Escrito por Trinidad Paredes
Fotos por Aarón Castro
El Movistar Arena recibió este 21 de abril a Roxette, una banda que no solo definió el sonido del pop rock de los años 80 y 90, sino que también logró instalarse en la memoria emocional de varias generaciones.
La expectación era evidente: se presentó un público transversal, cargado de nostalgia, que esperaba reencontrarse con canciones que han sobrevivido décadas.

A las 21:15 horas, y tras algunos minutos de impaciencia que se tradujeron en pifias aisladas, el grupo apareció disipando rápidamente la tensión. El arranque fue con “Big Love”, una elección que funcionó como golpe de energía inmediato y que permitió a la banda conectar con las personas.
La fuerza rockera se hizo notar con “Sleeping in My Car”, donde las guitarras tomaron protagonismo y marcaron uno de los primeros puntos altos de la noche. En ese contexto, Lena Philipsson, quien hoy asume el rol vocal en reemplazo de la inolvidable Marie Fredriksson, desplegó una presencia escénica sólida y segura. Se movió con naturalidad, dominando el escenario y sosteniendo alto canciones que forman parte de un repertorio altamente exigente.

Sin embargo, la sombra de Fredriksson, fallecida en 2019, es inevitable. Más que una comparación directa, lo que se percibió fue una diferencia en la carga emocional: ciertos matices, esa mezcla de fragilidad y potencia que caracterizaba la voz original de Roxette, no siempre lograron replicarse. Aun así, la interpretación de Philipsson se sostuvo con respeto y profesionalismo, evitando caer en la imitación y apostando por una identidad propia.
Pese a esos contrastes, el show mantuvo a la audiencia comprometida. Si bien el recinto no estuvo completamente lleno, la cancha y los espacios más cercanos al escenario concentraron a un público lo suficientemente entusiasta como para sostener la energía del concierto.

Había ganas, y eso se sintió. Per Gessle, líder y alma compositiva de la banda, se encargó de guiar la experiencia con cercanía y humor. Constantemente invitó al público a cantar, incluso en momentos donde las letras parecían difuminarse entre la emoción y el paso del tiempo. “No importa si no se la saben”, dijo y esto pasó a ser el espíritu de la noche, donde lo esencial era participar.
Uno de los momentos más celebrados llegó cuando el guitarrista deslizó una melodía reconocible para el público chileno: un guiño a “La voz de los 80” de Los Prisioneros, que desató aplausos inmediatos y una conexión espontánea con la audiencia local. Fue un gesto breve, pero efectivo, que reafirmó el diálogo entre ambas partes.

El repertorio avanzó con clásicos que no podían faltar. “The Look”, “It Must Have Been Love” y “Listen to Your Heart” fueron coreadas con fuerza, confirmando que, más allá de los años, esas canciones siguen intactas y corriendo en el subconsciente de los que las conocen.
Tras una hora y media de show, la banda abandonó el escenario y las luces se apagaron, dejando una sensación de incertidumbre. ¿Era ese el final? El silencio duró poco: los aplausos crecieron hasta transformarse en una ovación que exigía el regreso. Y Roxette respondió regresando a stage para interpretar “Spending My Time”.

No fue un concierto perfecto, pero sí uno honesto. Un reencuentro con un legado musical que, aunque inevitablemente transformado, sigue encontrando eco en quienes alguna vez, y todavía, cantan sus canciones.
