Escrito por Felipe León
Incluso a día de hoy el álbum ‘Starsailor‘ (1970) resulta difícil de encajar en una tradición musical en particular, dada su fascinante interpretación de autor que desborda pura experimentación. No es que se entregue al sin sentido, más bien es la culminación de un Tim Buckley absorto en la idea de quebrantar toda convención posible, al utilizar herramientas que de algún modo ya eran habituales en su discografía.
Representa más que una novedad un punto de quiebre total en su carrera, como si abandonase cualquier límite al posicionar su carismática y virtuosa voz. De paso las instrumentaciones se adecuan a su narrativa vanguardista, donde conviven abstractos paisajes, ansiosas declamaciones poéticas y psicodelia ritualista, en función de una desafiante escucha que pese a su extrañeza sonora, permitió florecer de las canciones más hermosas de la historia: «Song to the Siren«.
Tal como destacó en la efímera obra de su hijo Jeff Buckley, la voz del artista suena sobrecogedora, excéntrica, enigmática, evocadora, hasta desconcertante. Aprovecha la amplitud de su registro vocal para probar ideas, transgredir estéticas e influir en la composición desde la improvisación, adaptando el avant-folk de su antecesor, ‘Lorca‘ (1970) en «I Woke Up» hasta lo indescifrable de «Starsailor«.
No obstante el grueso de las incursiones van al lado experimental del rock, siempre desde sus inquietudes de cantautor y proyección cercana al jazz. Es tal la libertad de actuar en ‘Starsailor‘ que su condena al fracaso comercial parecía ya aceptada, aunque la música va al máximo. Cosa de escuchar «Come Here Woman«, «Monterey» o «Down by the Borderline«.
Su sello también resuena en «Jungle Fire«, «The Healing Festival» o el inesperado pero efectivo cabaret, «Moulin Rouge«. Un arriesgado y divisivo paso de Tim Buckley, que hoy se celebra como uno de los mejores de su década. Y carrera.
