Escrito por Antonia Hernández
El cine de terror contemporáneo parece haber encontrando su nuevo nido vital en los rincones de la creación digital independiente. Lejos de las fórmulas herméticas de grandes estudios, una nueva camada de realizadores formados en el lenguaje del internet han saltado a salas comerciales, demostrando que el recambio generacional proviene de adentro de las computadoras.
Obsession se suma a la creciente lista de películas de terror dirigidas por creadores salidos de YouTube, una nueva ola de directores de la Generación Z que ha cosechado éxitos con estrenos como Talk to Me (2023) y Bring Her Back (2025) de los hermanos Philippou, Together (2025) de Michael Shanks y recientemente Backrooms (2026) de Kane Parsons. Así mismo, se suma a una segunda genealogía interesante, que es aquella de la migración de la comedia al horror —en donde entran también los Philippou—, que considera a grandes nombres como Jordan Peele, Zach Cregger o hasta John Krasinski.

Se ha hablado bastante sobre estos cruces y el por qué de su éxito, desde el entendimiento de las emociones humanas que la comedia ofrece al terror, pasando por el factor común del punchline y el manejo preciso de las tensiones y ritmos del género, hasta la nueva perspectiva que ofrece la creación independiente de YouTube. La verdad es que, a grandes rasgos la fórmula funciona, y Obsession no es la excepción.
Curry Barker, quien comenzó realizando sketches en Youtube en el canal that’s a bad idea, dirigió Obsession con un presupuesto de $800 mil dólares —una suma bajísima para estándares de la industria—, y ha recaudado hasta el momento $150 millones, casi doscientas veces lo invertido, estableciendo nuevos récords para el género. La película se filmó en solo 20 días, y tras estrenarse en el Festival Internacional de Cine de Toronto ha dado la vuelta al mundo triunfando en la cartelera. Pero ¿por qué tanto alboroto?
La película, en palabras simples, es muy buena. Desde su construcción narrativa y premisa —un hombre (Bear) que desea que su amiga de la infancia (Nikki) se enamore de él por medio de un juguete vintage—, hasta los aspectos más técnicos que construyen un buen cine. El relato equilibra perfectamente los matices más psicológicos con un terror más crudo, sin temor a utilizar recursos violentos y directamente angustiantes.

Más allá de esto, Inde Navarrete, quien interpreta a Nikki, termina por sellar el éxito de Obsession. Su interpretación es tanto fenomenal como aterradora, y distintos espacios del internet la coronan ya como una nueva scream queen de nuestra generación, sumándose a los nombres de Mia Goth, Samara Weaving o Maika Monroe.
Desde aquí en adelante, esta reseña contiene spoilers.
Pero …¿y el villano?
Uno de los debates más interesantes que han surgido post-Obsession es aquel sobre su verdadero antagonista, dando paso a numerosas reflexiones sobre el mensaje central y, sobre todo, de dónde proviene su factor de terror.
Entendiendo sus matices, pareciera ser —no sólo viendo la película, sino escuchando entrevistas a su director y elenco— que, al final del día, el verdadero villano de Obsession no es más que el sujeto a quien la historia sigue: el personaje de Bear.
Aquí la cuestión sobre la intención es esencial. Bear se balancea en una delgada línea moral durante toda la película; sus acciones se vuelven cada vez más grises y directamente oscuras a medida que el carácter del deseo y su posterior cumplimiento se van haciendo evidentes.

Obsession no es tanto sobre la obsesión como concepto como lo es sobre la autonomía, el consentimiento, el deseo y el miedo irracional a la soledad. Claro, hay cierto terror en las acciones de Nikki, en su actuar errante y desquiciado, en encarnar a la “novia loca” y desmedida, incluso en la violencia cumulativa que vemos a través del metraje. Ella es, narrativamente, la antagonista, pero los horrores se esconden en el otro lado de la moneda: en aquella faceta de Nikki que queda oculta, enterrada, relegada a otro plano como mera espectadora de un cuerpo poseído por una entidad sin definir.
Lo terrible es la pérdida completa de autonomía, el arrebato de lo más básico e intrínseco que se puede tener en manos de una persona increíblemente insegura. El problema central no es el deseo que Bear formula —aquella decisión lúdica con el One Wish Willow—, sino su actuar, primero cobarde y luego directamente cruel, mientras va aprendiendo que Nikki (la verdadera Nikki) prefiere la muerte al horrible destino al que ha sido condenada. La escena en que la pareja tiene relaciones sexuales, Nikki con la mirada completamente perdida y absorta mientras lo que parece ser la entidad responde a las aproximaciones de Bear, no sólo deja un mal sentir en el estómago, sino que sirve para recordar que el consentimiento ahí, si no directamente nebuloso, pareciera no existir.
Bear está dispuesto a beneficiarse de la situación solamente hasta que el impacto de esta se vuelve imposible de soportar para él. Es un personaje que desde un comienzo vemos solo y desesperado: su abuela murió, su gato también, está obsesionado con Nikki y, desde lo más profundo de su ser, busca saciar ese vacío con obsesión y reciprocidad, aunque sea forzada.
Obsession construye así un relato de masculinidad posesiva, de lástima y penuria en línea de la llamada “male loneliness epidemic” donde este miedo al aislamiento motiva al personaje a cometer actos atroces; realidad que la película claramente no justifica pero en la que no teme ahondar. Hemos visto exploraciones similares en Ruby Sparks (2012) o Companion (2025), donde se hace presente el nice guy syndrome de un hombre que se asume inocente buscando compañía a toda costa, reflejado en líneas tan tétricas como cuando Bear pregunta “¿realmente es tan malo estar conmigo?”

Una fábula de terror
Más allá de esta perspectiva, que se vuelve más certera con cada giro y escena, Obsession realiza una aproximación que no es nueva para el cine de terror, pero que aquí sale victoriosa: contar una historia en código de fábula.
“Ten cuidado con lo que deseas” es quizás la mayor enseñanza. Estamos ante un relato que postula los peligros de querer algo sin medir las consecuencias de lo que se anhela, e incluso, de codiciar un fin sin estar dispuesto a transitar el esfuerzo necesario para conseguirlo.
Aunque Bear claramente no espera que funcione, el One Wish Willow trae consigo tragedia y derrumbe por dos factores posibles.
Por un lado, la nueva relación establecida en un segundo se debilita ante lo abrupto de esta. En el fondo, el switch de Nikki significa que Bear consigue lo que quiere sin haber construido las bases para lograrlo, convirtiéndose en una advertencia sobre lo artificial del deseo inmediato. Por otro, las mismas palabras pronunciadas (“Desearía que Nikki Freeman me ame más que a nadie en el mundo”), dicen más de lo que se cree e —intencional o no— hay un egoísmo implícito en el discurso, uno que termina por obnubilar a Nikki en su posesión y volcarla por completo hacia la devoción destructiva.

Curry Barker atribuyó la idea original de la película, aquella de un deseo que sale muy mal, al fragmento de Los Simpsons sobre la pata de mono en La casita del horror II. Que la comedia sea su primer referente hace mucho sentido, aquel episodio funciona también como una fábula sobre la ironía del destino. Al igual que en la animación, los deseos se pagan con el peor de los intereses, recordando que la ambición humana puede encontrar fácilmente maneras de arruinar lo que pide.
Obsession se consolida como un recordatorio de que hay un componente monstruoso en la incapacidad de gestionar las propias carencias. Aunque es probable que el director no se dedique a explorar los miles de posibles deseos malditos de este universo, si sabemos que se seguirá adentrando en el terror. Con dos proyectos de terror confirmados en el horizonte —incluyendo la próxima entrega de Texas Chainsaw Massacre— queda claro que Barker va encaminado a ser una de las voces más estimulantes del género actual. Por nuestra parte, estamos ansiosos por ver lo que está por venir.
