Sacarle una foto in situ a una época no es sencillo. Y difícilmente se resuelve acudiendo al cinismo tan propio de la gente más ágil para esgrimir frases de bronce. Por algo existen longevas disciplinas literarias de vocación documental sensorial, como la aventajada crónica periodística. De la misma manera, existen ficciones que, sin ninguna pretensión documental, pueden revelar más sobre una serie de condiciones sociales que cualquier registro o material de archivo supuestamente imparcial. Las novelas de Ryū Murakami lo logran, y no solo en su bullado debut, Azul casi transparente (1976), sino también en gran parte del resto de su cuerpo de trabajo. Hay pocos autores tan preocupados de atender las inquietudes de su juventud contemporánea como Murakami. De hecho, la norma suele ser quedarse en una juventud eterna, o condenar a los suyos a envejecer más rápido de lo que una vida desprovista de ese tipo de reflexiones forzadas permitiría.
De hecho, es plausible llevarse cierta sorpresa al revisar la fecha en la que se publicó Azul casi transparente, no necesariamente por los tópicos, sino por los tonos. Es fácil identificar aspectos de su prosa que posteriormente se harían normativos en cierta escuela literaria europea representada por escritores como Irvine Welsh o incluso, desde otra arista pero atendiendo el mismo fondo, el propio Nick Hornby. Cada uno con sus matices y obsesiones propias, pero siempre apuntando a una serie de tópicos comunes.
Azul casi transparente es, a todas luces, un ejercicio literario bastante adelantado. Sí, conviene leerlo para enterarse de un par de cosas sobre la relación entre Japón y Estados Unidos (o, por extensión, el occidente completo), pero también es materia esencial para la historia de la literatura más contemporánea. Las versiones en español de la novela estuvieron perdidas por un tiempo. Sin embargo, Abducción se encargó de reeditarla de la mano de una prolija traducción de J.C. Cortés y un preciso diseño de Javiera Vaccaro. Abajo de la gran presentación: la literatura de Murakami y sus múltiples dimensiones.

Bold As Love
Murakami entiende ciertas expresiones culturales y su reflejo en la juventud como parte inherente a un desarrollo humano y social que no se limita al de sus propios personajes, sino asimismo de las propias tramas en la que estos se insertan. Es una forma de pensar más bien propia del siglo XX. Lo cual ciertamente es una lástima cuando se pone a contraluz con la manera en la que se desenvuelve la juventud con el mundo hoy, indiferentemente de las circunstancias sociales que la rodeen. Ciertos patrones del siglo XXI han motivado una patronización entre adolescentes y adultos jóvenes que parecen anular matices entre sus respectivas cosmovisiones. La sola idea de Azul casi transparente: cómo se dan las experiencias formativas para el contexto de un grupo de jóvenes que vive cerca de una base militar estadounidense, quizá no sería admisible hoy como gatillador de una ficción a largo aliento. Básicamente, porque las condiciones materiales de la formación no se distanciarían de las de tantas otras personas del mundo igual o menos preocupadas de las características del mundo que los rodea. En cualquier caso, Murakami se hizo cargo muy eficientemente de este traslape generacional -nuevamente de manera anticipada- en su novela Simbiontes (2000), también editada por Abducción.
Naturalmente, el baile de personajes que ofrece Murakami en su novela debut atiende a los esquemas necesarios para levantar una trama concatenada por experiencias puntuales y emociones privadas. La ambigüedad en el grado de protagonismo que adopta el hablante lírico también sugiere una representación paisajista de situaciones aparentemente opuestas a las que se suelen asociar con el tipo de literatura que se está usando para representarlas. Es el recurso al que Murakami suma un vertiginoso ritmo de datos. La fórmula da resultado en tramas tan llenas de información como el pasar interno de los personajes. Eso en oposición a la manera en la que su cáscara externa y, sobre todo, su cuerpo se relaciona con otras cáscaras y otros cuerpos. Bastante similar a lo que probablemente sintieron los japoneses que efectivamente pasaron por esta experiencia. Sin ir mucho más lejos, tampoco es distinto a la manera que tiene el país de aproximarse a ciertos patrones del capitalismo y la cultura pop hoy en día. Si no fuese por la excesiva cautela normativa de hoy, Azul casi transparente perfectamente calificaría como una novela a transcurrir en 2026.
Si hay un elemento esencial que efectivamente sugiere permitir esta aproximación es la plasticidad (muy propia, por cierto, de la oposición al espíritu que imperaba en las ambiciones industriales del occidente pasada la segunda guerra mundial y no resuelta en su carácter indiscriminado, al menos, hasta la caída del Muro de Berlín) con la que Murakami trata a sus personajes. A veces deriva en sensualidad propiciada por las descripciones del propio autor, como también otras -la gran mayoría- por las acciones de los personajes.

Murakami vs. Hedorah
Una perspectiva apresurada y un tanto frívola, rápidamente aproximaría Azul casi transparente a un filme del estilo de Joint Security Area (2000, Chan-wook). Sin embargo, la verdad es que si hay una expresión japonesa –Chan-wook es coreano- realmente próxima a los tópicos más recurrentes de literatura de Murakami, probablemente sean las Godzilla de la era Showa. Algunas de ellas, contemporáneas al debut del autor.
Tras el estreno de la versión cinematográfica original del mito, Godzilla (1954, Ishiro Onda), la metáfora orbitante al personaje rápidamente asumió una responsabilidad tan identitaria como amenazante lo fue en un principio. Incluso se puede hacer el caso de que la simbiosis cultural entre Godzilla y Japón ha respondido históricamente a las propias narrativas políticas que la nación ha decidido adoptar. Es decir, a medida que Japón integraba elementos tan propios del posmodernismo estadounidense en su cultura, las películas de Godzilla -originalmente concebido como una alegoría al horror nuclear, pero fácilmente interpretable de manera más precisa como una analogía a la ocupación estadounidense posterior- adoptaron cierta simbiosis cultural con la cultura pop imperante que, paradójicamente, se hizo representativa del imaginario de su respectiva nación.
Excepto por una excepción. Justamente, la que ofrece un puente con la literatura de Murakami.
Entre el abanico de monstruos de turno contra los que Godzilla se enfrenta en cada película, uno de los más particulares es Hedorah, originalmente aparecido en Godzilla vs. Hedorah (Yoshimitsu Banno, 1971). A su modo, también una alegoría de los efectos de Estados Unidos sobre Japón. Solo que esta vez con el foco sobre la contaminación y los avances rampantes de la industrialización occidental que permea como cultura en Japón. Parecido a Sauron. Es, con seguridad, el monstruo más estadounidense entre los que enfrentaron a Godzilla en su primera etapa cinematográfica. Y lo que es más interesante, la manera en la que Banno filma y monta su película admite una contínua reflexión sobre el intercambio entre los japoneses y la particular cultura psicodélica del momento. Exactamente lo mismo que haría Murakami cinco años después en Azul casi transparente, solo que desde vertientes como el sexo o la psiquis colectiva. Godzilla vs. Hedorah es una película de 1971, es decir, realmente in situ. Banno supo reaccionar rápido a la contracultura más creativa e incorporar imágenes que fácilmente se pueden asociar al imaginario colectivo de proyectos musicales hoy clásicos como Mothers Of Invention, Cream o la etapa temprana de Pink Floyd.
Para el contexto de la obra de Murakami no es una aproximación exclusiva de Azul casi transparente, pues el autor también supo expresar estas inquietudes en varias novelas posteriores. De alguna manera, haciendo gala de una lucidez cada vez más punzante para leer su entorno. Así lo imprimió en 69 (1987), una especie de mirada retroactiva de la cultura de la que él también fue parte, aunque haya sido de manera más bien adyacente. Eventualmente, adoptaría una actitud incluso más urgente en trabajos como Simbiontes, ya de lleno evaluando los problemas de un planeta completo algo podrido.
Para el caso específico de Azul casi transparente, Murakami mantiene la disciplina necesaria como para alejar la cultura pop de las eventualidades de los personajes. Nunca dota los eventos de la novela de frívolas referencias culturales. Aquello que responde a la influencia geográfica de la base militar, y que realmente incide en la psicología de los personajes, está expresado de una manera mucho más elegante y tenue de lo que próximamente harían -y siguen haciendo- otros autores que, paradójicamente, tienen acceso a la obra de Murakami como material de referencia. Si bien es verdad que la novela tiene personajes que se refieren explícitamente a su relación con estos tópicos, lo hacen desde otras avenidas. Mucho más centrados en vivencias y cuestionamientos sobre retóricas personales.
Es innegable el aporte que ha hecho Abducción al traducir y editar múltiples trabajos de Murakami tanto en Chile como otros países de la región. Es un autor que pone muchas cosas en perspectiva. Tanto para efectos geográficos como temporales.
La preventa para la edición de Azul casi transparente publicada por Abducción se encuentra disponible en la web de la editorial.

