Live Reviews

Miguel Tapia en Teatro Caupolicán: Los 40 años de ‘Pateando Piedras’ debidamente celebrados

Escrito por Matías Astorga
Fotos por Bárbara Hernández

No fue solo un viaje al pasado lo que se vivió anoche en el Caupolicán. Cuarenta años después de que una caja de ritmos y un par de sintetizadores cambiaran para siempre el mapa del rock chileno, volver a escuchar ‘Pateando Piedras’ (1986) en vivo te pega de frente con la realidad. Y el teatro estaba hasta el tope: no solo con los históricos de 40 y 50 años que gastaron el cassette en plena dictadura, sino con cabros chicos y adolescentes cantando hombro a hombro con sus viejos. En tiempos donde el costo de la vida va en aumento y llegar a fin de mes es una pelea diaria, esas letras no sonaron a museo; sonaron a crónica del día.

El golpe fue seco y sin rodeos. Arrancaron con el pulso industrial de ‘Muevan las Industrias’ y empalmaron de inmediato con ‘Quieren Dinero’. Lo primero que sorprendió fue el sonido: nada de adaptaciones blandas ni arreglos modernos innecesarios. Las máquinas del ’86 estaban ahí, con ese sonido punzante y una fidelidad análoga que te retumbaba en el pecho.

Con el show ya iniciado, Miguel subió a cabros de escuelas públicas, a jóvenes talentos —sumando a José Miguel y a Matías, que vienen tocando con él hace cuatro años— para despachar una versión rabiosa de ‘¿Por qué los ricos?’. Poco después, el músico soltó el micrófono principal, se sentó tras la batería como en los viejos tiempos y reventó el recinto con ‘¿Quién mató a Marilyn?’, poniendo a saltar y a cantar a toda la cancha.

Los invitados desfilaron con soltura y sin poses. Daniel Guerrero sorprendió dándole un tono íntimo a ‘Amiga Mía’; Gonzalo Yáñez afinó la emoción en ‘Que no destrocen tu vida’; y ver a Cecilia Aguayo sentarse a los teclados trajo de vuelta esa mística elegante de la era dorada. El desmadre vino con Álvaro Henríquez colgado a la guitarra en ‘We Are Sudamerican Rockers’, dejando la vara por las nubes, justo antes de que el Dunga de La Combo Tortuga desordenara el gallinero con ‘Pa pa pa’, poniendo a saltar hasta la última fila de la galería.

Tapia estuvo lúcido y directo. No le esquivó el bulto a la política y soltó sin anestesia la preocupación por «cómo dejará el país Kast» en medio del momento sociopolítico y económico actual, sacando aplausos y cánticos en contra del actual mandatario. De Claudio Narea ni una sola mención directa, aunque se mandó una talla rápida y cómplice sobre «las cartas» que sacó risas entre los que conocen la trastienda de la banda. Y para el gran Jorge González, solo respeto y agradecimiento explícito.

Pero hay que decirlo con honestidad: la cancha extraña a Jorge. Por muy sólida que sonara la banda y con todo el cariño que aportaron los invitados, el vacío de su voz y su estampa en el centro del escenario es imposible de tapar. El público lo sabe, y por eso cantó cada verso, como queriendo parchar esa ausencia a puro pulmón, hasta reventar la voz en ‘El baile de los que sobran’.

Al salir a San Diego, entre el sudor y las poleras negras la pregunta quedó flotando entre la multitud: con la emoción a flor de piel y el cariño intacto que se respiró esta noche, ¿tendremos alguna vez la suerte de ver a Miguel y a Jorge juntos sobre un escenario, aunque sea para tocar una última canción?

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