Por Antonia Hernández
Después de años de espera –y tras una visita acotada a Latinoamérica en 2001 que solo lo llevó a un Buenos Aires en crisis– Dean Wareham debuta finalmente en escenarios chilenos este próximo 14 de mayo. El líder de bandas fundamentales del indie y el dream pop de finales de los 80 y los 90, llega en un formato de trío íntimo que promete desnudar la esencia de su catálogo y tomarse el escenario del Centro Arte Alameda.
Desde sus primeros pasos con Galaxie 500, pasando por Luna y decantando en su más reciente trabajo solista –producido por su antiguo colaborador Kramer–, en conversación con Expectador, Wareham reflexionó sobre la mutación de su sonido, su metódico trabajo en bandas sonoras para cineastas como Noah Baumbach, el potencial sensible de la música y la dinámica de girar por el mundo junto a su esposa, Britta Phillips.
Este es tu primer concierto en Chile, después de tantos años, ¿cómo se siente encontrarse con un público que los ha esperado durante décadas?
Estoy muy emocionado, incluso solo por visitar Santiago. Estos shows siempre son divertidos, porque no sé, parece que hago más de ellos últimamente, donde vamos a lugares en los que nunca hemos estado antes.
Tocamos en Ciudad de México hace un par de años, y fue fantástico. Tenemos muchos fans en México, y la gente siempre dice, oh, tienen muchos fans aquí, y uno piensa, ¿en serio? Pero luego llegas y descubres que la gente ha estado esperando mucho tiempo para escucharte tocar y verte en persona, y es emocionante. Es emocionante para todos.
Sí, creo que también, cuando los artistas vienen por primera vez en mucho tiempo, hay como un cruce generacional. Fans antiguos y nuevos viviendo la experiencia por primera vez.
Claro.
¿Tenías idea de que existía ese público en Chile y en Latinoamérica?
No lo sé realmente. Supongo que podría meterme a Spotify, revisar los números y ver dónde tenemos fans. Siempre, ya sabes, conozco gente que me dice “realmente deberías ir a Chile, tienes público allá«. Pero bueno, ya veremos cuando lleguemos allá.
Primero pasan por Argentina y luego Chile. ¿Qué expectativas tienes?
Ojalá haya buen público en todos lados, y que sea entretenido. La última vez que tocamos con Luna en Buenos Aires, en septiembre de 2001. Era una noche de domingo lluviosa, la moneda acababa de colapsar un par de semanas antes, no vi nada excepto locales cerrados con tablas y el interior de un club, y tuve una buena comida. Así que esta vez quiero asegurarme de tener tiempo para recorrer todos los lugares a los que vayamos.
Todavía estoy orgulloso de esos primeros discos (de Galaxie 500).
Ahora vienen con un formato distinto, más íntimo: un trío junto a Vida y Roger. Y el setlist mezcla canciones antiguas con material más reciente. ¿Cómo ha sido volver a esas canciones después de tantos años?
Ha sido muy emocionante. Durante mucho tiempo no tocaba ninguna canción de Galaxie 500. Y luego, hace unos 10 años, me invitaron a hacerlo y empecé a tocarlas, fue divertido.
Es entretenido porque es divertido para mí cantarlas mientras todavía puedo. Porque tengo que hacerlo distinto: más alto, más fuerte. Durante años me dijeron que era un cantante suave, pero si escuchas esos temas, no es así. Pero es emocionante, y todavía estoy orgulloso de esos primeros discos.
Algunas personas dicen que las primeras cosas que hace un artista son las mejores y todo lo demás va en descenso, lo cual no creo que sea cierto. Pero es cierto para algunas personas. Pero creo que si haces tantos discos como yo, subes y bajas, quizás.
¿Sientes esas canciones como piezas del pasado, casi “artefactos”, o cambian de sentido cuando las tocas hoy?
Bueno, supongo que lo que cambia es que a veces has escrito una canción –por ejemplo, una canción de amor sobre alguien– y eso ya pasó, pero la canción sigue viviendo. Hace poco toqué Into the Fold de Luna después de harto tiempo, y me hizo pensar en dónde estaba en la vida cuando escribí esa canción y sobre quién la escribí.
Entonces puede ser un momento un poco emocionante. La música es la forma de arte más rápida hacia nuestras emociones, para gatillarlas. Quiero decir, la gente no suele llorar frente a una pintura, requiere una persona especial, pero la música regularmente nos hace llorar.
Especialmente la música en vivo.
Claro, entonces todavía nos pasa eso en el escenario. Pero es diferente si lo haces todas las noches durante un mes seguido, usualmente sacas las emociones en las primeras presentaciones.
En términos de sonido, Galaxie 500 tiene una estética dream pop, muy expansiva. ¿Cómo se traduce eso al formato de trío?
Sucede con Galaxie 500 es que a veces lo hacemos como trío y otras como cuarteto, y voy cambiando de opinión sobre cuál me gusta más. Es más fácil con un cuarteto, suena un poco más lleno, pero tiempo atrás cuando girábamos con Galaxie 500, siempre éramos un trío. Es un poco más extraño cuando son solo tres personas, es un poco más zen de cierta forma, así que me gusta que cuando somos solo tres, son cuatro instrumentos –batería, bajo, guitarra y voz– y puedes lograr que la voz suene mucho más clara y fuerte.
Creo que ese es el instrumento principal, lo más importante es lo vocal, así que es bonito poder escucharlo muy bien, porque además puedes cantar mejor.
Además de Luna y Galaxie 500, el show también incluye material solista. Hace poco lanzaste That’s the Price of Loving Me . ¿Cómo fue volver a trabajar con Kramer después de más de tres décadas?
Sí, pasaron 34 años entre hacer el último disco de Galaxie 500 y hacer este. Probablemente sea un récord mundial por el mayor tiempo entre trabajar con alguien (ríe). En cierto sentido fue similar. Obviamente ahora sé más, era muy joven, tenía como 24 años, y nunca había estado en un estudio de grabación, entonces era natural que Kramer dijera “haz esto, haz esto otro”. y en realidad sigue siendo igual, él trabaja muy rápido, si cometes un error, él pregunta: “¿ese error es interesante?”. Porque a veces un pequeño defecto… le gusta dejarlo.
Fue genial. Es un músico y productor bastante genio cuando quiere serlo, cuando está entusiasmado y se involucra. Grabamos en Los Ángeles, él vino y se quedó en nuestra casa, y fueron unos diez u ocho días muy intensos en el estudio. Luego se fue a casa a mezclar. Entremedio fuimos a ver a Kraftwerk, fuimos al cine, al final estoy feliz con el resultado, sus mezclas son geniales.
La tecnología ha cambiado tanto que incluso si uno mezcla en su casa en un computador, hay muchas más herramientas disponibles para un ingeniero de sonido que antes, en comparación por ejemplo a cuando Kramer tenía su estudio –Noise New York– con una máquina de 16 pistas y una sola unidad de reverb.
Eso también puede ser abrumador, ¿no? Tener tantas opciones.
Sí, es abrumador. Y no soy muy bueno con eso. Cuando grabamos en casa con Britta, ella mezcla, es mucho mejor ingeniera, tiene más paciencia para estudiar y aprender eso.
Creo que vale la pena encontrar gente que sí tenga esa paciencia, contratar ingenieros que sepan lo que hacen. Me di cuenta de que no es algo en lo que quiera invertir mi tiempo, hay un límite en lo que uno puede hacer bien.
Claro, hay que saber elegir las batallas.
Exacto. Yo ya tengo que tocar guitarra, cantar, escribir letras. Eso es suficiente.
Entre todo eso, sé que has trabajado componiendo bandas sonoras para el cine, por ejemplo con Noah Baumbach, ¿qué cambia ahí como artista?
Es distinto porque no se trata solo de la música, no se trata de ti. Estás al servicio de la película. Hay un documental de Philip Glass donde él le muestra música a Woody Allen, y Allen dice “sí, es bonita, pero veamos cómo funciona en la película”. Ahí está la clave.
Con Noah Baumbach, él no es músico, pero es muy particular. Cuando hicimos The Squid and the Whale y Mistress America, él estaba ahí todo el tiempo. En Mistress America ni siquiera nos dio el guión, solo escenas. Entonces teníamos estos pequeños clips en el computador y él se sentaba ahí con nosotros, y sentía que casi cada segundo era examinado por él. Es muy detallista. Ser director de cine, supongo, es tomar miles de decisiones.
Por último, en lo personal, llevas más de dos décadas trabajando con Britta, y ahora están de gira juntos otra vez. ¿Es un plus poder viajar con tu esposa?
Es definitivamente un plus. No es perfecto, obviamente, porque las giras cansan y uno puede volverse irritable, especialmente yo (ríe). Viajar, ir a los aeropuertos, arrendar un auto, las pruebas de sonido, es como ir a la guerra un poco.
Pero es entretenido, siento que mi vida es mejor teniendo a Britta en el camino conmigo.
