Escrito por Matías Astorga Mendoza
Fotos por Damián Ceitelis
Para quienes nos criamos con la discografía de Gondwana grabada a fuego en la memoria, gastando los CD en el discman hasta que no daban más y aprendiéndonos cada línea de bajo de memoria, la noche del sábado en el Estadio Bicentenario de La Florida no fue un concierto más: fue el exorcismo de una espera absurda de 23 años. Desde que Quique Neira dejó la banda allá por 2003, nos acostumbramos a la idea resignada de que esa sociedad irrepetible que definió el reggae en Chile no volverían a pisar un escenario juntos.

El primer aviso de que el milagro era posible ocurrió a principios de este año en el REC de Concepción. Ver a Quique salir de sorpresa en pleno set de Gondwana ante una multitud en el Parque Bicentenario nos dejó con la mandíbula en el suelo y el corazón acelerado; fue la chispa que confirmó que las asperezas habían quedado en el pasado. Pero lo de anoche no era una pasada de cortesía ni un cameo de tres minutos. No, finalmente estábamos ante la reunión oficial, a tablero vuelto y con todo el peso de la historia sobre los hombros.
Cuando la banda arrancó y el bajo de I-Locks empezó a retumbar en el pecho con esa cadencia inconfundible, el estadio entero se conectó a una sola frecuencia. La gente no cantaba: desahogaba dos décadas de himnos acumulados. Desde parejas que se enamoraron con esas canciones en los 2000 hasta cabros chicos con sus papás, el público coreó cada frase como si les fuera la vida en ello. Los clásicos de siempre convirtieron la cancha en un abrazo masivo, con momentos cumbre donde joyas como “Chainga langa”, “Sentimiento original”, “Armonía de amor”, “Mártires”, “Pincoya calipso”, “Dulce amor” y “Felicidad” sonaron con una contundencia y un peso espiritual intactos, recordándonos por qué esta banda marcó a una generación completa de fans del reggae.

Más allá de la impecable factura musical, lo que realmente desarmó el ambiente fue la vibra sobre el escenario. A Quique se le notaba una felicidad genuina, luminosa y desbordante. No solo por reencontrarse con sus viejos cómplices de La Pincoya, sino por la emoción infinita de compartir tarima con su familia y hacer de este hito un momento íntimo y trascendente. Verlo cantar mirando a los suyos, sonriendo a la par con I-Locks y recibiendo la ovación de miles de almas, dejó en claro que esto iba mucho más allá de un show: era sanación, orgullo y gratitud pura.
Costó 23 años, pero la música puso las cosas en su lugar. Salir del estadio Bicentenario de la Florida con la garganta rota y el corazón lleno fue la confirmación de que hay melodías que el tiempo no oxida, y que el sentimiento, tal como lo prometieron hace más de dos décadas, sigue siendo completamente original.

