Escrito por Felipe León
Desde su masificación en los 40’s la tamborera, una reinterpretación de raíces cubanas del tradicional baile panameño llamado tamborito, ocupó un lugar central en la música popular de dicho país, además de Venezuela, Puerto Rico o Colombia. Con su vistosa personalidad la reina de la tamborera, Sylvia de Grasse, ayudó a construir parte de su legado a través de obras como ‘La cita‘ (1960).
Si bien hay debate sobre su fecha de lanzamiento (pudo ser 1959), de lo que no hay duda es de su riqueza musical, y aportes a éste y otros sonidos como la gaita zuliana. En parte se debe a la carismática interpretación de su vocalista, donde el sentido del humor, las situaciones picarescas y los eventos colectivos forman parte del colorido paisaje retratado.
En medio de melódicos coros, pianos caribeños y un ritmo fiestero incisivo como motivante, surge la voz Sylvia de Grasse, como consagración de los motivos alegres que entrega esta música. De hecho, la apertura hacia otras fronteras formaliza una alianza más allá del son cubano o danzón, habituales influencias del tamborera, para abrazar sobre todo el porro, una forma un tanto más veloz de la cumbia tradicional colombiana.
Hay mucho por indagar en ‘La cita‘; mucho que disfrutar. Porque el álbum insiste de manera reiterada en encender el ambiente, a partir de canciones nacidas para protagonizar la noche, de esas que duran hasta el amanecer como «La aparición«, «Chupando Caramelo«, «Mi Gallo Pinto» o «Dice que me quiere«.
La presencia de cortes de porro como «Matando los chivos» y «Porro sin igual» dinamizan el viaje, a la par de otras igual de destacables como «Cállate corazón» o «La cita«. En base a gritos criollos y refinación vocal, Sylvia de Grasse culminó una impronta especial con sabor a historia.
