Escrito por Hernán Carrasco
Fotos por Aarón Castro
Hay algo admirable en una banda que, después de más de tres décadas de trayectoria, todavía encuentra nuevas posibilidades en su propia música. Opeth podría limitarse a recorrer el repertorio que la convirtió en una de las agrupaciones fundamentales del metal progresivo, apoyarse en la nostalgia y confiar en que su legado haga el resto. Sin embargo, sigue tomando riesgos, explorando estructuras poco convencionales y publicando discos que amplían su lenguaje musical. ‘The Last Will and Testament’ (2024) es una muestra de ello. Su concierto en Chile, el pasado 1 de noviembre, confirmó que la vigencia de Opeth no depende únicamente de lo que hizo en el pasado, sino también de lo que todavía es capaz de hacer.

Mar de Grises y una apertura a la altura
La jornada tenía un contrapunto bastante particular. Mientras Opeth se preparaba para subir al escenario del Santander Arena, Iron Maiden hacía lo propio en el Estadio Nacional. Pese a la coincidencia, la convocatoria no se resintió. El recinto, que tenía habilitada solamente la mitad de su capacidad, agotó sus localidades. La apertura estuvo a cargo de Mar de Grises, una institución del death-doom nacional y una de las agrupaciones chilenas que ha conseguido mayor reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Tras varios años de separación, su regreso a los escenarios tuvo algo de acontecimiento especial. Su música, ominosa y paciente, fue construyendo una atmósfera densa, con pasajes de una profundidad casi contemplativa que daban paso repentinamente a irrupciones de death metal y guturales cargados de oscuridad. Fue una presentación que consiguió imponer sus propios tiempos y sumergir al público en un estado de ánimo sombrío. Una buena manera de preparar el terreno para Opeth.

Una entrada entre bromas y clásicos
La aparición de Opeth fue recibida con una ovación que acompañó los primeros compases de «§1». La canción abrió una presentación que desde sus primeros minutos dejó en evidencia la vigencia de la propuesta del grupo. El conjunto desplegó buena parte de su material más reciente. Tanto «Hjärtat vet vad handen gör» como «§7» fueron recibidas con entusiasmo por una audiencia que acogió sin reparos esta etapa de la banda, aunque serían los clásicos los que más adelante desatarían la euforia colectiva. Entre medio, Mikael Åkerfeldt hizo gala de ese carisma tan particular que lo caracteriza. Alternó la solemnidad de su interpretación con comentarios irónicos y bromas dirigidas al público. Después de «Godhead’s Lament», por ejemplo, no dejó pasar la oportunidad de preguntar qué hacíamos allí en lugar de estar viendo a Iron Maiden en el Estadio Nacional. La ocurrencia provocó risas y dio cuenta de la cercanía con la que el vocalista condujo la velada.

La belleza y la brutalidad de Opeth
Una de las características más reconocibles de Opeth está en su manera de alterar el carácter de una composición casi sin previo aviso. Sus transiciones son milimétricas, pero basta un instante para que un pasaje de belleza melancólica, construido sobre melodías inesperadas y atmósferas hipnóticas, dé paso a una explosión de guitarras distorsionadas y voces guturales. Esa ruptura nunca parece forzada. Ambos mundos conviven con una naturalidad que pocas bandas consiguen, y en esa tensión reside buena parte de la identidad del grupo. En el escenario, esa dinámica encontró su expresión en una ejecución instrumental precisa, con el bajo de Martín Méndez y la guitarra de Fredrik Åkesson sosteniendo las complejas estructuras de las composiciones. La interpretación vocal también estuvo a la altura, especialmente en los registros guturales, donde Åkerfeldt hizo sentir toda su fuerza y expresividad.
La ejecución fue impecable, aunque la acústica del recinto presentó algunos problemas puntuales. En ciertos momentos, las frecuencias graves se confundían en una masa sonora poco definida, algo que llegaba a resultar extraño, aunque no alcanzó a condicionar la experiencia. Las guitarras, en cambio, se escucharon con claridad y la precisión de toda la banda se mantuvo durante la presentación.

Entre la contemplación y la crudeza
«Windowpane» ofreció uno de los momentos más delicados de la noche. Su construcción se aprecia desde los arpegios iniciales hasta el cierre, con una composición de espíritu progresivo y una sensibilidad melódica que por momentos recuerda al rock alternativo. La canción introdujo una pausa dentro de un repertorio que pronto volvería a mostrar su faceta más abrasiva. «The Grand Conjuration» es un portento que desde sus primeros compases invita a cabecear y saltar. Su pulso constante y su contundencia mantienen la tensión sin dar tregua, mientras en la cancha se forman dos circle pits. Después, «Demon of the Fall» recupera una faceta mucho más primitiva y visceral de la banda, recordando que bajo sus elaboradas estructuras progresivas sigue latiendo el espíritu del death metal.
Uno de los momentos más memorables de la noche llegó con «The Drapery Falls», una de las composiciones más representativas de ‘Blackwater Park’ (2001). Bastó que Åkerfeldt mencionara el nombre del disco para que la audiencia reaccionara con euforia. La canción fue desplegando sus melodías y contrastes hasta alcanzar ese tramo final que parece crecer con cada repetición. Entonces, toda la arena comenzó a cantar al unísono. Escuchar la canción acompañada por cientos de voces fue de esos momentos que te erizan los pelos, incluso cuando conoces cada detalle de lo que estás escuchando.

Un cierre a la altura de su legado
Antes de dar paso al último tramo de la noche, el vocalista volvió a demostrar que su relación con el público está lejos de limitarse a la solemnidad de la música. La interpretación de «You Suffer», de Napalm Death, provocó una carcajada general, especialmente cuando la banda decidió repetirla y consiguió que toda la audiencia se sumara a cantar el célebre «You suffer, but why?» por segunda vez. Un gesto tan absurdo como efectivo, que terminó siendo uno de los momentos más espontáneos de la jornada. La complicidad duraría poco. Enseguida llegaría «Deliverance», encargada de cerrar la presentación con una intensidad completamente distinta.
«Deliverance» terminó por convertirse en el punto más alto de la noche. Su extensa estructura podría hacer pensar que una interpretación de semejante duración corre el riesgo de perder intensidad, pero ocurrió exactamente lo contrario. Cada melodía, cada cambio de ritmo y cada silencio encontró su lugar, sin que la canción pareciera apresurarse hacia su desenlace. La banda supo darle espacio a cada una de sus ideas, permitiendo que la tensión se acumulara hasta desembocar en ese riff final, repetido una y otra vez, que terminó adquiriendo una fuerza abrumadora. En vivo sonó incluso más grande que en el disco. Un cierre a la altura de la canción.
La presentación en el Santander Arena confirmó la vigencia de Opeth. Después de más de tres décadas y una discografía tan extensa, la banda todavía conserva esa chispa que la mantiene en movimiento. Durante el concierto, Åkerfeldt incluso bromeó con la posibilidad de tomarse un descanso, provocando una negativa inmediata del público. La reacción tuvo algo de humor, pero también dejó en evidencia que nadie parece estar preparado para que Opeth detenga su camino. Y cuesta no compartir esa sensación. Después de escuchar una selección de su repertorio que recorrió distintas etapas de su carrera, resulta difícil no apreciar que todavía suban al escenario con la motivación y la complicidad de quienes sienten que aún tienen algo que ofrecer.
Setlist de Opeth en Chile
- «§1»
- «Hjärtat vet vad handen gör»
- «Godhead’s Lament»
- «§7»
- «The Devil’s Orchard»
- «Windowpane»
- «The Grand Conjuration»
- «Demon of the Fall»
- «§3»
- «The Drapery Falls»
- «Hex Omega»
- «You Suffer»
- «You Suffer»
- «Deliverance»
