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‘New Long Leg’ de Dry Cleaning: La opción más rara era no gritar

Escrito por Hernán Carrasco

Mientras el circuito del Windmill resolvía la ansiedad a puro volumen, Dry Cleaning armó ‘New Long Leg’ sobre un post-punk de manual y una voz que se niega a levantarse. Se presentan en Santiago en el marco del Festival En Órbita el 24 de septiembre.

Florence Shaw no levanta la voz en ningún momento de ‘New Long Leg’. Cuarenta minutos de disco y ni un grito, ni un estribillo que marque dónde deberíamos emocionarnos, ni una inflexión que intente llevarnos de la mano. Habla como quien lee en voz alta la lista del supermercado de otra persona. Es una decisión trabajada, sostenida durante diez canciones con una disciplina que impresiona, y es lo que separa a Dry Cleaning de buena parte de lo que se estaba haciendo a su alrededor cuando el disco apareció.

Alrededor había bastante. La órbita del Windmill de Brixton se había convertido en 2021 en uno de los grandes relatos de la prensa musical británica, con Black Country, New Road, Squid y black midi monopolizando la conversación. Dry Cleaning suele entrar en ese paquete, aunque la etiqueta les cabe más por adjudicación externa que por afinidad real. Conviene además corregir la cronología, porque venían publicando EPs desde 2018, en paralelo. Pertenecen a la misma generación y eligieron otra cosa. Mientras esos discos demostraban cuánto podía tocar una banda dentro de una canción, Dry Cleaning se dedicó a demostrar cuán poco hace falta.

Un prototipo en la superficie

La materia prima es el post-punk británico y no hay ningún intento de disimularlo. Bajo prominente y melódico, guitarras angulares, mucho punteo disonante y ritmos que se tuercen bastante más de lo que uno esperaría. Es casi un prototipo del género, al menos en la superficie. Lo interesante ocurre en el uso, y ahí la producción de John Parish resulta decisiva. Parish deja aire alrededor de cada instrumento y mantiene todo despejado, aunque el disco está bastante lejos de sonar seco. Las guitarras cargan efecto y por momentos brillan, con esa vibración jangly que asoma en la canción homónima y también en «Her Hippo». Hay algo de técnica contemporánea aplicada a un formato de hace cuarenta años, y por momentos eso le da a la guitarra un filo distinto. La comparación con ‘Unknown Pleasures’ (1979) aparece sola y obvia, aunque conviene precisar en qué consiste. Está en el arpegio y en el bajo cargando con buena parte del peso melódico, no en la gravedad emocional. Todo eso arma una base firme y reconocible. La rareza está en otra parte.

Donde el disco se vuelve realmente extraño es en la voz. La referencia obvia es The Fall, sobre todo ‘Live at the Witch Trials’ (1979), con Mark E. Smith usando el habla como recurso rítmico. Pero Smith era saltón, sarcástico, deliberadamente irritante. También hay algo del art punk del ‘Grotesque’ (1980), donde lo cotidiano aparece siempre ligeramente torcido, aunque en Dry Cleaning esa deformación opera como sombra y nunca termina de gobernar el disco. Y está el homónimo de The Raincoats (1979), donde Ana da Silva y Gina Birch ya cantaban con voces ordinarias, sin demasiada impostación, sobre arreglos que nunca terminan de decidir quién manda. El temperamento, en cambio, viene de más cerca, del post-punk oscuro y obsesionado con el detalle de los 2010’s, el de Protomartyr y Savages. Joe Casey ya venía declamando sus letras. Shaw se queda quieta y observa. Su registro es plano, casi administrativo, y esa planicie hace que lo raro suene más raro aún. En «Her Hippo» suena derechamente cansada del acto de cantar, y ese desgano está tan trabajado como cualquier otra decisión del disco. Cuando Smith señalaba una imagen desagradable, uno sabía que a él también se lo parecía. Shaw la menciona y sigue. Queda ahí, flotando sobre la mesa.

 

El habla como material de Dry Cleaning

Y quizás lo interesante es que Shaw no habla simplemente porque Dry Cleaning haya decidido prescindir del canto como gesto estético. Habla porque el lenguaje cotidiano es precisamente el material con el que está trabajando. Sus canciones parecen hechas de conversaciones escuchadas a medias, pensamientos que no alcanzaron a convertirse en ideas y objetos que quedaron dando vueltas después de una compra. Recoge fragmentos y los deja flotando dentro de la canción, con una lógica asociativa donde una cosa lleva a otra sin que necesariamente sepamos por qué. Por eso funciona tan bien que su voz permanezca casi inmóvil mientras todo lo demás se vuelve progresivamente más extraño.

En «Scratchcard Lanyard» el método está bastante a la vista. Shaw acumula objetos, conversaciones e imágenes que parecen no tener mucho que ver entre sí. Primero se compara con una fruta resistente o «hardy banana», de superficie cerosa y flores diminutas, y poco después irrumpe una figura armada que no tiene ninguna relación con lo anterior.  Todo pasa con la misma naturalidad, como si una imagen llevara inevitablemente a la otra. En «Strong Feelings» ocurre algo parecido, aunque con una referencia bastante más extraña. Entre cosas domésticas aparece The Ambassadors (1533) de Holbein, que antes que un memento mori es un inventario, una acumulación de globos terráqueos, instrumentos de medición y un laúd con una cuerda cortada dispuestos sobre una mesa. Pero si lo vemos desde otro ángulo, es una calavera. Es exactamente el procedimiento del disco metido dentro de una canción que hasta entonces parecía hablar de cualquier cosa. Y quizás ahí está la gracia de Shaw. Las imágenes no necesariamente conducen a una conclusión, pero dejan una sensación rara después de aparecer.

Si hay una canción para entrar al universo de la banda, es «More Big Birds». Shaw suena ahí como una especie robótica entregando un informe, y el piano que asoma por debajo agrega un detalle uncanny que el resto del disco administra con bastante más disimulo. La canción es melódica, incluso amable de escuchar, y aun así queda flotando en una desconexión del mundo difícil de explicar. El método completo de la banda cabe ahí.

 

El desastre como notificación

El paralelo con el 79 es tentador y conviene no apretarlo demasiado. Aquel post-punk absorbía polución, desempleo industrial, un giro político a la derecha y la posibilidad concreta de un apocalipsis nuclear, y sonaba estridente porque el contexto lo era. Este disco salió en un Londres de pandemia, Brexit a medio digerir y precariedad de plataforma, un giro a la derecha conservadora y todo eso lo responde con aplanamiento. Tiene sentido. El desastre ya no llega como una explosión, llega como una notificación más entre otras cuarenta.

La objeción evidente apunta a que cuarenta minutos de entrega plana terminan aplanándose solos, y tiene razón en parte. Hacia el último tercio la fórmula se vuelve predecible y algunas canciones se distinguen entre sí menos de lo que convendría. El cierre de «Every Day Carry», siete minutos que se estiran mientras la banda acumula tensión por debajo, sugiere dónde está la falla real. Cuando Dry Cleaning se da espacio para que el aburrimiento se convierta en presión, el recurso aguanta perfectamente. Cuando lo comprime en formato de tres minutos, se nota la costura.

Con todo, ‘New Long Leg’ es un muy buen disco, y buena parte del mérito está en lo que Shaw hace con su propia presencia. Sus imágenes son surrealistas y un poco ridículas, con animales, compras y armas apareciendo donde no corresponde, y las entrega con una placidez que no se quiebra en ningún momento. Alrededor, ese circuito del Windmill que tan mal nombre tiene venía resolviendo la misma ansiedad a gritos, con despliegue técnico, con intensidad y casi siempre con un hombre al frente. Dry Cleaning entendió que quedarse quieta también era una opción, y terminó siendo un disco raro, pero con un humor convincente. El lenguaje que usan tiene cuarenta años. El desapego con que lo usan no tiene ninguno, y suena a alguien que aprendió a mirar el desastre en una pantalla y a comentarlo sin cambiar el tono.


‘New Long Leg’ (2021). Dry Cleaning se presenta junto a Blonde Redhead en el festival En Órbita el 24 de septiembre, en el Centro de Eventos Basel, Santiago.

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