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Discos

‘Música, gramática, gimnasia’ de Dënver: Clases de verano

Escrito por Hernán Carrasco

Dënver toca el viernes 25 de septiembre en el Festival En Órbita, en Basel, la misma noche que Beach Fossils. Es una buena excusa para volver sobre el disco que los instaló: ‘Música, gramática, gimnasia’ que pronto cumplirá dieciséis años y sigue siendo el mejor retrato del verano chileno que se haya grabado en un computador.

Música, gramática, gimnasia: Dënver y el retrato del 2010

‘Música, gramática, gimnasia’ es un paquete de postales mandadas desde el litoral central, y todos tenemos esa foto de cabros chicos en aquella playa predilecta. Salió en octubre de 2010, el año del terremoto, cuando Dënver era todavía una banda debutante que venía de ‘Totoral’ (2008), quizás un disco que no prendió tanto en esas cabecitas adolescentes.

El título viene del griego antiguo: música, gramática y gimnasia eran tres formas de formación de los niños, y no hay mejor descripción de lo que hace el álbum. Sus once canciones hablan de aprender a ser alguien, de descubrir el deseo, la identidad y la independencia. No están escritas solo para adolescentes, sino para cualquiera que todavía conserve algo de esa edad. Dieciséis años después, las postales siguen llegando

 

Una luz de sintetizadores en un bálsamo orgánico

A primera escucha parece synth-pop luminoso —Pet Shop Boys, Hi-NRG ochentero—, con la sencillez de The Shins asomando y algún destello de chamber pop. Pero el suelo del disco es la indietronica. Beats programados, teclados haciendo de banda completa, canciones armadas en el computador y cantadas como si fueran de guitarra, ese idioma que The Postal Service había dejado instalado unos años antes. Lo bueno es lo que Dënver le monta encima. Cuerdas de verdad, bronces, batería acústica. Un disco hecho en la caja termina sonando a orquesta chica de balneario. Con esos materiales, y con Cristián Heyne produciendo, la banda cruza el synth-pop nacional, ese del ‘Corazones’ (1990) y ‘Esquemas juveniles’ (2006), con un indie pop a lo millennial sin pretensión, y traduce las dos cosas al idioma de una generación que aprendió a sentir por MSN y por Fotolog. Heyne había grabado a Javiera Mena cuatro años antes, así que la herencia acá es literal y no solo de oído.

Canción por canción: el verano de Dënver en el litoral central

«Mi primer oro» abre la cancha de una patada y deja instalada la regla. Los sintetizadores mandan, pero trabajan para la melodía. Es además lo más bubblegum del álbum, con La Casa Azul de ‘La revolución sexual’ (2007) asomando en esa manera de apilar capas hasta que la canción brilla de puro exceso. «Lo que quieras» pone a Milton Mahan al mando con un punteo palm muteado que coquetea con Los Planetas, y el guiño es doble, porque mientras la guitarra imita a la banda la letra dice «si te gustan Los Planetas, yo te los llevo a tu puerta».

«Olas gigantes» es para mí lo más alto del disco, y está construida igual que su título. Un sinte de textura de sierra abre la mezcla y encima se van montando capas, una sobre otra, sin que ninguna reemplace a la anterior. La voz de Mariana Montenegro flota apenas apoyada mientras todo eso se acumula debajo. Cuando por fin llega el coro, lo acumulado revienta junto, y es un clímax en los dos sentidos de la palabra. Tensión y descarga, la mecánica más vieja del pop, usada acá sin ningún pudor. La canción idealiza el verano y aun así no se pone cursi en ningún momento, porque debajo de la postal hay un cuerpo.

«Diane Keaton» se volvió sin pedir permiso en una de las canciones fundamentales del indie pop chileno, y su magia está en lo simple que es. Parece escrita en cinco minutos, aunque haya tardado una vida en encontrar esa forma. Si esa es la postal, «Los Bikers» es la carta de amor. Ahí los sintes se hacen a un lado y entran el piano, las cuerdas del Conjunto Egmont, los bronces. Es lenta, va sin apuro, y cuenta un romance de verano sin ironía de por medio. Es donde Dënver se muestra más desarmado.

El disco entero cabe en «Los adolescentes», casi siete minutos, la canción más larga y la más divertida. Cuando Mariana canta «un día me dices que no, al otro déjame crecer», queda dicho todo. Es la contradicción exacta de los quince años, querer que te suelten y que te sostengan al mismo tiempo, pedir permiso y detestar tener que pedirlo. A esa edad nadie sabe cuál de las dos cosas quiere, y Dënver no finge saberlo tampoco. De ahí sale el estado intermedio en que aparece el resto, el primer amor que todavía no tiene nombre, la identidad a medio armar, el verano que se acaba antes de que uno entienda qué pasó.

Después el álbum se ensancha. «Feedback» y «Cartagena» traen los coros de Fakuta, «Segundas destrezas» dura un minuto y pasa como un suspiro, y «Litoral Central» mete una explosión discotequera justo cuando todo parecía apagarse, con la misma euforia eléctrica del comienzo. Cierra «En medio de una fiesta», que baja las revoluciones y devuelve la sensación de enamoramiento inicial, parecido a un trance de la música disco de los setentas.

Voces intercambiables y territorio propio

Mariana y Milton escribieron juntos las once canciones, cada palabra, y por eso las voces se pueden intercambiar sin que nada se mueva de lugar. No sé si fue deliberado, pero es él quien canta «Diane Keaton», bautizada con el nombre de la actriz que hizo célebre el traje de hombre. Y es ella quien lleva el deseo de «Mi primer oro» y de «Olas gigantes» con la misma franqueza. En ningún momento el álbum reparte los papeles de siempre, el que persigue y la que espera, esas categorías que el pop sostiene por pura costumbre. Lo masculino y lo femenino se funden hasta que da lo mismo quién habla, porque lo que se dice es lo mismo. El 2010 eso pasaba por frescura. Hoy se lee como una sensibilidad abierta que admite sin problema una lectura queer, y que llegó ahí sin anunciarlo.

Hay algo más de lo que casi nadie habla, y es que el disco construye territorio. Es, a su manera, un álbum etnográfico. Cartagena, el litoral central, el verano funcionan como el lugar donde de verdad ocurren el primer amor, la identidad, el paso torpe hacia la adultez. Es un imaginario que parece de todos los chilenos y en rigor es el de una clase media que veraneaba dos semanas y volvía en marzo a devolver la libertad como quien devuelve un traje de baño mojado. Dënver convirtió esa geografía en memoria colectiva.

Dieciséis años después: el legado de ‘Música, gramática, gimnasia’ en el indie pop chileno

Dieciséis años después el disco tiene una vida rara. Se reeditó en vinilo el 2020 por los diez años, quinientas copias, y la banda sigue tocando estas canciones en vivo. Los que lo escucharon a los quince andan por los treinta y tantos y lo ponen igual. Envejeció bien porque nunca sobreactuó su propia importancia .

‘Música, gramática, gimnasia’ no inventó nada. Tomó la indietronica, el synth-pop y el indie pop, tres cosas que ya andaban dando vueltas, y les encontró el sonido exacto a una forma de sentir que todavía no tenía nombre. Pocos discos consiguen esa mezcla de dulzura, melancolía y calidez sin que se note la costura. Este la consigue, y las postales siguen llegando.

En Órbita

Dënver se presenta el viernes 25 de septiembre en Basel, en el Festival En Órbita, que trae además a Blonde Redhead, Beach Fossils y Dry Cleaning. Entradas por PuntoTicket.

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