Escrito por Rocío Villalón
Fotos por Aarón Castro
Ayer el Teatro Coliseo fue testigo de una descarga eléctrica que difícilmente olvidaremos. La atmósfera estaba llena de emoción, cargada de esa vibra particular que rodea a Black Label Society, una banda que, más allá de ser parte de la esencia dura, se ha consolidado como un estandarte de la integridad en el rock y el heavy metal moderno.

Cuando las luces bajaron y al caer una gran tela que tenía el nombre de la banda, los primeros acordes de «Funeral Bell» se sintieron en el lugar, quedó claro que Zakk Wylde daría un show memorable.
Lo que Black Label Society significa para el género es fundamental, ellos han apostado por la convicción. Su sonido, es encuentro del heavy metal de baja afinación y el rock duro y puro los han seguido a lo largo de todos estos años y es lo que sus fans más recalcan.
El setlist fue una montaña rusa que golpeaba en lo más profundo del pecho. «Name in Blood» y «Destroy & Conquer» abrieron el fuego con una precisión quirúrgica. El ritmo pesado de las canciones obligó a que todo el Teatro Coliseo se moviera al unísono y junto al calor infernal.

Por otro lado, la conexión con Black Sabbath es fundamental con la esencia de esta banda, cada golpe en temas como «Suicide Messiah» o «Stillborn» se siente como un eco de la pesadez que Sabbath instauró hace décadas, pero filtrado a través de una una visión propia. Es esa misma herencia la que lo une a Ozzy Osbourne, un lazo que sigue hasta el día de hoy al hacerle homenajes en el escenario, recordando siempre a uno de los más grandes de la historia del género.
El momento cumbre de la noche, y quizás el más emotivo, fue cuando la banda se lanzó a interpretar «No More Tears», no fue solo un cover; fue un tributo necesario. La forma en que la banda integró este clásico de Ozzy en su setlist, mezclándolo con «Heart of Darkness».

Asimismo, el concierto también tuvo sus momentos de intimidad, cuando la banda atacó «A Love Unreal» y, posteriormente, «In This River», el ambiente cambió de un momento a otro. Fue un respiro necesario donde la melancolía de las voces de Zakk se entrelazó con las texturas de su guitarra, logrando un equilibrio perfecto entre la potencia y la vulnerabilidad.
Al sonar los últimos acordes de «Stillborn», la atmósfera en el Teatro Coliseo se transformó en una euforia colectiva, donde el público comenzó a recoger sus chaquetas negras cubiertas de parches que, más que simples adornos, funcionan como un diario.

Los asistentes se las ponían con una sonrisa, conscientes de que asistir a este show es, en esencia, volver a vivir lo que el rock significó en sus épocas más gloriosas; una mística que gracias a Black Label Society se mantiene vigente, actuando como un puente que impide que ese sentimiento que alguna vez nos definió quede atrás.
