Escrito por Hernán Carrasco
Fotos por Aarón Castro
Katatonia volvió a Chile por tercera vez en tres años. Una frecuencia que, en vez de desgastar, ha terminado por afianzar un vínculo claro con un público que no busca desatarse, sino sumergirse. Tras sus pasos por Club Chocolate en 2023 y Blondie en 2024 junto a Samael, la banda aterrizó este 18 de marzo de 2026 en Sala Metrónomo, presentando la gira del último larga duración Nightmares as Extensions of the Waking State (2025), sin rodeos ni teloneros.
A las 21:10 en punto, el escenario ya estaba en marcha. Sin introducciones largas ni construcción artificial de ambiente, Katatonia hizo lo que mejor sabe hacer: instalar una atmósfera y sostenerla. Desde ahí no se movió.
No fue un concierto frío ni distante. Tampoco uno explosivo. Fue, más bien, un ejercicio de control absoluto. Cada momento estuvo medido, cada transición calculada. Y aunque eso habla de una banda segura de sí misma, también deja una pregunta dando vueltas: ¿hasta qué punto ese control juega a favor?

Katatonia hoy
La transformación de Katatonia ya no es tema de debate. El abandono del death doom quedó atrás hace años, y lo que hoy presentan es una identidad completamente asentada en el metal alternativo con matices góticos.
El quiebre de discos como Viva Emptiness (2003) y The Great Cold Distance (2006) no solo redefinió su sonido, sino que también fijó una forma de entender la intensidad con menos visceralidad y más emocionalidad. Esa lógica sigue intacta, pero también empezaba a sentirse cómoda. Aún así, discos como The Fall of Hearts (2016) romperían con ese molde al agregar un inexplorado prog-rock por parte de la banda.
Pero vamos desmenuzando por partes el concierto del día de ayer.

Sonido y ejecución
En lo técnico, poco que discutir. La banda sonó precisa, con una mezcla limpia y bien balanceada. Las guitarras cargaron el peso sin ensuciar, la batería sostuvo con firmeza y las melodías de sintetizadores aportaron esa profundidad que ya es su marca registrada.
Jonas Renkse, por momentos, quedó algo tapado en pasajes más densos, pero nunca al punto de romper la experiencia. Fue un detalle, no un problema.
El punto es otro: todo sonó exactamente como tenía que sonar. Y ahí está tanto la virtud como el límite.

Público y atmósfera
El público entendió perfectamente el código. Nada de “mosh”, “circle pits” ni empujones. Aquí la intensidad pasa por el lado de cantar, por asentir, por quedarse dentro de la música de una banda histórica del género. No es un pulso de intensidad y caos, más bien un ejercicio de sumergirse en la música llena de texturas y detalles.
Pero ojo: eso no significa pasividad. La respuesta fue constante y genuina, especialmente en los temas más reconocibles. Simplemente, es otra forma de vivir el concierto. Más contenida, sí, pero no menos real.

Setlist y momentos
El setlist, de 16 canciones, estuvo bien armado, aunque sin grandes sorpresas.
“Leaders”, “July” y “Soil’s Song” marcaron algunos de los puntos más altos, con una respuesta inmediata del público. “Old Heart Falls” también encontró su espacio, bajando la intensidad sin perder atención.
Uno de los momentos más interesantes llegó con “Wind of No Change” y algunos pasajes ligados a The Great Cold Distance, donde aparecieron guturales desde la guitarra — Sebastian Svalland —. Fue un quiebre breve, pero necesario. Por un instante, la banda dejó de sonar tan contenida y mostró un filo distinto, más cercano a sus raíces.
Ese tipo de momentos, justamente, fueron los que hicieron falta en mayor cantidad.
Hacia el final, “Forsaker” levantó con claridad a la audiencia, mientras que “Dead Letters” y “Nephilim” generaron uno de los pocos desbordes físicos de la noche. No fue caos, pero sí una liberación más evidente.
El resto del material, especialmente el más reciente, mantuvo una línea más homogénea. Funcional, pero sin ese golpe que lo haga destacar dentro del conjunto. Un setlist efectivo, aunque demasiado inmutable para una banda con este recorrido.

La banda en escena
Jonas Renkse no es, ni pretende ser, un frontman expansivo. Su presencia es sobria, enfocada en la interpretación. Funciona dentro del lenguaje de la banda, pero también refuerza esa sensación de distancia controlada.
El resto del grupo operó con la misma lógica: precisión, equilibrio, cero excesos. Todo en su lugar.
Podríamos decir que Katatonia entregó un concierto sólido, intenso a su manera y coherente con lo que viene construyendo hace años. No hubo frialdad ni desconexión. Hubo peso, atmósfera y oficio.
Pero también hubo una decisión clara de no salirse del margen.
Y ahí es donde queda la sensación más interesante, quizás no de deuda, sino de posibilidad. Porque cuando la banda soltó un poco la correa —en esos momentos más ásperos, más impredecibles— el show creció un montón
Claramente no fue un concierto tibio. Fue uno contenido e introspectivo. Katatonia no pretende ser la banda ecléctica ni experimental como algunos profesan, más bien en su propio campo logra “tensar esa cuerda” de acuerdo a su propia capacidad y oficio. Ni más ni menos se les puede pedir, siendo sincero.
