Cine

La Odisea de Christopher Nolan: Una historia de traducciones

Escrito por Baltazar Chuaqui Fadel

La Odisea es una película complicada.

A lo largo de su carrera, las películas de Christopher Nolan se han caracterizado por sus exámenes del tiempo, las relaciones entre padres e hijos y hombres y esposas, y un tipo de masculinidad particular ejemplificada por adultos increíblemente hábiles pero excepcionalmente entregados a su trabajo. Los héroes de Nolan, muchos de ellos viudos, encuentran consuelo y una razón de ser en su quehacer, y viven con el peso enorme de su misión —que siempre es elegida con mayor o menor libertad por sus protagonistas, y jamás impuesta—. Esta misión, siempre tremendamente importante, siempre por un bien mayor que cambia al mundo, lleva a estos hombres a hacer sacrificios que los alejan de su familia y seres queridos, y los escinde, literal o figurativamente, de su pasado y futuro.

Nolan ha sido descrito como un auteur, un director que, a través de su férrea visión y gran talento, es capaz de hacer películas importantes y poseedoras de una huella personal inconfundible. Aunque han habido cuestionamientos a esta idea debido a su propensión a hacer cine popular, su mérito —si uno acepta la existencia de tal cosa como un auteur— es inconfundible. Sin importar dónde se esté, cuánto tiempo ha pasado desde que se fue al cine por última vez o cuánto se sabe del séptimo arte en general, estar frente a una película de Nolan tiene pautas particulares que no se dan de la misma manera en ninguna otra parte. La Odisea está llena de ellas.

Tiene un elenco repleto de estrellas hollywoodenses consumadas, una recreación del Caballo de Troya gigantesca y pesada acompañada de otros efectos prácticos impresionantes, y un sinfín de detalles que atemperan al poema griego al clima de los blockbusters actuales, como armaduras que no pertenecen a ningún periodo de la historia, pero sí a lo esperado en este tipo de vestuarios. Es de esas producciones —como Mad Max: Furia en el camino (2015) o 2001: Odisea en el espacio (1968)— que dan vértigo; de solo ver el nivel de espectáculo y los efectos prácticos, uno pensaría que es imposible que la película esté terminada y exista. El cíclope —antagonista de la primera gran secuencia de la película, un títere-animatrónico del tamaño de un edificio metido en una cueva—, se ve tan real como Matt Damon —que interpreta a Odiseo— o las personas en la audiencia, lo cual es algo que no solo se espera de una película de Nolan, sino que se da por sentado.

Y es sobre este último punto, de lo mucho que se espera y todo lo que se asume de una película de Nolan, que vale la pena hablar.

Hace miles de años, mucho antes de que se hiciera registro escrito de la historia de Odiseo, los rapsodas en Grecia recitaban de memoria el poema épico que llevaba su nombre. Ahora, de la mano de la fresca y moderna traducción de Emily Wilson, primera mujer en traducir al inglés y en verso la narración de Homero, Christopher Nolan nos trae la vuelta a casa más conocida de todos los tiempos, desde Troya hasta Ítaca. Por sí sola,  la decisión de Nolan de seguir su grandiosa Oppenheimer (2023) con una multimillonaria producción de este mito tenía todo el sentido del mundo y también resultaba un tanto redundante. Después de todo, Interestelar (2014) también contaba la épica de un padre que emprende una misión importante y se pierde al intentar regresar a casa. Pero fue la elección de cuál versión del material que adaptar la que ilustró cómo se aproximaría el director a esta historia, que siempre encuentra nuevas formas de desafiarse, para bien o para mal.

En el caso de esta película, la nueva forma fue a través de cámaras IMAX. Es la primera película filmada íntegramente con estas cámaras, el culmen de la misión que se ha encomendado Nolan desde el comienzo de su carrera. Cada una de las imágenes de Hoyte van Hoytema se siente tan gigante como la cinta de proyección análoga exclusiva de su formato —que no llegó ni llegará a proyectar la película en cines chilenos—. Fue una tarea titánica que estableció un límite de tres minutos por toma —el tiempo que pueden rodar esas cámaras—, y que además, debido al límite de 165 minutos de película por rollo de proyección —lo que equivale a unos diecisiete kilómetros—, contribuyen a lo vertiginoso del principio.

La traducción de Wilson, publicada hace sólo nueve años, tiene muchas particularidades. Mantiene la misma cantidad de líneas del poema original, usa un lenguaje más moderno que traducciones anteriores y opta por emplear el pentámetro yámbico —verso tradicional en inglés— en vez de mantener el hexámetro dactílico —verso típico de la poesía griega clásica—. Este modo de traducir crea algo nuevo sobre una base antiquísima, y es esta tensión, también presente en la película, aún más que otros elementos de la actualización al texto de Wilson, lo que parece interesar al ojo de Nolan, que quizás encontró a un par en la autora por su capacidad de innovar.

Con esta película —y con sus actualizaciones a Batman en su trilogía que poco tienen que ver con los cómics en que se inspiran— Nolan revela su profundo interés por el fondo de las cosas, y cómo la forma lo define. El elemento más débil del filme es su comienzo, torpe y desenfocado, lleno de los problemas de todas las películas del director: cortes toscos, inacabables diálogos expositivos, y un ritmo rapidísimo que solo se calma al llegar a la estupenda secuencia del cíclope. Al igual que el poema, la historia comienza in medias res y, como otros trabajos de Nolan que empiezan de la misma manera, la cinta parece estar ansiosa por llegar a lo bueno.

La gran noticia es que hay mucho de bueno. Las secuencias más importantes —la visita a Circe, el paso por el inframundo, el regreso de Odiseo— respiran y tienen su propio espacio, y sus momentos clave están tan bien realizados que quedan grabados a fuego en la mente del espectador. Nolan, que ahora se enfrenta a un protagonista que no extraña a su mujer porque está muerta, sino porque está imposiblemente separado de ella, forja un elenco capaz de elevar estos momentos —que siempre son el fuerte de su dirección—, pero que se queda cojo en algunos casos.

Tom Holland Telémaco, hijo de Odiseo— y Anne Hathaway Penélope, esposa del héroe protagonista— son los encargados del lado doméstico de la trama, y el poco sentimentalismo de la película recae en ellos, que manejan con la delicadeza y el humanismo necesarios. Holland no sale de su zona de confort en ningún momento, y se mantiene en su arquetipo usual de hombre muy joven o niño muy viejo, mientras que Hathaway mantiene un tono sereno y solemne que permite sentir todo el peso que el tiempo en una cama vacía puede tener, pero no trasciende el rol de esposa fiel y firme en el que la película prefiere dejarla, estereotipo con el que Nolan parece sentirse cómodo y que empleó en producciones anteriores.

Cada uno de los actores fue seleccionado con pinzas para su rol, y no se les exige hacer mucho más de lo que puede ser visto. Lupita Nyong’o es perfecta en su breve papel doble como las gemelas Helena y Clitemnestra de Troya, John Bernthal interpreta diestramente a Menelao como un veterano de guerra empedernido, y Himesh Patel otorga una de las actuaciones más completas de la película, con un Euríloco complejo y entrañable que juega a la perfección con Matt Damon. Sin embargo, de todos los actores terciarios, los que más destacan son Elliot Page y Zendaya. El primero interpreta a Sinón, quien caracteriza la consciencia culposa de Odiseo y ancla la historia a sus temas, así como Tom Holland y Anne Hathaway sirven como su corazón y expanden el horizonte emocional de la cinta. La segunda, en tanto, representa a Atenea con el peso que la diosa merece, y constituye a la única deidad presente de manera física en la película con los matices que tal rol necesita.

Matt Damon viaja tortuosamente de Ítaca a Troya y luego sufre por más de una década el ir a Ítaca otra vez, y su transformación, gracias al montaje de Jennifer Lame, la dirección de Nolan, el trabajo del equipo de maquillaje y la propia actuación del actor, se siente tanto como el retumbar de los truenos enviados por Zeus. A través de él, de esporádicos flashbacks en los que se muestra a Odiseo como era antes de ir a la guerra, la exploración del tiempo llega a una de sus más agudas conclusiones: lo que somos es la suma de nuestras decisiones, pero también es nuestro destino. La guerra destruye a las personas y las convierte en monstruos, y ningún arrepentimiento puede ser obviado al llegar a casa.

Y en su casa, como no puede ser olvidado, lo espera un brillante Robert Pattinson, tan jocoso en su actuación del despreciable Antínoo que se roba la película en cada una de sus escenas. El contraste temático que el guion crea entre Sinón, Odiseo y Antínoo hace que las temáticas sobre la guerra y la violencia funcionen, y justifican algunos de los cambios de adaptación.

Odiseo tiene poco de embaucador en esta versión, que omite notoriamente el ardid del rey de Ítaca para escapar del cíclope del poema, en el que se hace llamar Nadie para engañar al gigante de un solo ojo y a sus hermanos —también omitidos por la película—. Lo que sí define a Odiseo es su lucha constante contra el destino y los dioses; es una víctima de sus propias acciones, la guerra lo ha cambiado irrevocablemente y huye de esa realidad todo lo que puede, pero jamás es suficiente. Su historia ya es recitada por un rapsoda —Travis Scott, utilizado de una manera sumamente inteligente por Nolan— en su propia casa, y es obligado a revivir las partes que nadie más recuerda para volver.

El arte de contar historias jamás había aparecido de esta forma en una película de Christopher Nolan, con narraciones enmarcadas que nos llevan adelante y atrás en el tiempo y el espacio, y funcionan con fluidez, como es usual en películas del director con este tipo de saltos temporales. El uso de palabras como dad y un elenco diverso —elementos que han sido objeto de críticas ridículas, sin mérito— hablan de un ímpetu similar al de Emily Wilson, donde la producción no tiene la obligación de mantener el tono en exceso solemne que se le atribuye a esta historia, ni proclamarla con gestos vacíos como una primera piedra de los mitos occidentales.

Este mito, preservado durante miles de años, merece ser tratado como cualquier otra obra narrativa a la hora de adaptarlo: con respeto, pero con los ojos abiertos, para encontrar nuevas formas de contarlo.

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