En 2022, el argentino Norberto Alfaro publicó la primera aproximación periodística en formato literario a la banda canónica del punk argentino Fun People. Por un par de años fue motivo de envidia para el resto de Latinoamérica: Existía un libro sobre Fun People al que no se podía acceder. Lo más próximo al ejercicio de Alfaro en circulación eran estos libros de poesía gráfica que publicó Nekro, los cuales prácticamente solo se pueden conseguir en conciertos de Boom Boom Kid. Sin embargo, no hay que engañarse, nada en esos libros está ni cerca de esclarecer a la banda como lo hace La mayor protesta es el amor. Diálogos sobre Fun People y el hardcore punk, publicado recientemente en Chile por Santiago Ander.
Fun People sin ejes mitológicos
Difícilmente Fun People exija demasiada introducción. Una banda argentina que debutó a principios de los noventa y cambió la historia del hardcore melódico latino para siempre con cinco discos (se puede insistir eternamente en que Fun People era una banda de tal o cuales condiciones que la emparentaban o alejaban de la naturaleza del hardcore punk argentino contemporáneo, eso no cambia la realidad de que su obra sea una prístina expresiones de hardcore melódico noventero): Anesthesia (1995), Kum Kum (1996), Toda niño sensiblesabrá de que estamos hablando (1997), The Art(E) Of Romance (1999) y Angusta, no, no (2000). Y no olvidar el influyente split en formato EP con She-Devils: El Aborto Ilegal Asesina Mi Libertad (1997).
El hardcore melódico argentino está, como buena expresión de punk argentina, atravesada por cierta saña algo incomprensible para los entusiastas del sonido en otros países de la región. Hay bandas que son demasiado canónicas y populares como para siquiera pensar en estratificar mucho su historia. La realidad a la que cualquier chileno se enfrenta cuando dialoga con argentinos inmiscuidos en el tema es que difícilmente existe un eje de compañerismo entre todos esos proyectos trasandinos que se aprecian tan familiares aquí. No viene al caso mencionar bandas específicas. Sí viene al caso mencionar que las relaciones han estado bastante dañadas desde siempre.
Incluso en un contexto así de delicado, Fun People -o, más bien, la historia de Fun People– siempre ha corrido por un eje alterno. Obviamente, tiene que ver con que llevan un montón de tiempo separados, pero también con la naturaleza de su historia. Y, por supuesto, con el gran camión en la habitación: son responsables de una discografía prácticamente perfecta e inconmensurablemente influyente en lo musical y filosófico para prácticamente cualquier punky latino que alguna vez haya salido de su casa.
La idea de Alfaro, al menos según lo que se desprende de los patrones más recurrentes en su libro, es revisar a Fun People no desde los artefactos discográficos, sino desde su resplandor. Un resplandor que atravesó íntegramente la cultura argentina de los noventa y que hoy toca a todos desde un más bien eje mitológico. Incluso a los más dotados de protagonismo, como los responsables de que la escena funcionara o, más importante aún, los artífices del hecho de que la música de Fun People sonara como sonó: sus propios músicos.

Fun People desde los ejes mitológicos
La propuesta literaria y formal de La mayor protesta es el amor responde, en esencia, a una colección de entrevistas del autor con gente gente que orbitó el universo de Fun People en distintas proximidades. A veces lo suficientemente cerca como para tocar en la banda. Otras, lo suficientemente lejos como para haber visto su vida antes por la sombra del proyecto antes que por un contacto estrictamente directo.
Cualquier mirada externa al proyecto será, por naturaleza, retrospectiva. La perspectiva que sí es innovadora de revisar es a Fun People en su naturaleza de mito vivo. Sí, es verdad que Nekro sigue haciendo música y tocando en vivo con Boom Boom Kid. Y ciertamente esos conciertos masivos consideran más que un par de canciones de Fun People. Pero nada que se limite a esos eventos es capaz de entablar un diálogo a la altura con la sombra que proyecta Fun People sobre toda la cultura punk latinoamericana. Para bien o para mal, es la única forma que tenemos de aproximarnos a la pulpa filosófica del proyecto hoy.
Los discos siempre van a estar ahí. Nada ha cambiado en ese aspecto. Pero por otro lado, la filosofía política y operativa del proyecto parece tan inconcebible en el panorama actual que la sola idea de publicar un texto como La mayor protesta es el amor termina por transformarse en un ejercicio de memoria sumamente importante. Lo único lamentable es que, como buena parte de las canciones más melancólicas de Fun People, el libro nunca deja de ser una foto a una retórica aparentemente exclusiva a sus circunstancias. No es para menos, han pasado treinta y seis años desde el lanzamiento de Anesthesia y varios océanos bajo el puente de la política y la música argentina.
Esta serie de condiciones inevitablemente invita a entablar la más dolorosa pregunta en torno a la banda: ¿Podría existir Fun People hoy?
La respuesta realista: No.
La respuesta optimista: Podemos quedarnos con el mito vivo.

Fun People desde su órbita
Es desde esta posición que Alfaro se aproxima a una serie de fuentes que ayudan a ilustrar la integridad de las múltiples dimensiones de Fun People, al menos cuando todavía existía. En este contexto, cualquier posibilidad de análisis musical o incluso la mera memoria biográfica está supeditada al registro de la voluntad de los propios entrevistados. Las preguntas del autor no siempre se enfocan en estos tópicos. En cada pregunta existe un palpable esfuerzo por entender la maquinaria tras bambalinas, o al menos las energías que la permitirían plausible. Esta mitificación activa de Fun People no tiene que ver con la posición asumida por el lector. Todo lo contrario, es la disposición con la que el libro desprende sus aproximaciones a la banda.
Otra manera en la que La mayor protesta es el amor asume su posición de poemario épico distanciado del epicentro del mito descansa en la seguridad con la que asume bagaje informativo en el lector. No hay nada malo en esto. Ciertamente es atendible que hay algo de innecesario en insistir sobre el anecdotario popular que son los doce años de Fun People. Pero se dan situaciones particulares como que, por ejemplo, fuera del peso de clásico inherente que existe en Anesthesia, Kum Kum, El Aborto Ilegal Asesina Mi Libertad o The Art(E) Of Romance, otras producciones en absoluto despreciables como Toda niño sensiblesabrá de que estamos hablando o Angustia, no, no aparecen nombradas un mínimo de veces. También se dispone que el lector maneje cierta información sobre la cronología de los discos, de los eventos formativos, de las múltiples formaciones y hasta de la discografía temprana de Boom Boom Kid. No hay que ser injustos, ninguno de estos gestos es demasiado exigente. Y son decisiones naturalmente voluntarias que, más que alejar al libro de una especie de autobiografía dura o relato coral que ciertamente no pretende ser, lo vuelven a situar en su base de relato mítico a las sombras de una luz demasiado brillante para la manera en la que hemos mirado la música popular los últimos diez o quince años. Por ese lado, está más cerca de un libro de folclore popular que de una crónica.
Existe además un pesimismo constante entre los entrevistados. Hay admiración, nostalgia, celebración y respeto. Pero todos esos alcances pasan por el filtro de una extrema añoranza. En cualquier caso, La mayor protesta es el amor no es una antología de tragedias punk como lo pueden ser Nuestra banda podría ser tu vida (Michael Azerrad, 2001) o Vendido (Dan Ozzy, 2021). Pero ese limitado grado de optimismo, más que responder a la historia de Fun People, más tiene que ver con la proximidad o el cariño (según el caso) con el proyecto de los invitados.

Fun People desde los hallazgos
Por cierto, nada de esto tiene que ver con las direcciones que toma Alfaro en las entrevistas. Varias de ellas insisten en algunas preguntas que, por naturaleza, reciben respuestas igual de insistentes entre distintos entrevistados. Tiene que ver con la naturaleza de la presentación de esta investigación. Como los capítulos de cada fuente no se entrecruzan, la independencia de la información termina redundando en algunos datos. Sinceramente, muchos de esos datos tampoco son nuevos. Es una tónica y modalidad que hay que asumir rápidamente. Misma tónica que, de nuevo, no tiene tanto que ver con la voluntad de los entrevistados como con las direcciones de cada conversación.
Por otro lado, La mayor protesta es el amor no responde a las búsquedas más elementales del periodismo clásico: los hallazgos. Sí se da que efectivamente se desprenden perspectivas nunca antes registradas en un proyecto así de acabado y, por supuesto, algunas anécdotas. Estas últimas, mayormente centradas en episodios como giras caóticas o el impredecible trabajo de la banda con Steve Albini en The Art(E) Of Romance. Nunca nada demasiado inédito, pero sí lo suficientemente cálido como para que la presentación de los datos emule la de un hallazgo inserto en una producción de periodismo narrativo. No deja de ser particularmente emotivo el pasaje en el que uno de los mánagers de la banda escucha a los músicos de Lagwagon reconociendo que tienen que “rockearla más” después de ver a Fun People en Brasil.
Sí, Fun People giró con Lagwagon en Brasil.
La edición de Santiago Ander viene acompañada de un amplio material gráfico. Es de reconocer que las imágenes suman. Ponen en retrospectiva la lógica extinta de las tocatas de la época, tanto por el tipo de datos presentados en los afiches, como por las esclarecedoras fotografías de las condiciones materiales.
En cualquier caso, la pasividad general del libro a veces lleva a atenuar la importancia de Fun People, por mucho que cada fuente insista en lo contrario. Argentina se enfrentó con un monstruo creativo y asimismo lo sigue haciendo cada banda latina al intentar tocar hardcore melódico. Pocos discos del género a nivel mundial dan con el pulso de un Anesthesia o Toda niño sensiblesabrá de que estamos hablando.

Fun People en retrospectiva
Antes de que el libro termine tempranamente de cerrar sus condiciones y reglas, los primeros capítulos ciertamente ofrecen un espasmo solo efectivo con un lector entusiasta y de capacidad de asombro intacta. Toda la emoción que el trote de La mayor protesta es el amor sacrifica en algunos pasajes, se vuelca hacia un gesto emocional hacia el final. Justo en la última entrevista.
Esta edición cierra con una entrevista a la cineasta chilena Susana Díaz. Una personalidad fundamental en la historia del punk chileno. Canonizada para siempre por la dirección de Supersordo. Historia y geografía de un ruido (2009) y Hardcore. La revolución inconclusa (2011), además de otra serie de destacables cortos documentales sobre música chilena. Hoy se desempeña en la premiada serie documental Bestiario Del Ruido.
La entrevista a Díaz es particularmente apocalíptica. No por nada es la última del libro. Lo que pudo haber sido el fin de Fun People y, por consecuencia, el de la escena argentina más adyacente al proyecto, inevitablemente se emparenta con cierto recambio en Chile. La historias del punk chileno, cuando se mira por fuera de las luces del selecto grupo de bandas que alcanzó a gozar de exposición mainstream y se rescata la inagotable serie de proyectos que realmente aportaron a determinar corpus discográfico nacional, es una historia dolorosamente fragmentada. Cada banda, un mundo. Hay algo de eso en los largometrajes de la cineasta. También en sus palabras para este libro. El fin de Fun People es también el fin de muchas otras cosas.
Más allá de cualquier crítica a los aspectos formales o estilísticos, no se puede negar el aporte de un libro de estas características. Incluso, más allá de la retórica en la que esté inserto, sigue siendo un buen libro sobre Fun People, que ya es bastante más que el esfuerzo por mantener viva a esta banda del que hacen tantos latinos autodenominados melómanos. E indiferentemente de cuánto se escuchen esos cinco discos, pasar a reportear es otra cosa. Díaz lo señala en algún pasaje de su entrevista: “Para que exista una escena, yo creo que también tiene que haber gente que escriba como periodistas”.
Este libro cumple.

