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Michael, de Antoine Fuqua: Tan solo un par de luces

En el contexto de los grandes estrenos de las últimas décadas, son pocos los casos en los que realmente se puede atender a la denominada Teoría del Autor a la hora de abordar un filme de masas. Se puede. De hecho, muchas veces se comete la injusticia de omitir el factor autoral en quienes están detrás de los estrenos comerciales. Sin embargo, difícilmente se pueda tomar esta deferencia con Michael, o para estos efectos, con Antonie Fuqua. Michael es una película concebida por y para la marca Michael Jackson. Es lo primero que hay que asumir.

No se trata de señalar que Michael tan solo no responde a la línea autoral de Fuqua. De hecho, él no es responsable de una carrera demasiado creativa y, para estos efectos, viene a ser un director intercambiable. Lo realmente complicado de Michael es que no responde a ninguna línea autoral de ningún tipo.

Filmar a Michael Jackson

Michael es un filme que abraza la superficialidad de Michael Jackson, pero está lejos de él como persona o como músico. E incluso, para efectos cinematográficos, tampoco le hace demasiada justicia al ícono. Aún cuando este aspecto puede ser el más -o el único- explotado por Fuqua, el lenguaje cinematográfico de la película es lo suficientemente superficial como para lograr esquivar la oportunidad de entrar en profundidad y con herramientas a la inmensa complejidad de su obra. Michael Jackson sigue siendo uno de los grandes entertainers de la historia de la cultura popular, y para ser Michael una película que se asume como entretenimiento tan puro, no logra cumplir con una representación muy acabada sobre sus propios temas de interés.

A esto último hay que sumar toda la tradición cinematográfica que rodeó a Michael Jackson en vida. Los registros audiovisuales de son clásicos universales. Desde el corto para ‘Thriller’, dirigido por John Landis (obra maestra), o el filme Moonwalk, hasta todos esos videoclips por los que pasaron directores de la talla de David Fincher o Martin Scorsese. Sin contar su participación en experimentos como la interpretación del Mago de Oz de Sidney Lumet, o lo que fue una de las primeras experiencias en 3D, Captain EO, por Francis Ford Coppola.

Incluso se puede sumar la mera plasticidad de Michael Jackson como personaje. No se trata de cosificar, sino de asumir su personificación como un ícono. Y lo es. El guante, el pelo, el sombrero, los zapatos y, sobre todo, las coreografías. Todos esos conciertos de Michael Jackson filmados sin demasiado esfuerzo siguen siendo la gran forma en la que la cultura popular ha llegado a su obra. Hay un factor gráfico que no se puede desligar. Y esta película no omite nada de eso (ni por si acaso), pero su lenguaje es débil y ni se acerca a la fascinación que produce cualquier video simple de Michael Jackson. No tiene que ver con la interpretación de Jaafar Jackson, su sobrino. De hecho, eso está bien. Es más bien un problema de la cámara y cierta química que lamentablemente no se logró capturar.

Como tantas cosas hoy, Michael es una suerte de compilación dramatizada de los hitos conocidos sobre la carrera de Michael Jackson. En este caso, durante una etapa específica. Y es bueno asumir un lenguaje un tanto de fantasía o musical. No porque la película realmente lo sea, sino más bien porque está filmada y montada así. Alguna vez -antes de Bohemian Rhapsody- se filmaban dramas en torno a la música popular y no música popular en torno a un drama. Hoy no es la norma, y menos con figuras públicas de una imagen tan cuidada como lo es la de Michael Jackson.

Escribir a Michael Jackson

En cuanto a la película limitada a su marco de ambiciones, siguen existiendo debilidades de base que complican la experiencia. Las más frustrantes son las que atienden a la construcción de los personajes, incluyendo al mismo Michael Jackson. Mucha gente en pantalla, pero realmente hay solo dos personajes. Después de Michael, el de más agencia es Joseph Jackson, padre de Michael interpretado por Colman Domingo. Una figura infame y la película cumple con retratarlo como tal. Sin embargo, los problemas radican en la nula construcción dramática, lo que lo asume como un villano un tanto automático y sin motivaciones. Muy lejos de un personaje redondo que le presente al protagonista un desafío concreto que enfrentar.

Más problemático aún es que su contraparte y protagonista, Michael Jackson, tampoco es exactamente un personaje redondo. Da la impresión de que realmente nunca sabemos quién es esta persona, más allá de aprender que hizo tal o cual movimiento (todos de conocimiento público). Y en torno a su desarrollo no solo hay una frustrante prisa por transformar al humano en el mito, sino también cierta insistencia tosca en mantenerlo ahí. En Michael, Michael Jackson siempre es Michael Jackson, como si alguna historia de Superman no suprimiera su comportamiento de superhéroe cuando se hace pasar por Clark Kent.

En cuanto a las otras personas en pantalla, no son realmente personajes. Es prácticamente imposible describir sus dimensiones y su agencia está exclusivamente determinada por las necesidades de la trama. Incluso hay algunos grandes músicos omitidos por la película aún cuando participaron del álbum clásico Thriller. Dígase Paul McCartney o Eddie Van Halen. Aunque a este último lo mencionan y ese intercambio es, de hecho, uno de los más graves errores del filme. En cuanto a Janet Jackson, hermana de Michael Jackson, integrante de Jackson 5 y responsable de una gran carrera entre la segunda mitad de los ochenta y finales de los noventa, ni hablar.

Exponerse a Michael Jackson

Sobre la prisa, no solo afecta al desarrollo de los personajes, sino también a la trama en general. Es verdad que la película muestra el papel de Michael Jackson en los Jackson 5 (nunca se podría decir que realmente aborda a los Jackson 5 como tal) y quizás es lo mejor del filme. Sin embargo, los verdaderos problemas empiezan después, cuando el guión toma el carácter automático que necesita para deslizar su serie de referencias. En Michael, todos los logros artísticos de la carrera del músico se dan en una especie de destino manifiesto. De hecho, se omiten los cuatro primeros álbumes, que son de los menos celebrados y pudieron dotar la historia de más enjundia. Y ya para la secuencia de lanzamiento de Off The Wall, su primer clásico, rápidamente aparece la secuencia genérica de fanáticos y fotógrafos amontonados. Para efectos de lenguaje, esto obliga al espectador a asumir que hay un camino recorrido.

Naturalmente, todas estas fórmulas descartan la posibilidad de esperar cualquier dato tras bambalinas de algún proceso creativo o decisión artística. Esta lógica incluso invita a cuestionarse qué sentido tiene siquiera haber hecho esta película si todo lo que se va a mostrar ya es público o, cuando mucho, absurdamente predecible.

Si se puede rescatar que Fuqua, aún cuando solo está cumpliendo, tiene la disciplina para sostener una película sin las torpezas de dirección o montaje tan recurrentes en estas producciones. No hay nada muy interesante en dirección, pero nada muy abominable tampoco. También hay un factor de superproducción superior al de otros biopics de músicos. Incluso comparándose con los más caros, este sigue siendo más vistoso. Es algo que excede la pantalla y aporta a la experiencia.

También es verdad que algo del Rancho Neverland se alcanza a explicar. Es uno de los aspectos bien construidos y que separan las aguas privadas de las públicas en el perfil del protagonista. No hay demasiadas explicaciones detrás de la decisión de concebirlo, pero la construcción dramática es lo suficientemente escalonada y sutil como para, incluso, funcionar en sí misma.

Y en cuanto a lo mejor: las canciones. Pero esas estaban antes del estreno.

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