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Hokum, de Damian McCarthy: Terror familiar

Escrita y dirigida por Damian McCarthy, quien estuvo detrás de Oddysey (2024), Hokum sigue a Ohm Bauman, un escritor estadounidense que viaja a Irlanda para esparcir las cenizas de sus padres. Pero poco a poco se van revelando los secretos de la posada donde se hospeda, principalmente de una habitación en particular.

Resulta muy interesante como el género del terror ha evolucionado con el tiempo. Películas del denominado “terror elevado”, como Get Out, de Jordan Peele o Hereditary, de Ari Aster, se han vuelto bastante populares en los últimos 10 años. Sin embargo, hay algo en la fórmula más “clásica” del terror, en la cual un individuo se adentra en un establecimiento desconocido para él (llámese casa nueva u hotel en el que se hospeda), que sigue siendo atractivo para el público.

Sin embargo, hasta la fórmula más exitosa necesita de vez en cuando un giro de tuerca, un cambio de aire para evitar la sensación de deja vu que películas de este tipo podrían producir (sobre todo, si se va a invertir en dinero y tiempo para verlas). Hokum es consciente de las limitaciones que puede ofrecer este tipo de historias, por lo que, más que patear el tablero y ofrecer una reinvención del patrón, lo que busca realmente es valerse de sus principales fortalezas para ser algo diferente, escaparse, aunque sea un poco de ser “una más” en la larga lista de recintos embrujados que abundan en la industria. ¿Lo consigue? En su mayoría, sí.

Su atmósfera envolvente

Para empezar, es importante destacar el muy buen uso de los colores, tanto en los interiores como en los pocos momentos que se tienen al exterior. Tanto McCarthy como el director de fotografía, Colm Hogan, consiguen definir muy bien el tono atmosférico que se busca dar en cada uno de los espacios, junto con las emociones que se buscan generar en los espectadores. Esto es notable sobre todo en las escenas al interior de la posada, ya que, junto con una escasa iluminación, un diseño de producción más de “antaño” y el uso de habitaciones cerradas, se consigue crear una atmósfera claustrofóbica, casi como de un escape room o de un videojuego de terror en el que se necesita alcanzar cierto objetivo para pasar de nivel.

De misterios y sorpresas

Eso sí, hay que decir que la película resulta más efectiva cuando sugiera que cuando revela. No porque las revelaciones necesariamente sean malas, sino más bien porque éstas se hacen de manera poco sofisticada y natural, muy expositiva, donde se nota en exceso la mano de McCarthy detrás del guion. Por otro lado, cuando la cinta solamente da señales, pistas leves de lo que ocurre, tanto con el protagonista y sus demonios internos como con el hotel y sus trabajadores (sobre todo al inicio), es realmente muy efectiva, ya que confía en la inteligencia y buen ojo del espectador. Además, permite que este vaya sacando sus propias conclusiones antes de que la verdad salga a la luz. Quizá por eso mismo, es que la cinta se disfruta más en los momentos en los que no hay diálogo, y los espectadores se convierten en detectives intentando juntar las piezas del misterio.

Antihéroes inesperados

En el plano actoral, Adam Scott cumple de manera aceptable ser el personaje “ancla”, los ojos de la audiencia, aunque al principio cuesta comprarlo, por un lado, como prolífico novelista (debido a su perfil que se siente demasiado juvenil). Y, por el otro, como este individuo tremendamente antipático y antisocial (sobre todo por la simpatía natural que él irradia), por lo su protagonista y actuación van de menos a más. Por otro lado, la verdadera revelación, de la película, el mejor actor por lejos es David Wilmot, que tiene un papel secundario (en realidad, todos, menos Scott, son secundarios), pero al que el intérprete irlandés le saca el mayor partido, volviéndose una figura sumamente entrañable, incluso más que el propio protagonista, y logrando sobrepasar el rol arquetípico en el que un personaje de esas características normalmente cae.

En resumen, Hokum no está libre de recintos llenos de secretos o de jumpscares, pero tiene los elementos suficientes (y bien aprovechados) para sentirse fresca y atrapante. Más allá de algún atisbo de familiaridad que se pueda percibir.

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