Por Franco Ascui Fuenzalida
Tras años alejados de los escenarios, Papanegro, una de las fuerzas fundamentales de la escena underground chilena de fines de los noventa, está de vuelta con su formación original. La banda se prepara para un hito mayor este 30 de mayo en el Teatro La Cúpula, un reencuentro que no nace de la nostalgia comercial, sino de la madurez y de las ganas de meter ruido entre amigos.
En esta entrevista para Expectador, Carlos y Guayi nos cuentan sobre sus tránsitos personales, música, filosofía y las sensaciones de volver a los escenarios como Papanegro.
Después de tantos años explorando el funk, el soul y el rock, ¿ha cambiado su definición de lo que es el groove? ¿Lo ven como una estructura técnica rigurosa o como un estado espiritual que simplemente sucede cuando se conectan en escena?
Carlos: Al menos en el grupo no es algo que estemos racionalizando mucho. Es más bien una vibra. Mucha de la música que escuchamos de diversos géneros tiene groove de alguna forma; no nos gusta encerrarlo en un estilo o en una época en particular. Ha sido súper interesante ver cómo el pop actual ha rescatado esa pulsación en distintos mundos, desde el folk alternativo hasta la electrónica. En nuestro caso, el groove es el resultado de tocar mucho. Encontramos nuestro propio latido tras miles de horas de ensayo en el barrio Brasil hace 26 o 27 años. Eran días completos tocando. Llegamos a un ritmo que nos unía a todos de forma natural.
Guayi: Es genial reflexionar sobre esto. Siempre se nos vinculó con etiquetas como «funk» o » rock», pero al final es simplemente música. Específicamente, lo que nosotros denominamos música negra norteamericana. Si escuchas bandas o artistas que te mueven, aunque sean blancos, sabes que van hacia atrás buscando esa raíz que llamamos groove. Tiene que ver con la funcionalidad de la música. En la tradición europea medieval, la música eran danzas estructuradas que medían qué tan educado eras; en cambio, la música negra —que luego explotó masivamente con figuras como Elvis— apela a que tu cuerpo no se pueda controlar.
Ese es el groove y eso es lo que nos une en nuestro núcleo más profundo: armar una estructura donde, encima, aparezca esa «cosita», esa sensación compleja y bacán. Hoy, a través del hip-hop, la música negra se involucró en todo, y para nosotros son buenas noticias. Cuando esa conexión se siente, se nota.
¿Qué verdades sobre la sociedad chilena, o sobre ustedes mismos, han descubierto que solo pueden ser expresadas a través del ritmo y el baile?
Carlos: Más allá del baile en sí, cuando decidimos volver a tocar descubrimos que existe una necesidad profunda de refugiarse y de reencontrarse en una época que afuera está muy turbulenta. Vemos esa necesidad de reencuentro no como un ejercicio de nostalgia, sino como la búsqueda de un lugar seguro para poder expresarse a través de la música, el salto, el grito o lo que sea. Un profesor de innovación me decía una vez que el ser humano a veces necesita «un útero», un espacio de resguardo. Eso es lo que tratamos de llevar al escenario hoy: entregar un lugar seguro para desenvolverse.
Guayi: Si es por hablar de la sociedad chilena, me pongo un poco más denso. Yo viví en Estados Unidos y cuando llegué a Chile sufrí un shock cultural tremendo. Para mí lo más importante era bailar, y aquí encontré una aridez absoluta. Siento que por un tema de estructura social, en Chile no se baila tanto. Recién ahora se está rompiendo el prejuicio de que el hombre que baila tiene ciertos cuestionamientos sobre su masculinidad; eso es súper reciente en nuestra historia. Yo soy bailarín, en la escuela allá estaba rodeado de gente en la misma sintonía, y al llegar acá noté el contraste. Los pueblos negros tienen esta coordinación de movimiento que los transforma en un solo ser, en una unidad. Sería bacán que por nuestro lado podamos esparcir esa energía y que la gente simplemente se mueva.
«Descubrimos que existe una necesidad profunda de refugiarse y de reencontrarse en una época que afuera está muy turbulenta (…) Eso es lo que tratamos de llevar al escenario hoy: entregar un lugar seguro para desenvolverse». — Carlos.
Guayi, en algunas ocasiones has mencionado al filósofo coreano Byung-Chul Han para analizar cómo funciona la sociedad actual. ¿Cómo ha sido ese viaje introspectivo y de qué manera la música de Papanegro funciona como una resistencia al cansancio moderno?
Guayi: Ha sido todo un viaje y ahora me doy cuenta de que a esto me he dedicado toda la vida: a buscarle un sentido a la existencia. Últimamente he llegado a mayores claridades conceptuales sobre por qué hacemos lo que hacemos. Si me lanzas a Byung-Chul Han… bueno, en algún momento, metiéndome mucho en la música negra y su historia, empecé a estudiar la esclavitud. Todo se volvió un poco oscuro cuando me di cuenta de que hoy en día seguimos siendo esclavos, solo que de una forma extremadamente sofisticada a través de la autoexplotación. Un amigo me recomendó leer a Han y me voló la cabeza, porque puso en palabras todas mis sensaciones sobre cómo funciona el mundo actual.
¿Y cómo se sobrevive a ese diagnóstico?
Guayi: Ahí viene el sentido de la vida. Básicamente, los seres humanos somos holobiontes: seres vivos compuestos de muchos otros seres vivos. Ese nivel de complejidad nos hace únicos e irrepetibles en todo el espacio-tiempo del universo. Por ende, eres la única persona responsable de lograr que esa individualidad se exprese y aporte información nueva al universo. En algunas culturas, el que no lo hace es considerado un «aborto», una vida no vivida. El problema es que estamos metidos dentro de una burbuja de pensamiento occidental que, a través de la comunicación y el formateo cultural, nos hace creer que la producción constante es la única forma de existir.
Para mí, la música es comunicar el empoderamiento individual, porque el verdadero objetivo de la vida es el placer y el amor. El placer se siente cuando aportas a un otro; ver a tu familia sentir placer a través de lo que tú les das es la retribución más grande. Por eso me cuestioné en su momento: ¿para qué querer ser famoso? Solo para tener una vitrina donde hablar de estas cosas. La «burbuja chilena» es como Alcatraz, es una cárcel geográfica y mental donde hay poco intercambio, por lo que es súper sano generar nuevas burbujas de pensamiento y descompresión a través del arte.
Pasando a la identidad sonora de esta nueva era, y enfocándonos en el color de la banda, Carlos: ¿Qué elementos de tu configuración actual definen el timbre de Papanegro hoy en día?
Carlos: Mira, yo estudié Ingeniería Eléctrica y, sobre todo en los últimos años de universidad, traduje todo lo que iba aprendiendo sobre el fenómeno sonoro y el procesamiento de señales eléctricas directamente a los teclados de Papanegro. En una época estuve muy obsesionado con el vocoder; programé uno de forma muy arcaica cuando los procesadores no eran rápidos. Luego, en pandemia, me metí de lleno en el mundo de los racks y los sintetizadores modulares.
Hoy, después de darme esa vuelta larga de tener configuraciones muy complejas que me quitaban atención a la hora de tocar, busqué un set que suene increíble pero que me deje concentrarme en la interpretación. Mi centro actual es un Yamaha Montage M, desde el cual comando y cambio los sonidos de los otros teclados al pasar de canción. También estoy usando un Prophet 6, que es de mis sintetizadores análogos favoritos de siempre, y sumaré para el show en La Cúpula un Moog Sub 37, especialmente para los leads. El piano eléctrico lo resuelvo con un Nord Stage 3, porque te da texturas de Rhodes instantáneas. La idea a futuro es incorporar sistemas eurorack más pequeños para rutear señales en vivo —como tomar una copia de la voz del Guayi— y procesarla con filtros y LFOs de fondo, manteniendo siempre un elemento aleatorio y experimental en el show.
Guayi: Carlos es un gran pianista, pero también un ingeniero electrónico y un nerd de ambas cosas, lo cual lo convierte en un tecladista fuera de serie. En Papanegro siempre se trató de la música. Más allá de pasarlo bien, hay un cultivo y un conocimiento amplio detrás de lo que cada uno conecta.
Se fueron de los escenarios de forma imprevista y ahora regresan con los miembros originales, recibiendo un apoyo tremendo de sus colegas y de los locales que empujan la causa de Papanegro. ¿Cómo se preparan para la fecha que viene?
Carlos: Ha sido hermoso. Durante todo el tiempo que no tocamos, los «papanatas» (nuestro público) nos mantuvieron vivos. Volvimos de esta manera porque había un interés real de la gente. Creativamente estamos en un gran momento individual: Guayi está tocando este sábado en RBX con su proyecto solista producido por Oddo, compartiendo escena con AMi. Yo por mi parte dirijo el sello Casa Robot, trabajando con nuevas formas de producción y artistas jóvenes. Todo ese bagaje nos permite estar en la mejor posición posible para juntarnos a tocar ahora.
Guayi: Lo raro para mí es que este regreso se ha sentido muy normal. La gente está muy contenta, fue como si nos hubieran puesto en pausa. Como nos veían dando vueltas en la industria muy relajados, nunca hubo una ansiedad de nuestra parte por forzar las cosas. Volver así representa un regreso a la libertad. Ahora, a través de las redes, vemos reflejado que lo que aportamos en su momento fue valioso, más allá de haber tenido un «mega ultra hit». Me encanta ver que los cabros más jóvenes ahora nos descubren en Spotify no por la radio, sino porque entran a escuchar los discos uno a uno, como canciones con valor propio.
Carlos: Vamos a estar tocando en el Teatro La Cúpula este próximo 30 de mayo. A partir de la próxima semana empezaremos a anunciar a los invitados especiales que nos acompañarán, grandes amigos con los que nos hemos ido encontrando en la vida. Estará imperdible, así que los dejamos a todos invitados a encontrarse en ese lugar seguro.
