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La guerra de los últimos, de Ridley Scott: cuando sobrevivir no es suficiente

Han pasado nueve años de una pandemia global que aniquiló a gran parte de la humanidad. En la ciudad solo quedan estragos del lugar en el que alguna vez hubo vida. El día a día se basa en la supervivencia, donde andar acompañado de una pistola no es conveniente, sino necesario.  

Hig (Jacob Elordi), uno de los pocos supervivientes de la catástrofe viral, lo sabe muy bien. Mecánico y piloto, vive en un aeródromo abandonado junto a su perro Jasper. Cada día vuela junto a su fiel amigo en una avioneta Cessna amarilla desde su escondite en Erie hasta Denver para conseguir medicinas para una colonia menonita cercana dirigida por Aaron (Benedict Wong); abastecerse de comida y combustible junto a su compañero Bagnley (Josh Brolin), un exmarino y otro de los pocos supervivientes del letal virus; y pasar un rato en su antigua casa, llorando la memoria de su difunta esposa.  

Basada en la novela homónima de Peter Heller (The Dog Stars), La guerra de los últimos, la nueva película de Ridley Scott (Gladiador II) es una distopía postapocalíptica que intenta centrarse en la discusión de la empatía y la esperanza de la humanidad en tiempos de crisis. Sin embargo, su guion superficial, sus giros de trama poco convincentes y sus personajes planos fracasan en desarrollar estas reflexiones. 

Un mundo en ruinas que no logra construirse 

La cinta arranca de manera sutil, con distintas pistas visuales que el espectador debe recolectar para construir el imaginario de este mundo postapocalíptico: autos volcados, reconocidas cadenas de restaurantes y tiendas abandonadas, y camillas y sueros intravenosos en hospitales municipales.  

Durante gran parte del primer acto, mantiene un tono extremadamente pausado que pide a gritos acción o, al menos, respuestas. El nombre del virus, cómo o a quién infectó, con qué rapidez se propagó son datos que se ignoran. Si bien las películas postapocalípticas pueden usar el recurso de ocultar información, esto solo resulta exitoso cuando las preguntas que plantea son más interesantes que las respuestas. Y eso en La guerra de los últimos no ocurre. 

Aun cuando la trama da un giro –que parece finalmente traer algo de acción– cuando Hig decide seguir la llamada de radio que viene de Grand Junction, una ciudad cercana que parece ser un rayo de luz para reconstruir este desolado nuevo mundo, la cinta se queda estancada entre un pasado melancólico y un presente que solo se nutre de escenas de acción violenta, aun cuando su mensaje parece querer ir por otro lado. 

Un guion que intenta, sin éxito, criticar nuestro mundo actual a través de sus protagonistas: Hig y Bagnley. Hig, quien está agotado de volar todos los días para buscar provisiones, cree que la salvación está en la comunidad y la conexión humana, mientras que Bagnley, quien parece haberse preparado toda su vida para este tipo de situaciones, desconfía de lo desconocido y defiende su territorio aplicando la violencia que sea necesaria.  

Esta dicotomía entre los personajes; por alguna razón, el guion se encarga de recordarnos una y otra vez, de manera absurdamente evidente, el contraste de visión de mundo. Está claro que Scott utiliza a sus personajes, y en especial a sus protagonistas, como símbolos. Pero si es que se quiere ese objetivo, al menos la construcción de ellos debería tener más capas. 

Si se le quiere dar un punto a favor, quizás La guerra de los últimos habría sido más exitosa en tiempos de pandemia, cuando realmente el sentimiento de desolación nos calaba más profundo. Pero, ya que los antecedentes de la gripe parecen no tener importancia, se podría asumir entonces que Scott quiere hacer una crítica actual de nuestro mundo, siendo la división su rasgo más característico.  

Pero este mensaje se derrumba rápidamente cuando, a través del lenguaje visual y sonoro, se retrata a las personas que quieren atacar el territorio de Hig y Bangley como guerreros indígenas atacando asentamientos occidentales blancos. 

Una historia de amor sin tiempo para existir 

No contento con construir a medias un mundo con cero atractivos, Scott aprovecha el viaje de Hig a Grand Junction para contar una historia de amor insípida. Mientras viaja a Grand Junction, su avión se avería, lo que lo obliga a aterrizar cerca de un rancho donde viven Pops (Guy Pearce), un desconfiado granjero, y Cima (Margaret Qualley), su dulce hija, quien también perdió a su esposo. 

 El paradero de Hig en el terreno de Pops se extiende por más días de lo esperado y el granjero no está nada feliz con ello, por lo que obliga a Cima a ayudarlo a reparar su Cessna Amarilla. En medio de la búsqueda de materiales para arreglar la avioneta, Hig y Cima descubren que tienen en común la pérdida de sus parejas y que, por ende, por fin tienen a alguien con quien entenderse. 

Sin embargo, nunca resulta verosímil que Hig y Cima, quienes siguen sin superar las pérdidas de sus parejas, construyan una relación de manera tan apresurada y que, por lo demás, se base en puntos de conexión tan superfluos como extrañar el tráfico, la música y el café, elementos tan generales que no permiten profundizar en el mundo interno de cada uno.  

Había un gran potencial en abordar el duelo en un mundo donde todo parece perdido y quizás la relación de Hig y Cima sería más entrañable si se le hubiese dedicado más tiempo a los recuerdos de cómo era su vida antes de este apocalipsis y así poder entender cómo este nuevo amor puede ser un salvavidas a esas pérdidas que, supuestamente, los frena emocionalmente.  

Resulta extraño que, recién terminando el primer acto, sepamos que Hig antes era un mecánico y que Cima era interna de medicina, y hasta irónico que sepamos más de los recuerdos de Pops de los panqueques de Grand Junction que de las parejas fallecidas de nuestros protagonistas. Solo vemos a la esposa de Hig en sus recuerdos, siempre feliz y embarazada, pero sin ningún comentario de él de cómo se conocieron o qué es lo que extraña de ella.  

Jacob Elordi, quien había hecho un gran trabajo en Frankenstein recurriendo solo a su corporalidad para expresarse, parece dar un paso atrás con este papel. Es una actuación principalmente aburrida, con miradas que no comunican nada. Aunque, con un guion superficial, la verdad es que había muy poco que pudiera hacer. 

Qualley se destaca por su encanto, pero también es víctima del guion. En general, no hay un motor que impulse la trama y todo parece resolverse porque sí. 

Es innegable la espectacularidad de sus planos aéreos, que hacen sentir que uno está volando sobre la ciudad de Grand Junction. Sin embargo, La guerra de los últimos parece haber explotado negativamente el marketing de un perro que tiene muy poca presencia en la trama y el rostro de Jacob Elordi para vender una película que carece de ritmo, que no tiene claro qué quiere decir ni cómo quiere contarlo y que termina sin entregar una conclusión capaz de darle sentido a todo lo anterior. 

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