Cine

Cuerpo celeste: cuando la infancia entra en penumbra

Escrito por Bárbara Conejero

En 1990, Chile estaba viviendo una transición de la dictadura a la democracia. En medio del desierto de Atacama, Celeste también estaba viviendo su propia transformación: tener 15 años y estar perdida.

Allí donde la arena es brillante, el sol quema y el mar parece ofrecer un oasis de libertad, Celeste, junto con su familia y amigos, celebra Año Nuevo: símbolo de la esperanza de una nueva era. Pero ese escenario idílico se ve rápidamente truncado por un trágico acontecimiento que obliga a Celeste a enfrentarse a otra realidad y que sume a su madre en una profunda crisis.

Casi un año después, atraída por la expectativa de un eclipse solar, Celeste regresa al mismo pueblo costero, solo para descubrir que todo y todos han cambiado.

Con un ritmo pausado, Nayra Ilic dirige de manera sensible una cinta que cruza memoria histórica con experiencia adolescente. Una historia que no posiciona a la dictadura como eje narrativo, sino más bien como elemento atmosférico que da cuenta de una transformación multidimensional. Estilo que permite al espectador intuir el contexto político de forma orgánica.

Un coming of age que retrata la adolescencia desde sus silencios y contradicciones, guiada por una valiente y vulnerable protagonista. Al comienzo del film observamos a una Celeste juguetona, capaz de comerse el mundo y con un lazo inquebrantable con su familia. En el resto de la película, otra persona parece habitar ese cuerpo. Sin duda, una más retraída y desesperanzada que se cuestiona sus relaciones y motivaciones. Un retrato fiel a la adolescencia sin reduccionismos y sumamente honesto que se presenta como el punto más fuerte de la película.

Cuerpo celeste brilla en mostrar lo complejo que es ser adolescente. Lo que significa descubrir el amor, dejar de idealizar a los padres y desconocerse a uno mismo. Todo eso lo experimenta Celeste, interpretada por Hegel Mrugalski, quien atraviesa momentos de soledad e ira. Un torbellino de emociones que Mrugalski es capaz de encarnar de manera muy genuina. Hay algo en ella que transmite una vulnerabilidad constante, sin necesidad de sobreactuar. Es en esas miradas, susurros y silencios cuando el papel de Celeste toma más fuerza.

También vemos en el vínculo madre-hija un quiebre muy propio de la adolescencia, que, atravesado por un episodio familiar, se ve aún más perpetuado. Interpretada por Daniela Ramírez, la madre de Celeste encarna la impotencia de una figura que, aun queriendo proteger, descubre que las formas que conoce ya no son suficientes frente a una hija que busca descubrirse a sí misma.

Es en este escenario que el eclipse surge como metáfora de un encuentro entre dos mundos opuestos que inevitablemente se cruzarán: la infancia que se desvanece y la adultez que comienza a interponerse. Lo que se traduce en incertidumbre, pero también renovación.

Hay en los objetos también una suerte de simbolismo. A lo largo de la cinta vemos cómo Celeste va recolectando distintos objetos que con el paso del tiempo van adquiriendo distintos significados, una metáfora directa de la propia memoria que intentamos constantemente construir por un miedo a olvidar.

Cuerpo celeste es una cinta que busca representar la juventud sin caer en lugares comunes. Refleja la búsqueda por un nuevo camino en un mundo inestable. Un retrato atemporal de la adolescencia para madres, padres y jóvenes, que invita a la reflexión e introspección.

 

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