En un contexto de discusión musical nacional envenenado por la soltura, el uso de terminologías como pop de guitarras (donde entraría Silabario, si es por validar el término, aún con todos sus problemas basales) o nueva escena chilena parece tan azaroso como inútil. Incluso, por qué no, un poco molesto (más bien bastante). Lo más triste es que el esfuerzo por interpretar conclusiones de los patrones en cada uno de estos movimientos ha sido prácticamente nulo. Más bien, lo contrario. Existe un molesto orgullo que reniega de la diplomacia, salvo las contadas excepciones de quienes cuentan con el salvoconducto de la gente más joven. Pero la retórica general básicamente sigue siendo: nosotros acá, ustedes allá.
Allá, no exactamente en el pasado, pues sería imposible. Más bien allá, donde el espacio y el tiempo se distorsionan lo suficiente como para generar una suerte de parábola que nos permite ver -con o sin nostalgia- una manera de entender el mundo algo extinta hoy. Es de un valor considerable el hecho de que la música popular haya sacado la cara por el sentir de una generación de chilenos como no necesariamente fue capaz ni la literatura de la época (excepcionando a las más lúcidas, como Arelis Uribe o Amanda Teillery), ni mucho menos el cine. Algunos lo llaman, sin eximirse de cierto cinismo, tan solo mera expresión del sentirse y saberse millenial. Hay una opción menos frívola: entender las conductas colectivas como respuesta inevitable a sus circunstancias. Eso no es distinto a lo que pasa hoy con todas las bandas a las que los más jóvenes tanto celebran, ignorando olímpicamente a las que vinieron antes y siguen dando la cara. Nadie corre por fuera del paso del tiempo.
Y qué puede ser más sabio, en pleno 2026, que saber hacerse cargo de todas las implicancias del tiempo como concepto.
Tiempo
El nuevo disco de Silabario, Pienso en ti como un lugar (2026), reivindica y actualiza un sentir propio de la etapa temprana de la banda. Aunque, por supuesto, conscientes del paso del tiempo y cierto sentido apocalíptico que cruza cada tópico al que la banda se refiere (a veces, tan explícitamente como solo una canción en tan plena autoconciencia puede demandar). Nunca a partir de esta nostalgia tan molesta e injustificada con la que pregona gente como Simon Reynolds, sino más bien desde la misma -o próxima- actitud de frente en alto con la que se han publicado Después de las palabras (2020, Herbario) o San (2024, El Cómodo Silencio de Los Que Hablan Poco). Al menos, espiritualmente. Existe un sentir apocalíptico inherente e inevitable en cada generación. Se puede tomar de distintas maneras. Silabario lo hace con una madurez bastante envidiable. Incluso el título del álbum sugiere una distancia entre lo obvio y la verdadera filosofía de la banda. Sugerir Pienso en ti como una era es tan limitado como valiente es un lugar, de naturaleza atemporal.
Entre el chiste del fin del mundo al final de la primera temporada de 31 Minutos y la novela El fondo del cielo (2009, Rodrigo Fresán), asume una posición intermedia en la que todos los apocalipsis del mañana son una oportunidad para mirar al futuro consciente del peso del pasado. Una actitud que hoy parece imposible de asumir en el marco de la urgencia por atender solo y exclusivamente el presente.
Por otra parte, ha de especificarse que el logro de Silabario responde a una naturaleza culminante de toda su historia. Cada paso, cada acto de prudencia y cada gesto en plena consciencia del nivel de música chilena constantemente ascendente, vertido sobre Pienso en ti como un lugar. En cualquier caso, hacerse cargo de la obra de Silabario no es fácil. Ese proyecto doble a lo Kill Bill que es Lo malo va a pasar (2018) sigue representando una maniobra inédita para la manera en que se publica música en Chile. Parece descabellado hoy, pero en ese entonces era prácticamente inadmisible en términos logísticos. Sin ir más lejos, por algo fue el fenómeno que fue.
Eso, cuando se limita a la banda a sus aspectos formales. Desde esa perspectiva, sería tan fácil como injusto descartar todas las virtudes distintivas de Pienso en ti como un lugar. Los aspectos más destacables se manifiestan de maneras oportunamente distintas a las de los trabajos previos de Silabario. Sean estas el buen gusto en las composiciones o la elevada inteligencia espiritual con la que la banda piensa su presente, los treinta y siete minutos del disco nunca podrían declararse escuetos o insuficientes, aún cuando la historia de la banda pueda sugerir lo contrario. No importa, la contra argumentación aparece poniéndole play al álbum. Se trata de un disco a presión. No solo aprieta sus ideas hasta el destilado esencial, sino también su energía y estirpe sonora inherentemente física. Los excesos de su sonido escapan inquietos por los poros de su producción.

Espacio
Siempre es pertinente detenerse a discutir Silabario desde la dimensión exclusiva de su sonido, incluso cuando aparente dejar fuera ciertas sensibilidades más bien artísticas o expresivas. Sin embargo, es tan injusto como puede parecer. El ruido inherente a la naturaleza de la banda nunca se ha tratado con más elegancia y prudencia que en Pienso en ti como un lugar (sí, contando las cuidadas presentaciones en vivo). Un verdadero stereolab. Así se expresa en la elección de tonos, pedales, matices en la mezcla, entre tantos otros detalles imperceptibles a las primeras escuchas. Un caos controlado que, más que responder a algo así como una sobreproducción, atiende a la filosofía más íntegra con la que se suelen concebir los registros de música popular. Esa misma donde el estudio es otro instrumento más y la identidad sonora del producto lo asume como tal.
Silabario tensa y construye sus canciones como difícilmente se ve hoy. El álbum abre con un corte en clave in crescendo que se desahoga en una serie de llevaderos matices. Es una narrativa interna que no termina hasta que el disco se cierra. Hay mucha atención y efectivo control al pulso con el que se expresa cada grado de energía. Y son bastantes, desde lugares y recursos distintos. Una banda compenetrada como pocas. Cada instrumento, un mundo, así como también la unión de estos y, aún más importante, el diseño sonoro con el que se aterrizan las ideas.
No es descabellado pensar en Silabario como un producto que opera en oposición a ciertos patrones. No por asumir posiciones diametralmente distintas, sino por saber edificar a partir de estos. Es la sabiduría que da la edad. A Pienso en ti como un lugar lo rodea una energía sabia y autoconsciente. Colorido y ruidoso en los pasajes de shoegaze o atisbos de noise rock. Recuerda a la etapa más oscura de Slowdive, pero con la energía de una banda que se asume como tal. Como banda. Con ambiciones maximalistas y la certeza de que su sonido se tomará la integridad del oído al que se aproxime. Pienso en ti como un lugar, como la cordillera gritando desde su majestuosa serenidad.

