Por Catalina Vives
En El deshielo, el segundo largometraje de Manuela Martelli tras la aclamada 1976, la cordillera nevada de 1992 viste el escenario que oculta las apariencias de una época. La historia sigue a Inés, una niña que vive con sus abuelos en un hotel de montaña mientras sus padres trasladan un iceberg a la Expo Sevilla. Allí conoce a Hanna, una adolecente alemana promesa del esquí. Cuando Hanna desaparece repentinamente, su búsqueda choca con las apariencias del hotel, los pactos de silencio y las brechas de clase.
Protagonizada por la debutante Maya O’Rourke, la actriz alemana Saskia Rosendahl y Paulina Urrutia en el rol de la abuela, la película llega precedida por una destacada recepción de la crítica en Francia y una sólida distribución global. Seleccionada por la Academia de Cine local para representar a Chile en la carrera hacia los premios Oscar, El deshielo inicia un ambicioso recorrido en el circuito internacional.
Entre el hotel de montaña y el paisaje nevado. ¿Qué metáfora buscabas proyectar con la idea del «deshielo» y el encierro geográfico?
Martina Martelli: No tengo una sola interpretación cerrada; de hecho, creo que no existe una única lectura y la intención es justamente esa, abrir preguntas. La película busca entrar en lugares de ambigüedad que muchas veces intentamos encasillar bajo un solo nombre o significado. Cuando hacemos eso, cristalizamos la historia. La película intenta romper con esos discursos preestablecidos y con lo que nos hemos contado de nosotros mismos tantas veces que terminamos olvidando quiénes somos o dejando atrás cosas que no nos hemos atrevido a revisar.
¿Por qué decidiste que el detonante de esta historia en 1992 fuera precisamente la desaparición de una joven extranjera?
Manuela Martelli: Incorporar a una joven extranjera permite quebrar esas ideas prefijadas sobre la historia de Chile. Mirarnos a través de los ojos de un externo de cierta manera funciona como un espejo que nos devuelve una imagen distinta de nosotros mismos; nos sorprende y nos obliga a volver a observarnos.

En ‘1976’ abordaste la dictadura y ahora en ‘El Deshielo’ te sitúas en los años 90. ¿Por qué decidiste volver a hablar de la memoria histórica y qué te faltaba por contar sobre esa época?»
Manuela Martelli: Siempre queda algo por contar, porque revisar el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de interpelar el presente: entender quiénes somos y qué nos constituye. Volver sobre nuestra historia reciente nos permite alumbrar esas zonas oscuras, recuperar la conciencia sobre lo que somos y mirar nuestra herencia. La trama se sitúa en la transición y se pregunta en qué bases se sustenta nuestra democracia, pero lo aborda desde lo íntimo y lo familiar: cómo cada uno de nosotros carga con esa historia.
¿Creen que el cine tiene el deber de contar lo que la historia oficial o los discursos políticos intentaron dejar atrás?
Manuela Martelli: Esa idea de asociar la memoria con la dictadura, como si fueran sinónimos, es justamente una de las ideas que la película busca remover. La memoria es mucho más que eso. La dictadura es parte de nuestra historia, y ojalá nunca olvidemos lo que no queremos que se vuelva a repetir, pero la memoria es frágil. A veces olvidar como una manera de supervivencia… olvidar, pero lo reprimido siempre aparece. Hacer memoria es una manera de ser mejor sociedad y personas. Hoy, lamentablemente hemos visto que a nivel mundial se siguen repitiendo vulneraciones a los derechos humanos y retrocesos sobre conquistas históricas.
Paulina Urrutia: Yo creo que el arte siempre es un ejercicio de memoria. Es muy miope decir que el cine o el teatro están «pegados» en una determinada época. Si no somos capaces de revisar nuestra propia memoria, es imposible entender el presente y proyectar un futuro. El arte no se queda atascado, tiene una capacidad intergeneracional. Por eso esta película genera identificación no solo entre chilenos, sino de forma humana. Los silencios y el ocultamiento no son cosas de ayer: son prácticas de hoy. En la medida en que tomamos conciencia de eso, podemos encarar el futuro con mayor verdad, justicia y esperanza.
Paulina, al leer el guión por primera vez, ¿qué viste en esta abuela y en la trama que te hizo decir ‘tengo que hacer esta película’?»
Paulina Urrutia: Fue una maravillosa invitación en un momento personal mío muy especial porque yo estaba enferma y tuve la oportunidad de trabajar, cosa que eso no siempre pasa. Además, a través de la ficción —que, como en todo buen cine, es pura verdad de la vida— pude recuperar partes de mi pasado. Fue un verdadero regalo.
¿Qué desafíos vienen ahora que entro en la selección de Chile para los Oscars 2027?, ¿Y cómo se toman el respaldo de sus pares?
Paulina Urrutia: El reto principal es visibilizar la película ante los miembros de la Academia, lo que implica una labor gigantesca. Sin embargo, hay un terreno avanzado gracias al respaldo de coproductoras de trayectoria (como Wood Producciones y Ronda Studios, junto a socios de España, México y Estados Unidos). Se va a distribuir en 21 países. Manuela ya es un nombre y una figura reconocida, y cuenta con una recepción sólida en el círculo de críticos gracias a su ópera prima, habiendo pasado por Francia y por festivales como San Sebastián. Es un camino exigente, pero aventajado y con confianza.
