inevitable recordar el perfil Sudamerican rocker. Un retrato de Jorge González (2025, Juan Cristóbal Peña). El libro de Peña -que es, por cierto, una versión ampliada de un texto originalmente publicado en 2023 como parte de la antología Ídolos, editada por Leila Guerriero– hace particular énfasis en la vida privada de González hacia la época de los noventa y la sucesiva reunión de Los Prisioneros. Los hallazgos expuestos en Sudamerican rocker explican parte de los erráticos noventa del proyecto. Ningún libro exige la lectura del otro. Más bien, las lecturas se hacen complementarias.

No está de más mencionar que alguna vez se hizo un ejercicio similar al de No Necesitamos Banderas con Latinoamérica es grande. La ruta internacional de Los Prisioneros (2019, Cristóbal González Lorca). Ese texto, en un formato bastante más acotado, se limita a revisar una serie de anécdotas de Los Prisioneros en el extranjero. Hay datos interesantes, pero también una importante carencia de reflexión. Además, hace gala de cierta moral exitista a la hora de revisar la historia de la banda. Nada de esto realmente suma.

Fronteras

Aún con todo el legado de Los Prisioneros vivo en Perú y Chile, un aspecto imposible de ignorar en No Necesitamos Banderas es justamente el de la última frontera: la del tiempo. Este libro, más allá de reflexionar sobre un aspecto específico de la carrera de la banda, también ofrece una reflexión sobre una época de múltiples reglas que hoy parecen absolutamente inadmisibles. Indiferentemente de si hoy es más fácil o más difícil que una banda chilena triunfe en Perú, lo que sí es innegable que cambió radicalmente es el contexto. Este texto lo hace patente, sobre todo en los primeros capítulos. Los logros de la banda, en sí mismos, no lo son todo, también hay que considerar lo adelantados que fueron para imprimir estas hazañas. Nunca podrán existir otros Prisioneros, simplemente porque ya existieron Los Prisioneros.

El título del libro no es gratuito. Más allá de la obvia referencia a la canción de La Voz De Los 80 (1984), también refleja un ejercicio consciente que ejecutaron Los Prisioneros para concebir una cultura propia fuera de Chile, mismo ejercicio que, efectivamente, dio con resultados tangibles. Hay cierto valor meta textual en la retórica adoptada por Tapia. Esos supuestos límites narrativos en la biografía de Los Prisioneros, propios del acceso a la información en 2026, quedan puestos en evidencia como falsedades con libros como este. Suena fácil, no lo es.

Sí, efectivamente no necesitamos banderas, pero como dice ese mismo coro, tampoco necesitamos fronteras.

 

No Necesitamos Banderas. Los Prisioneros en Perú está disponible en Perú a través de Borrador Editores. En Chile, vía Clubdefans.

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