Cine

El Viaje de Chihiro, 25 años revelando la realidad a través de la ficción

Escrito por Mati Rojas

Las películas que marcan una época son varias. Cada año, entre galardones y reconocimientos internacionales, vamos conociendo nombres que plasman el estado de las cosas a través de lecturas complejas o simples, pero que saben hablar de la materia humana del hoy. Sin embargo, las películas animadas que lograron marcar una época son pocas. El Viaje de Chihiro (2001), probablemente, es el filme que mejor personifica el inicio de un nuevo milenio cargado de expectativas y cambios culturales globales.

El Viaje de Chihiro (2001) construye un universo donde la realidad y la fantasía se entrelazan en la dualidad de lo aterrador y lo esperanzador. En este universo, Chihiro, una niña de diez años, entra accidentalmente en un misterioso túnel mientras se muda de casa, lo que la conduce a un mundo fantástico con situaciones bizarras ocurriendo frente a sus ojos. En este extraño universo, Chihiro se ve obligada a sobrevivir sola en un entorno completamente desconocido y emprende una aventura para salvar a sus padres, quienes son convertidos en cerdos por no poder resistir la tentación, siendo este hito la primera crítica que la película hace hacia el consumismo y cómo nos relacionamos con él.

Espíritus, deidades y brujas son los personajes que acompañan a Chihiro durante la búsqueda para salvar a sus padres. Hayao Miyazaki, director y guionista de la película, se inspiró en el folclore japonés para poder personificar las distintas fuerzas antagónicas o afines a la misión de Chihiro que, frente a cualquier mirada, todas terminan en la exploración de la libertad del ser. La escritura de El Viaje de Chihiro (2001) está hilada de manera tan fina que no hay personaje que estorbe o que falte, y aquello solo habla de lo minucioso que es el director al momento de sentarse a crear universos que nunca antes habían visitado el umbral de la ficción universal.

Hayao Miyazaki es un director de animación japonés que rompió la barrera de invisibilización cuando se trata de la animación oriental, dándose a conocer al mundo con su primera película dirigida y escrita por él, El Castillo de Cagliostro, en el año 1979. Junto a El Viaje de Chihiro (2001) logró llegar a la academia estadounidense, siendo así la primera película de animé en recibir una nominación en un concurso tan importante como son los Oscars, ganando la categoría de “Mejor Película de Animación” sin mayores dudas al respecto. No contento con ello, también gana el Oso de Oro en la 52a edición del Festival de Cine de Berlín, convirtiéndose en la única película animada en ganar el máximo galardón hasta el día de hoy.

El Viaje de Chihiro (2001) fue un fenómeno. Más allá de las distinciones que puede dar la academia, la venta en cines de esta película fue remarcable tanto en Japón como en el resto del mundo, destacando así la distribución que el filme tuvo en occidente. Este hito invitó a una parte del mundo a ver la animación asiática de manera diferente, ayudando a sacarla de un sector infantilizado y poniéndola en un pedestal donde las historias que se pueden contar a través de la animación pueden ser complejas y dignas de recordar incluso veinticinco años después como lo es hoy.

Hayao Miyazaki nunca ha tenido miedo de decir lo que piensa en sus películas. Históricamente ha hablado de antimilitarismo, ecología, capitalismo, consumismo y mucho más, y en El Viaje de Chihiro (2001), su octava película dentro de su filmografía, continúa este sello político del director. A través del largometraje hay personajes que hablan explícitamente la visión de Miyazaki, dejando en claro, desde su anatomía hasta su misión en la narrativa, su postura frente a las diversas problemáticas que enfrentamos como sociedad en el inicio de los 2000s.

El ejemplo más tangible es el espíritu del río, un ser que produce repulsión en los personajes que lo rodean, pero que luego explicita qué es lo que lo tiene tan afectado y desastroso: la polución en los ríos. Miyazaki convierte la contaminación en una experiencia visible y moral: la basura que se extrae del espíritu del río representa las huellas materiales de una sociedad que consume sin considerar el daño que deja en el mundo natural.

Por otro lado, Hayao Miyazaki construye un mundo fantástico que, aunque parece alejado de la realidad, reproduce dinámicas propias del sistema capitalista en el que estamos insertos: la obsesión por el dinero, la explotación laboral, la pérdida de identidad y el deseo constante de consumir. Lo interesante es cómo estas ideas las desarrolla a través de personajes (los padres, Sin Cara) y también locaciones (la casa de baños), dando cuenta así de las diversas maneras que el director encuentra para narrar su visión del estado del mundo actual.

La solución a los problemas en El Viaje de Chihiro (2001) siempre apelan a la espiritualidad de los personajes: recordar quién eres, rechazar las tentaciones de los excesos, madurar, apreciar lo natural de tu alrededor, abrazar la empatía. Miyazaki plantea una solución humanista: frente a un mundo regido por el dinero y la explotación, Chihiro triunfa porque no olvida quién es, ayuda a los demás y restablece los vínculos entre las personas, la memoria y la naturaleza.

A veinticinco años de su estreno, El Viaje de Chihiro (2001) no sólo sigue siendo un pilar fundamental al momento de hablar de animación, sino que también es una película que logra interpelar al espectador hasta el día de hoy. Desde lo tenebroso de la fantasía hasta el optimismo natural del ser humano, Miyazaki nos expone desde sus temores hasta sus esperanzas con respecto al inicio de los 2000s.

La travesía de Chihiro demuestra que, incluso en un mundo dominado por la codicia y la explotación, todavía es posible encontrar sentido en la memoria, la empatía y el cuidado de los otros. Esa combinación entre imaginación desbordante, profundidad emocional y reflexión social es lo que convierte a El Viaje de Chihiro (2001) en una película que no pertenece únicamente al inicio del nuevo milenio, sino que continúa dialogando con las inquietudes del presente, reafirmando así que la animación puede ser una de las formas más poderosas y complejas de hacer cine.

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