Escrito por Felipe León
El grupo los Kjarkas carreaba con algo de popularidad y cierta proyección internacional, cuando apareció su disco más famoso: ‘Canto a la mujer de mi pueblo‘ (1981/1982). De ahí en adelante el interés por la música folclórica boliviana, en especial por sus raíces andinas, resonó en algunos rincones del continente, a la vez que impulsó un mayor reconocimiento a la ya legendaria agrupación de Capinota.
Toda una gesta apostada a visibilizar su patrimonio sonoro, desde un diálogo con las raíces que inspira un cancionero valioso para la música popular. Bajo la guía de los hermanos Gonzalo y Ulises Hermosa, florece una propuesta decantada principalmente en el huaiño, que fideliza a través de líricas definidas por vivencias relacionadas al mundo rural y el quehacer de los pueblos aborígenes.
La belleza que subyace este ‘Canto a la mujer de mi pueblo‘, refleja el sentir empeñado por los Kjarkas detrás de cada composición. A pulso con su colorida vivacidad y melancólica expresión, su imaginario actúa como reflejo de una identidad cultural autóctona como mestiza, ensamblada con suma inspiración a través de zampoña, charango, quena, guitarra acústica y cantos que funcionan como un eco eterno sobre las bondades del país andino.
El eco andino del huaiño
No hay dudas del papel que tuvieron los Kjarkas en la música de Bolivia, y como no si este álbum en sí es pura trascendencia. El caso más obvio viene con «Llorando se fue«, un himno sin fronteras que acabaría global con la versión de Kaoma titulada «Lambada«, e incluso con referencias en «Taboo» de Don Omar, entre otras; meras anécdotas en comparación al valor histórico de esta especie de saya caporal.
De principio a fin rondan las alusiones andinas con destacadas paradas en el huaiño. Piezas como la comunitaria «Wa ya yay«, esperanzadora «Por un mundo nuevo«, festiva «Tata Sabaya», juguetona «Mamita Surumi» y bailable «Capinoteña» profesan esta lógica folclórica de interpretación pentatónica, pulso luminoso, cuerdas y vientos, de un protagonismo vocal que en su aparente simpleza expone letras que resuenan para la posteridad. Así mismo la inmensidad de la Cordillera de los Andes se acentúa hacia la mitad, con dos muestras de conjunto andino: una instrumental llamada «Phuru Runas» y la cantada «Surimana«.
Imposible obviar los tonos algo más baladescos propios del chuntunqui romántico, en la hermosa «Siempre he de adorarte» y el simbólico tema central, «Canto a la mujer de mi pueblo«. Nada se puede pasar por alto en esta verdadera obra maestra de la música andina, punto de entrada ideal al universo de los Kjarkas.
