Por Susana Aliaga
Foto por Mario Ruiz (Ministerio de las Culturas)
El 28 de agosto se anunció a la escritora Cynthia Rimsky como ganadora del Premio Nacional de Literatura y hoy, a 25 años de la primera edición de Poste restante, su opera prima, considero que es importante volver al que considero uno de los relatos más importantes sobre la inmigración, la búsqueda de identidad en la historia familiar y las ganas de aventurarse buscando lo inefable. En este Chile en el que cuesta tanto hacer el ejercicio de memoria histórica y que, además, parece mantenerse al pie del cañón en una lucha contra la inmigración (como si fuera una novedad de los últimos 15 años y no la base sobre la que está construida la república) me parece que Poste restante se siente más relevante que nunca y aunque está datado (literalmente) a fin del milenio, Cynthia Rimsky navega una de las problemáticas más atemporales de la condición humana: la pregunta de cuánto del pasado familiar influye en nuestro presente individual y cuánto de esto puede definir nuestro futuro.
El archivo y el registro
“–Lo siento –dice la funcionaria.
–¿No existen?
–No los tengo registrados.” (33)
Podría definir este libro como una novela transeúnte, una narración que se mueve entre los espacios, casi errabunda, pero con un propósito definido y claro desde el principio. La narradora encuentra un álbum de fotos que podría ser de su familia. El mismo apellido, pero escrito con una i en lugar de una y, presenta la maravillosa, casi milagrosa, posibilidad de rastrear los orígenes más allá de los abuelos. En un país de migrantes, de padres que se van, de madres solteras, niños robados, progenitores desaparecidos, vagancia adolescente y un sinfín de configuraciones familiares diversas, llegar a construir un árbol genealógico es el privilegio de pocos. Sé que cierta gente ostenta en su casa cuadros con sus antepasados, genogramas llenos de nombres y líneas hasta llegar a la Independencia de Chile. A algunas personas esto les recuerda a La Fronda Aristocrática de Joaquín Edwards Bello; a otras nos recuerda a los cuadros que utilizan los criaderos de perros para asegurar el pedigrí. Pero quizás esta opinión emana de mi consciencia de que, de hacer el ejercicio de buscar de dónde vengo, probablemente me quedaría estancada en el certificado de bautizo de alguno de mis abuelos, escondido en los cajones de alguna parroquia en el norte, con nombres borroneados o mal escritos. Pero ante cualquier pista, cualquier cosa que me hiciera creer que hay algo más, que la búsqueda no sería fútil, al igual que Cynthia Rimsky estaría tomando el bus o el avión o el tren que fuera necesario para llegar a donde partió todo.
Cuando le pregunta a la funcionaria del Museo de la Diáspora en Israel por sus apellidos, surge la pregunta moderna de si es posible existir si no hay registro. La familia de Cynthia Rimsky existió, ella es prueba de aquello, los madres y padres de sus bisabuelos y bisabuelas estuvieron en este mundo, caminando sus calles, pero ¿cuáles calles? ¿En Polonia, en Ucrania, en Israel, en Palestina, en Inglaterra o en Argentina? Cuando la narradora viaja, lo hace buscando estas huellas en el suelo, como si décadas de viento y lluvia no las hubieran borrado, aferrada a un archivo que ni siquiera sabe si le corresponde. El archivo es el espacio común en el que habita la existencia y el registro. Quizás los antepasados de Rimsky no están en un registro, en un almanaque de nombres, pero la casa que habitaron tal vez es la casa que está en el álbum de fotos encontrado azarosamente en el Persa.
El viaje de la heroína
Poste
restante es el nombre que elige para su debut literario, el poste restante es también un servicio (muy utilizado antes de que fuéramos fácilmente ubicables y antes de que cambiáramos las cartas por los correos, los mensajes y las bombitas) de la oficina de correos que consiste en dejar las cartas ahí hasta que el destinatario pase a buscarlas. Es la forma en que los amigos y familiares de Cynthia Rimsky pueden contactarse con ella tras recibir escuetas indicaciones de su paradero actual y futuro. A través de las cartas que le envían y que ella recoge cuando puede, podemos configurar la historia que queda en Chile, el ancla que la sostiene en su búsqueda por la historia familiar. En esta búsqueda la narración alterna entre la primera persona, adquiriendo un tono testimonial y autorreferencial, y la tercera persona, nombrándose como la ‘turista’ o la ‘viajera’. Así, la autora no solo está jugando con el lenguaje, experimentando con un sujeto maleable, sino que establece dos carriles paralelos en los que corre la historia: por un lado, está el relato íntimo, la búsqueda del origen, el deseo de desentrañar misterios familiares que ni siquiera la narradora puede determinar. Por otro lado, hay una novela de aventuras, un cierto diálogo con Jack Kerouac que permite ver las ciudades que la autora visita como si fueran personas de carne y hueso.
Por esto resulta imposible analizar el viaje de la autora solo desde lo físico o lo emocional. Cynthia Rimsky construye un viaje literario, desde sus referencias a la Señora Dalloway, a Lady Chatterley, sus menciones a los escritores Lawerence Durrell y Jean Potocki hasta la forma de describir a quienes conoce en sus aventuras. En Ucrania, la recepcionista del barco que la va a llevar desde Estambul hasta Odesa, Irina, es descrita como un personaje de una película de James Bond, justo en un momento en que la narradora se siente decepcionada y perdida. Irina le advierte de los estafadores en Polonia, sin decirle que muchos están más cerca de lo que parece, y la invita a encontrarse a las cinco de la tarde para que ella le muestre la ciudad. “No será la primera vez que un personaje salva a su autor” (118), reflexiona la autora, justo antes de revelar hasta qué punto Irina la está salvando o exponiendo más al peligro. En este intento de novelizar el viaje, Cynthia Rimsky, cual Gulliver, termina construyendo una narrativa familiar que le permite externalizar su identidad. Esto también lo hace con las ciudades, en un intento de establecer una psicogeografía que sea coherente con las personas que ahí conoce.
Por ejemplo, define Tel Aviv casi como un espacio liminal, y a sus habitantes como personajes que navegan, a veces antojadizamente, los límites de sus propias convicciones. Una de las primeras personas con quien habla es un judío que defiende como su único motor de vida el ser buena persona. Ser un buen judío. Obediente con las escrituras y con los mandatos morales de su dios. Sin embargo, en el mismo respiro establece que ‘la guerra’ con Palestina es un deber espiritual, es la forma que tienen los judíos de merecer el Estado de Israel, de legitimar su lugar. La narradora no usa su voz para decirle su postura, sin embargo, en una de las cartas enviadas por su amiga, su amiga se encarga de definir el sionismo como una ideología fanática y barbárica, llegando a esta conclusión desde la misma información que la autora le remite.
El yo íntegro. El yo fragmentado
Tanto en Tel Aviv como en Capadocia se configuran distintas pérdidas para la autora en cuanto a su búsqueda familiar. En Tel Aviv le dicen que no hay registro de su familia. En Capadocia le comunican que el apellido que encontró garabateado en el álbum, Rimski, significa ‘baños termales’, por lo que más que un nombre puede ser la indicación de un lugar en el que se tomaron las fotos. La pérdida de la información que podría guiar la búsqueda se suma a la pérdida concreta de objetos en este periplo. Primero se pierde un aro de pájaro, luego una bufanda, un pañuelo de seda, los lentes de sol. La narradora no cuenta el momento en que se pierden, tampoco cuando se da cuenta, sino que menciona estas pérdidas a la pasada, al tiempo después, como pedazos suyos que quedaron en el camino. Menos como Hansel y Gretel dejando migas de pan para encontrar el camino y más como Dean Moriarty en En el camino. En otros momentos regala fotos del álbum que lleva consigo. En un correo electrónico su padre le pide que no pierda la cabeza. Empieza a perder el dinero. Sin embargo, todas estas pérdidas parecen ser un precio justo a cambio de la promesa sugerida de encontrar el punto de origen, la nave nodriza.
Finalmente llega a puerto: Krazimierz en Cracovia, el barrio donde (quizás) nació su abuela paterna. Pero este puerto no tiene un sabor definitivo, parece ser una ciudad hermosa para recordar, un “lugar del cual huir y sentir nostalgia” (144). Ella misma parece sentir nostalgia de ese lugar, aun estando sentada por primera vez viendo ese paisaje, añorando un pasado que nunca vivió. Al leerlo de nuevo, después de 10 años de haberlo leído por primera vez, me encuentro en este momento con el peso emocional de su relato. Quizás no hay una nostalgia impostada, sino que hay una esperanza por el futuro, por un futuro que se parece un poco más a ese paisaje y un poco menos a esos sacrificios. La autora, en su aventura, muchas veces no sabe si los lugares que está buscando son, efectivamente el lugar que está buscando, pero los busca de todas formas. Y contra todo pronóstico los encuentra.
Cynthia Rimsky volvió a Chile luego de este viaje. Luego se fue a Argentina, donde vive actualmente. Ha dicho que le acomoda ver a su país desde fuera, que cuando mejor siente esa conexión, que muchos definen como patriotismo, es cuando se relaciona desde otro centro. No me extraña. En Poste restante, lo que parte como una búsqueda individual, termina transformándose en el relato de la identidad en países quebrados por la guerra, por la pobreza, por la persecución y por la colonización. Hay un esfuerzo por mantener viva la memoria individual a través de la historia colectiva. Ningún árbol genealógico se empequeñece a medida que las generaciones van subiendo, ninguna historia personal existe en un vacío. James Joyce dijo que escribía sobre Dublín a pesar de haber dejado la ciudad muy tempranamente porque es ahí donde encuentra todas las ciudades, en lo particular está contenido lo universal. Cynthia Rimsky opera de forma similar, en su búsqueda familiar, termina reconstruyendo la historia de las ciudades y de sus habitantes y como estas historias terminan viajando en barco hacia el cono sur, y luego en avión de vuelta. Vuelvo al álbum de fotos con el que parte esta historia. Termina no siendo un álbum de su familia o, por lo menos, nunca se confirma a quienes pertenece. Pero su presencia en el relato no es intrascendente, es prueba de que, si bien cada persona es un mundo, cada uno de esos mundos está amarrado inexorablemente a otros mundos, que viene de otros que a su vez viene de otros. Así, las fotos que regala, incluso las cosas que pierde, terminan encontrando su justo lugar en una fibra universal de relatos y de búsquedas.
Ahora pienso en lo fragmentado que se siente todo, en como esta víspera al 11 de septiembre se siente extraña. Como todos los años, veo postales que me recuerdan los terribles años de la dictadura, pero este año parece ser que hay un velo en ese lente con el que veo el pasado. No necesito encontrar un álbum de fotos para intentar reconstruir ese pasado, lo veo en las fracturas que quedan, en las familias rotas y los sueños de igualdad que quedaron al debe. Y, sin embargo, esa memoria se desvanece cada vez más rápido, envuelta en apatía y desidia. Releyendo Poste restante me di cuenta de que quizás antes estábamos más cómodos con la incomodidad del pasado, que tener ese dolor más cerca nos hacía recordarlo y asumirlo con más entereza. Quizás hemos agarrado tanta distancia de nuestro pasado que ya no consideramos importante recobrarlo, rearmarlo, recordarlo, ya fue, no va a volver a pasar, sigamos viviendo. Pero la historia no se acaba ahí, no terminó con una viajera en la ciudad natal de su bisabuela paterna, sentada en una banca, con la plata justa para volver y la historia de Chile tampoco se acaba con una transición inconclusa. Leer una construcción de memoria familiar en estas fechas me recuerda lo frágil que es la historia, lo fácil que todo puede desaparecer y el esfuerzo necesario para recobrarlo. Y así pienso en lo apropiado de este premio: Cynthia Rimsky maneja una prosa exquisita, se despliega desde el humor sin caer en la crueldad y expresa una curiosidad por la naturaleza humana refrescante en estos años del yo; pero también, sobre todo en Poste restante, entreteje una construcción del yo dentro de una construcción colectiva. Sin aleccionar ni pontificar, Cynthia Rimsky nos hace imposible llegar a la última página del libro sin la convicción de que somos quienes somos por los que fueron antes que nosotros y que nos esforzamos en recordar. La gran reflexión de Poste
restante es que construir memoria no es solo un almanaque de hechos, es rastrear los caminos de conexión humana y marcar, también, los quiebres e interrupciones en esos caminos, para repararlos, protegerlos o, incluso, para prepararnos si es que, por la razón que sea, se vuelven a interrumpir.
Poste restante**, Cynthia Rimsky, Ediciones Overol, 2024, 248 páginas $15.000.-*

*Esta reseña fue hecha consultando la edición de Ediciones Lastarria, publicada en el 2011.
