Es fácil dar por sentado el éxito de Indiana Jones en el cine. Casi como con la saga de Star Wars, otra producción de Lucasfilm, no se entienden los grandes blockbusters de acción, aventura o fantasía sin franquicias como estas . Pero por más que cada espectador puede tener una favorita personal, lo que es Indiana Jones personaje e Indiana Jones serie de películas no se entiende sin Los Cazadores del Arca Perdida, cuyos componentes podrían haber sido muy distintos (hay un universo alternativo en el que Tom Selleck se habría puesto el sombrero, la chaqueta y el látigo) y su impacto y legado quizá no habría sido tan masivo, pero es imposible mirar atrás: Spielberg (dirección), George Lucas (productor), Lawrence Kasdan (guionista), John Williams (compositor), Harrison Ford (estrella) y compañía estaban haciendo historia, aunque no lo supieran aún (quizá lo sospechaban, debido al megaéxito sorpresivo que supuso Star Wars (1977)), y las bases se encuentran en este clásico de principios de los 80.

Volver a ver esta película supone, además de revivir una aventura cinematográfica como pocas, reconocer rasgos distintivos que marcarían al cine venidero: que el protagonista nunca deje su sombrero volvería a ser referenciado un par de años más tarde en Witness (1985) de Peter Weir, curiosamente también con Harrison Ford encabezando el reparto; la ya mítica introducción de Indy recuerda mucho a la que se vería más de 20 años después en La Maldición del Perla Negra (2003), la primera película de Piratas del Caribe (saga que en general bebe mucho de la de Lucas/Spielberg), ya que ambas, permiten que, incluso casi sin diálogos, los espectadores se den cuenta de la inteligencia o astucia del protagonista y de su experiencia en sus respectivos terrenos (Indy como aventurero, Jack Sparrow como pirata). Pero es que hasta incluso en la misma saga se puede percibir la influencia de las semillas que esta primera entrega sembró: La montaña del logo de Paramount transformándose en una montaña real volvería a ser un elemento constante al inicio de las siguientes películas; y en general, la fórmula de esta primera cinta sería tan exitosa, que para Indiana Jones y la Última Cruzada (1989) se repetirían muchos de sus ingredientes, en parte por la recepción mixta del experimento que fue Indiana Jones y el Templo de la Perdición (1984).
De héroes y villanos
Si es que uno ve la película con ojos más cínicos, es fácil pensar en el protagonista como el “salvador caucásico” tradicional, o en la película como mero panfleto yanqui. Pero la verdad es más ingeniosa: Indy no es que sea un “héroe” porque sea netamente una buena persona, sino más bien porque el guion le pone de némesis a seres tan despreciables como los nazis, cuyos actos deplorables no pueden ser ignorados por nadie. Pero claro que, si los quitamos de en medio, él sí podría ser visto como una especie de conquistador.
Y es precisamente ese elemento lo que hace que la relación entre nuestro protagonista y el personaje de René Belloq termine siendo más interesante y menos arquetípica de lo que uno podría pensar al principio. No es tanto que uno sea el “bueno” y el otro el “malo”, ya que en realidad ambos son caras de la misma moneda. Belloq no es un villano de dibujo animado, con risa malvada y bigote caricaturesco. Es un hombre al que le mueven la ambición y la curiosidad tal como a Indy (y por momentos, el actor Paul Freeman sugiere también una humanidad inesperada), solo que el espectador lo ve como el malo de la función al haber formado una alianza con tremenda escoria de individuos. Pero en realidad, en circunstancias diferentes, ambos podrían haber sido amigos, o por lo menos aliados.
Amor como impulsor
Es notable también la química romántica o atracción entre Harrison Ford y Karen Allen (definitivamente mejor lograda que la que tuvo este con Kate Capsaw en la segunda cinta, o con Alison Doody en la tercera). Por más que Indy sea el protagonista indiscutido de la franquicia, no por nada se buscó recuperar a Allen para algunas de las películas posteriores (consiguiéndolo para la cuarta, y con un breve cameo en la quinta). Y es que el personaje de Marion Ravenwood también está bien construido: tanto Allen como el guion de Kasdan logran un buen equilibrio, otorgándole a este personaje femenino una personalidad aguerrida, pero que, gracias a su encanto e ingenio, no resulta demasiado irritante (más allá de sus constantes griteríos). En definitiva, es mucho más que el interés romántico del protagonista.

Y es que se podría incluso argumentar que Los Cazadores de Arca Perdida es también una historia romántica, ya que el amor o cariño que Indy siente por Marion mueve gran parte de sus acciones (ver el brillo en sus ojos al descubrirla secuestrada, cuando la creía muerta en una explosión, conmueve de verdad). De hecho, el debatido final de la cinta (considerado por no pocos como “anticlimático”, ya que se dice que, si Indy no hubiera intervenido, los nazis hubieran encontrado el Arca de la Alianza igualmente y se hubieran derretido igualmente), cobra más sentido si se pone en perspectiva que Marion podría haber muerto con los demás si no cerrara los ojos tal como le indica el protagonista. De manera que, quizá la intervención de Indy sí pudo haber sido prescindible para que los nazis sucumbieran al poder, pero no lo es para proteger a la mujer que ama. A veces es una acción pequeña la que te convierte en figura heroica.
En resumen, Los Cazadores de Arca Perdida se siguen manteniendo vigentes por la suma perfecta de granitos de arena que cada involucrado le aportó y por un entretenimiento que no pasa de moda. Incluso si el destino final no convence a todos, lo comido y bailado durante el viaje no se lo quita nadie al espectador.
