Escrito por Viviana Miranda.
Cuando en 2024, C. Tangana anunció que debutaría como director con el documental La guitarra flamenca de Yerai Cortés, las expectativas fueron inmediatas. En parte porque se trata de uno de los músicos que más ha transformado el panorama del rap español y del flamenco contemporáneo, pero también por el universo visual y estético que ha construido junto a su productora Little Spain, cuyo equipo es el responsable del prolífico imaginario detrás de su disco más exitoso, ‘El Madrileño’.
Desde sus primeros minutos, el documental se instala bajo la mirada curiosa de Antón Álvarez —C. Tangana—, quien intenta descifrar la figura de Yerai Cortés como si se tratara de un enigma. Lo que comienza como el retrato de un guitarrista excepcional pronto se desplaza hacia otro territorio, donde la guitarra deja de ser el objeto central y se convierte en el vehículo de una memoria familiar atravesada por el duelo. Más que comprender cómo toca Yerai Cortés, la película busca descubrir por qué toca y qué heridas resuenan en cada uno de sus acordes.

Frente a la cámara, Álvarez reconoce en Cortés una identidad doble, suspendida entre el flamenco gitano que lo vio crecer y las nuevas formas del género de las que hoy participa. Sin embargo, esa búsqueda pronto queda desplazada por una pregunta más profunda, marcada por la existencia de una pena heredada que atraviesa su vida y cuya naturaleza permanece, durante gran parte de la película, como un misterio.
Es así como el documental va retirando capa tras capa de esa herida. Así conocemos la infancia de Cortés, marcada por el abandono de su padre para estar con una mujer más joven, dejando a su madre por siempre marcada con esa pena. Pero el verdadero corazón del relato es el misterio detrás de Tania, la tía fallecida a los veinticuatro años, de la que poco sabemos pero cuya memoria y desenlace continúa aquejando día a día a su protagonista. Convertida en la principal inspiración de sus composiciones, su figura concentra tanto el peso de la ausencia como el secreto que guardó durante toda su vida.
Aunque el filme nunca se detiene demasiado en explicar el virtuosismo técnico de Yerai Cortés, sí consigue abrir una puerta hacia el universo sensible desde donde nace su música. Los interludios musicales, construidos como puestas en escena cercanas al videoclip, reemplazan el registro convencional de los conciertos por imágenes cargadas de simbolismo. Álvarez evita ilustrar las canciones y, en cambio, las expande, convirtiendo cada interpretación en un espacio donde confluyen la memoria familiar, la tradición flamenca y la experiencia íntima del duelo. La música no aparece como un espectáculo autónomo, sino como la consecuencia de una historia que necesitaba encontrar una forma de ser contada.

Como ya es habitual en las producciones de Little Spain, la dimensión visual y sonora alcanza un resultado notable. La fotografía dialoga con un imaginario profundamente español, cercano a las paletas intensas de Pedro Almodóvar, aunque atravesado por una melancolía más austera y oscura, propia del flamenco. En el plano sonoro ocurre algo similar, las conversaciones conservan una espontaneidad que se funde con los complejos arpegios de la guitarra y con el desgarro de las voces, hasta hacer que palabra y música sean parte de un todo.
La relación entre los personajes y la cámara también evoluciona con delicadeza. Al comienzo predomina cierta reserva, pero, a medida que el relato avanza, los cuerpos se distienden y las confesiones adquieren una naturalidad conmovedora. La sobremesa emerge entonces como el verdadero escenario del documental, es alrededor de una mesa donde suceden las conversaciones entre Yerai y sus padres, entre Yerai y Anton, entre Yerai y su pareja, que casualmente también lleva Tania como nombre.
Con este debut, Álvarez confirma que su inquietud creativa trasciende con creces el ámbito musical. Más que imponer su presencia como director, se integra al universo de la familia del protagonista. Está ahí como un amigo que llega de visita, escucha, pregunta y acompaña. Su cámara no busca encontrar respuestas definitivas, más bien se sumerge en aquello que permanece oculto entre los silencios y las conversaciones incómodas, y es en ese gesto donde radica la importancia del documental.
La frase que termina por condensar el espíritu de la película aparece en las reflexiones finales de la madre de Yerai: “No soy frágil como una flor, soy frágil como una bomba”. Gracias a esta, la fragilidad que ha sostenido toda la película deja de entenderse solamente como una herida abierta, y pasa a ser una fuerza capaz de estallar y transformar todo a su alrededor. Para Yerai Cortés, ese es precisamente el origen de su creación artística, moviéndola más allá de la necesidad de narrar únicamente su propia biografía, hacia la responsabilidad de convertir el dolor heredado en una memoria colectiva que encuentra en la guitarra y en el flamenco su forma más honesta de perdurar.
