Por Baltazar Chuaqui.
Hay actores que cumplen el sueño de todo intérprete: conseguir, gracias a su presencia en pantalla, talento y carisma, un público leal y dispuesto a seguir su carrera de cerca, y asegurarse un puesto en el podio de los grandes artistas. Lo anterior, además de una serie de factores aparentemente imposibles de hacer coincidir —como la capacidad de elegir proyectos que permitan innovar, una entrega cabal a su quehacer y colaboraciones duraderas que faciliten todo lo anterior—, le pertenece a pocas personas. Robert De Niro es, sin duda alguna, una de ellas.
Ver una película de De Niro significa conocer las dimensiones que puede contener una persona. No es un actor que se transforme por completo en los personajes que interpreta, pero se pierde en ellos para sacar a relucir mundos interiores tan ricos como los de cualquier ser humano. En Calles Peligrosas (1973), su Johnny Boy es volátil al extremo; cada vez que se mete las manos a los bolsillos y tuerce su cuerpo en un ángulo extraño, veintitantos años de caos están a punto de estallar. En Taxi Driver (1976), la mirada de Travis Bickle se mantiene en la memoria del espectador como el personaje lo hace en las calles de Nueva York —hasta altas horas de la noche, por mucho más tiempo del que debería—. En el final de Toro Salvaje (1980), su deterioro físico demuestra el peso de una vida consumida por la inmoralidad, y mucho antes, en las fuertes escenas de violencia doméstica y las de boxeo, cómo ese tipo de vida se traducen en violencia y misoginia.
Si bien es principalmente conocido por papeles como los ya mencionados —serios, intensos y oscuros—, De Niro posee un rango amplísimo, que lo ha llevado a participar en dramas humanistas —Despertares (1990)—, sátiras del género de gángsters, con el que más se le asocia —Analízame (1999)—, largometrajes familiares —Stardust: El misterio de la estrella (2007)—, y comedias para adultos —Mi Abuelo es un Peligro (2016)—. Su compromiso por cada uno de sus papeles lo llevó a aprender el dialecto siciliano para interpretar a Vito Corleone en El Padrino, Parte 2 (1974), limarse los dientes para Max Cady en Cabo del Miedo (1991) y estudiar con detalle los comportamientos de fans obsesivos para dar vida a Rupert Pupkin en El Rey de la Comedia (1982).
La carrera de este actor ha estado llena de altos y bajos, como se podría esperar de alguien que ha trabajado por más de cincuenta años y hecho más de una centena de películas, pero explorarla revela una de las relaciones entre actor y director más entrañables de todos los tiempos. En sus trabajos con Martin Scorsese, con quien ha realizado diez largometrajes y un cortometraje, De Niro nos ha dado momentos icónicos que demuestran su talento para crear: la improvisada y célebre escena frente al espejo de Taxi Driver, los descontrolados golpes contra la pared en Toro Salvaje, la larga mirada musicalizada por ‘Sunshine of your Love’, de Cream, en Buenos Muchachos (1990).
Las críticas negativas y la controversia no han faltado en la vida de Robert De Niro, y el pasar de los años ha llevado a muchos a dar su talento y entrega por sentado. Es habitual encontrar cuestionamientos a su actuación, pero al ver cualquiera de sus trabajos más reconocidos, se tiene la claridad de que estamos frente a un talento irrepetible. Hoy, en su octogésimo tercer cumpleaños, cabe recordar una de sus escenas más importantes, que lo puso en escena por primera vez con su amigo Al Pacino, en Fuego contra fuego (1995), de Michael Mann. Ahí, ambos protagonistas coinciden en que no saben —ni quieren— hacer otra cosa que su trabajo. Se tiene la suerte de que eso aplique, fuera de la película, al compromiso de De Niro con la actuación, porque le ha entregado al mundo una carrera legendaria.
