Primero, un pequeño resumen del texto que viene a continuación: Disclosure Day, de Steven Spielberg, es la mejor película del año y uno de los estrenos más importantes de todo el cine de esta década. Se estrena el 11 de junio en Chile.
Listo. Esta reseña ya cumplió con lo esencial.
Para una cinta de estas características, lo más sano es partir reconociendo que un camión de las dimensiones de Disclosure Day pone de cabeza cualquier intento convencional de crítica cinematográfica, al menos para lo que se estila en los medios digitales chilenos. Porque si se trata meramente de decir si la película es buena o mala, lo mejor es despachar esa información rápido y sin demasiadas vueltas. Las salidas de foco -que este texto con seguridad tiene varias- son las que inevitablemente abordan lo mejor del filme. No es que no se pare por sí mismo (todo lo contrario), pero además de un artefacto propio, Disclosure Day es un trampolín a las más lindas reflexiones.
En el caso de ser necesario, incluso se puede ser más conservador en lo tajante: Disclosure Day justifica totalmente la inversión económica en la experiencia cinematográfica. Es para cine y es para IMAX. Una cosa es que a Spielberg no le interese hacer la campaña IMAX tan propia de Nolan o Villeneuve, pero eso no significa que no aproveche los recursos cinematográficos de esa escala con mucha mayor eficiencia. Y a mayor escala la proyección es, literalmente, más hercúlea. Así funciona la luz.
¿Es injusto darse tantas vueltas antes de siquiera acercarse a Disclosure Day? Todo lo contrario. Es lo más justo. Obviamente, la película se entiende sin ningún contexto sobre la ciencia ficción de ninguna escuela o sobre cualquier decisión previa en la filmografía de Spielberg (ni de, reconozcamos su omnipresencia, Janusz Kaminski o David Koepp). Sin embargo, desde el 2017 que la filmografía de Spielberg admite una revisión retrospectiva respecto a todas las décadas que precedieron su cada una de sus últimas obras. El que en estricto rigor sigue siendo su último estreno, The Fabelmans (2022), reventó un montón de ideas que antes estábamos acostumbrados a ver explotar por los poros. Y que no quepa duda de que Disclosure Day admite un análisis similar, desde la reconciliación con cierto paradigma teológico hasta un grado de optimismo inédito en su cine por la humanidad.
Lo más respetuoso que se podría hacer con el lector es advertir que este texto (nadie podría ser tan ingenuo como para llamarlo reseña) se toma sus buenos párrafos tan solo en contextualizar las obsesiones cinematográficas y narrativas de Spielberg. Y advierto una certera posibilidad de que hacia el final del texto, al más puro estilo Spielberg, el relato ya haya explotado por los poros de lo que en apariencia es otra cosa (en este caso, un eterno balbuceo sobre uno de los directores más teorizados de la historia, muy original), pero en realidad es… Y lo digo con cautela: un humilde -pero seguro de sí mismo- intento de aproximación a Disclosure Day.
Y si fallo en el intento, bueno, ya lo dije al comienzo: Disclosure Day, de Steven Spielberg, es la mejor película del año y uno de los estrenos más importantes de todo el cine de esta década. Se estrena el 11 de junio en Chile.

Antecedentes en la filmografía de Spielberg
No es ninguna sorpresa la prisa con la que varios -autodenominados- “medios especializados” salieron a recomendar repetir los visionados de Close Encounters Of The Third Kind (1977), E.T. (1982), War Of The Worlds (2005) o incluso la cuarta parte de Indiana Jones. Es fácil unir los puntos: Spielberg y alienígenas (duh). Pero incluso fuera de las superficialidades, no se puede ignorar la ya mencionada retrospectiva autónoma.
No se trata de leer entrevistas. Está todo en pantalla. El propio director ha hecho cierto esfuerzo por mirar su filmografía de antaño en sus películas tardías. Es el ejercicio inherente obvio en Ready Player One (2018) y The Fabelmans (2022), pero filosóficamente extendido hasta The Post (2017) y West Side Story (2021). Y, mal que mal, esa sigue siendo casi la mitad de su cuerpo de trabajo en la última década. Cuando un septuagenario hace una película, no es de sorprenderse que esa misma película te mande a mirar para atrás.
Sin embargo, hay matices.
Hay que partir de la base de que Close Encounters Of The Third Kind es un tanto más compleja que una mera película de alienígenas más para el canon mainstream e inmediato de fantasía épica y ciencia ficción pop que se desarrolló en el cine norteamericano desde los setenta tardíos hasta los noventa tempranos. Nadie niega que esa película de 1977 ceda a varias concesiones comerciales (aún cuando se puede hacer el caso de que, al igual que con Jaws, Spielberg las estaba inventando in situ con estos estrenos, no necesariamente siguiéndolas), pero abajo de toda este voladero de luces muy efectivo y fascinante, descansa una película absurdamente ambiciosa.
Como tantas piezas de la ciencia ficción clásica antes de que el fondo se extinguiera y los cineastas contemporáneos nos se limitaran a entregarnos una mera superficie disfrazada de fondo, Close Encounters Of The Third Kind usó la fantasía futurista como una suerte de excusa para tratar todos esos otros temas que realmente le interesaban a su autor en esa edad. Ante todo, es una película sacramental y propia de un dogma religioso. El mismo dogma del que, por cierto, Spielberg claramente intenta distanciarse -o al menos recapacitar- en Disclosure Day. En segunda categoría, es una película un tanto infantil. Más que por los hombres grises, por el tratamiento de su protagonista, pues cede una serie de libertades propia de la irresponsabilidad más visceral guiado por sus impulsos más personales. De hecho, la actitud de Roy Neary (Richard Dreyfuss) sería potencialmente exitosa en círculos de promoción de masculinidades conservadoras, que por cierto que tienden a ser bastante infantiles.
Disclosure Day tiene diálogos intertextuales con, al menos, todos los puntos trazados previamente.
El personaje equivalente a Roy Neary (Richard Dreyfuss) en Disclosure Day es Margaret Fairchild (Emily Blunt). No solo es un cambio de género muy en la línea de las paces con su propio padre que el director ha intentado graficar en su cine desde comienzos de siglo, sino también una obvia emparentada con The Fabelmans. De hecho, en retrospectiva se hace de lo más obvio: el personaje de Emily Blunt es el espiritualmente sensible, mientras que el de Josh O’Connor (Daniel Kellner) siempre opera por una vía más técnica y calculadora. Y así como Burt y Mitzi Fabelman conciben a Sammy Fabelman (es decir, Spielberg), unión de ambos mundos, Fairchild y Kellner hacen lo propio en su acto de revelación. Nada de todo esto deja de ser meta: los personajes conciben El Día de la Revelación tal como Spielberg concibió su película homónima. Es un gesto muy bello.
Desde otra arista, en cuanto a las paces de Spielberg con la manera en la que históricamente ilustró a sus padres, Disclosure Day también interfiere en el canon por entradas inéditas para su obra (y que redactarlas lamentablemente calificaría como spoiler). No es que el director esté pidiendo disculpas por lo expresado en The Fabelmans. Más bien, está aprovechando de añadir una suerte de epílogo en una nota más optimista. Y no solo respecto a su película anterior, sino también en diálogo con otras mucho más antiguas, como Indiana Jones. The Last Crusade (1989): protagonistas que se conocen, que no se conocen y que viven la oportunidad de volver a conocerse. Todo en todas partes al mismo tiempo.
De hecho, como película de persecuciones y carreras entre distintos equipos por una meta de características sobrenaturales, Disclosure Day está muchísimo más cerca del espíritu de las Indiana Jones originales que esa secuela que dirigió James Mangold hace unos años. Hay que decirlo.
La otra gran película que obviamente antecede toda la filosofía de Disclosure Day es The Post (2017). El noble ejercicio de filmar un intertexto de All The President’s Men (1976, Pakula) fue, además, una declaración de principios tanto o más intensa que la supone Disclosure Day. Y de hecho, más de alguno de esos principios se repite en ambas películas.
Sí, esto admitiría acusar a Spielberg de ingenuo, pues hay efectivamente algo de ello en esa radical confianza en los hallazgos del periodismo, como si estos realmente pudiesen cambiar el curso de la historia. Aunque también hay que atender el caso de que alguna vez ese efectivamente era la realidad. De hecho, cuando se estrenó All The President’s Men, la revelación de la conspiración política bautizada como Watergate seguía siendo uno de los eventos históricos más importantes del Siglo XX. En efecto, lo sigue siendo. Y probablemente nada hacía presagiar ni en 1976 ni en 2017 que el tipo de publicaciones que llevaron alguna vez llevaron a la renuncia de Nixon luego serían tan inofensivas para los dos gobiernos de Trump.
All The President’s Men podría haberse titulado Disclosure Day.
¿Y viceversa? No necesariamente.

Ciencia ficción en 2026 versus Steven Spielberg en 2026
Hace cerca de quince años que se viene haciendo patente la impresión (sí, la mera impresión) de que la ciencia ficción y la fantasía copan el mercado del blockbuster. Nada más lejos de la realidad. Puede haber mucha fantasía, pero también mucha fantasía maquillada como ciencia ficción bajo el manto de la excusa estilística que representa la exposición de denominadores comunes. Eso no es ciencia ficción y, de hecho, no tiene nada que ver con los reales principios del género.
Tampoco hay que ser demasiado avezado en tradiciones narrativas para reconocer aquella ciencia ficción que realmente se pensó comprometida con el género. Existe una suerte de voluntariedad esquiva que, tristemente, en el cine es particularmente palpable por la simple razón de que sus manifestaciones nunca llegaron realmente a las cotas expresadas en la literatura.
A veces pareciera -y ciertamente esto es algo injusto de decir cuando se hace con demasiado determinismo- que la mejor ciencia ficción nunca saldrá de los cuentos, las novelas y los cómics. De hecho, cuando se dan excepciones cinematográficas es justamente gracias a autores como Spielberg. Y sí, también Kubrick, Lang o el propio Carpenter. Incluso sería prudente dar un paso atrás y reconocer que las expresiones audiovisuales más canónicas y fieles al espíritu esencial de la ciencia ficción son más propias de la televisión que del cine. Nunca dejará de ser la casa de The Twilight Zone o Star Trek.
Quizá, es justamente el hambre activa de las producciones televisivas lo que termina por darle celeridad a su mirada del mundo. Es un ritmo que, en contraposición, condena a cualquier película de ciencia ficción dura a cierto carácter monolítico. Sin embargo, son estas mismas las condiciones que dotan de un misticismo atemporal a cada producción cinematográfica. Incluso -de hecho, más que con cualquier otro tipo de cine- con aquellas que se ven tan determinadas por la temporalidad de su salida al mundo. Seguro no lo sabrá Spielberg: tan solo comparemos lo ilustrado en A.I. (2001) con la realidad del día a día.
En parte, la magia de decir algo está en decirlo pronto.
Incluso fuera de la esfera propiamente cinematográfica y narrativa, no se pueden ignorar todas las implicancias de salir al mundo con un producto de ciencia ficción de estas características en pleno 2026. A diferencia de otras miradas contemporáneas más abstractas de la realidad, Disclosure Day ofrece una ciencia ficción cortoplacista y enfocada en cadenas de reacciones inmediatas.
El marketing de Disclosure Day ha jugado ambiguamente con las recientes desclasificaciones de archivos sobre avistamientos de OVNI por parte del Pentágono. No es una estrategia exclusiva de Amblin Entertainment o Universal Pictures. Por poner ejemplos cercanos, en Chile ya se han editado un par de libros al alero del fenómeno. De hecho, la institución más prolifera respecto al diálogo con las desclasificaciones es inherentemente cinematográfica: los documentales (al menos después de todos esos internautas tan orgullosamente precoces en su generación de contenido).
Sin embargo, antes de limitar la nueva película de Spielberg a otro producto más de ese entusiasmo, probablemente sea mucho más justo dar -o al menos intentarlo- con la verdadera brújula del estreno. Puede decirse así: Disclosure Day es un filme sobre estar tocado por la verdad. Se asume que anticiparse a la verdad otorga un importante grado de poder y, bueno, Stan Lee ya les dijo lo que conlleva un gran poder.
En cuanto a si Disclosure Day versa -como tantas veces se ha mencionado los últimos meses- sobre la crisis de fé que representaría la revelación mundial de la existencia de los alienígenas: sí, eso efectivamente está. Pero la cinta acumula su buen kilometraje antes de pasar por ahí (ni se diga detenerse).
Disclosure Day es una suerte de película de Indiana Jones, pero coral. Varias entidades intentan aproximarse a un artefacto desde intenciones y recursos distintos. Y como buena película de Spielberg, la meta se disputa entre el esfuerzo del grupo dotado por esa mirada realmente sensible del mundo y, por otro lado, un poder antagónico de mayores recursos pero de tosca retórica filosófica.
(Sí, hay algo de férrea tradición respecto al esqueleto de esta historia. Especialmente en cuanto a las dinámicas de los protagonistas, otra vez atravesados por ese destino manifiesto justificado en virtuosismo que atravesó no sólo prácticamente todas las películas alguna vez dirigidas por Spielberg, sino también varias que produjo. Para más información, repase el final de Gremlins. Nunca fue más explícito).
Spoiler o no, corresponde decirlo: hacia el final del segundo acto, la carrera por el artefacto pierde algo de importancia en contrapeso al valor de la experiencia propia que supone la realización espiritual inherente al viaje. Más que un recurso cursi, en el contexto de Disclosure Day esta fórmula supone una fuerte presión para la trama, al punto de hacer colisionar ambas búsquedas en una serie de escenas que pueden parecer imposibles de escribir y filmar. Pero, increíblemente, lo hicieron.
Contrario a lo que apresuradamente se ha expresado, Disclosure Day no ofrece necesariamente la imaginación de una reacción colectiva realista a una presencia alienígena. Ni una que los lleve a cuestionar toda su fé ni, en realidad, ninguna otra. La Revelación propiamente tal, al menos para efectos públicos, no ocurre hasta mucho más adelante en el metraje de lo que varios se imaginaron. Algunos críticos incluso se molestaron con esta tardanza. En ese gesto ciertamente hay algo de incapacidad para reconocer aquello de lo que realmente se trata la película. Es como molestarse con la adaptación al cine de Planet Of The Apes (novela de Pierre Boulle filmada originalmente por Franklin J. Schafffner). De hecho, es curioso que no sean entramados demasiado distintos: un grupo de personajes representativos de una sociedad que se asume a sí misma moral y tecnológicamente aventajada se ven sometidos a una serie de eventos que ponen a prueba todas sus ideas sobre su lugar en el mundo, hasta que finalmente se estrellan contra La Revelación.
Sobre Boulle, no es el único autor literario que puede mencionarse en la búsqueda de antecedentes narrativos ajenos a la propia filmografía de Spielberg. Ya se mencionó que la ciencia ficción cortoplacista (que en literatura excede la narrativa en ficción y llega hasta el periodismo) ahora mismo está en una nota similar a Disclosure Day. Sin embargo, hay algo de tradición literaria más de antaño en el postulado de la película. La influencia más patente está en las reflexiones que alguna vez ofreció Ursula K. Le Guin en más de una novela respecto a los contactos o intercambios interplanetarios. Otra bastante obvia y a la que seguro que Spielberg fue próximo en su momento es The Exorcist (1971). Poco comparte su estreno con la película de William Friedkin, pero si intercambia más de una idea sobre la fé y la ciencia con la novela de William Peter Blatty.
Se da una paradoja similar entre The Day The Earth Hold Still (1951, Robert Wise) y Watchmen (1986-1987, Alan Moore y Dave Gibbons). Sin embargo, por muy romántico que sería decir que Disclosure Day toma un postulado de Watchmen, cualquier persona sabe que Moore extrajo la filosofía de su final desde el de The Day The Earth Hold Still.
Si es por mencionar un cómic, el más cercano a Disclosure Day es, con absoluta seguridad, Aliens: Sacrifice (1993, con guión de Mike Mignola y dibujo del propio Dave Gibbons). Tiene los mismos elementos que el estreno de Spielberg, aunque la reflexión es mucho más pesimista.
Por cierto, se recomienda desconfiar de cualquiera que saque El eternauta a colación. La gracia de ese cómic es, justamente, que los argentinos no pasan por ningún momento de revelación que realmente trascienda del mero espasmo o terror. Posterior a La Revelación, se siguen comportando como argentinos de la época y combaten como tal. Si es tanta la desesperación por incluir una obra latina, esta debiese ser el filme argentino Invasión (1969, Hugo Santiago). Nunca se esclarece si la invasión es de alienígenas realmente pero justamente está mucho más centrada en las implicancias de La Revelación antes que en el contenido de esta misma. Por cierto, el guión de esa película lo escribieron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Es un milagro fílmico y literario.

El cine de Disclosure Day
Disclosure Day es una película basada en personajes. Es atendible la crítica hacia cierto determinismo más religioso que virtuoso en la manera en que estos se exponen a su destino, pero también es verdad que la propia película le establece una serie de reglas a su propia ficción que no podrían desenvolverse de otra manera. Es una victoria que hay que reconocerle al guión de Koepp. El guionista mete camiones de información en secuencias magistralmente dosificadas para dar con la serie de reglas que la construcción de mundo necesita establecer antes de hacer avanzar la trama (o, en sus múltiples grandes aciertos, ejecutándose a la par).
En cualquier caso, no es que Koepp no sea capaz de hacer eso por su cuenta (fue guionista de videojuegos, la forma de arte más dependiente del entendimiento de cada regla individual), pero tampoco se puede negar que la sinergia creativa con cada revelación en los encuadres y movimientos de cámara cierren el lenguaje del filme.
Por extensión, es pertinente decir que Kaminski hace lo propio en la dirección de fotografía. No solo en su determinación de tonos para cada escena, sino también al darle el look apocalíptico al filme. Lo que hay de optimismo (que ciertamente hay, y muy bien dosificado) está tan determinado por Kaminski como por Spielberg y Koepp.
Es, de hecho, en algunas secuencias más propias de una necesaria suspensión de la realidad que Spielberg y Kaminski sacan lo mejor de su matrimonio artístico. Las mismas escenas que molestaron a tanta gente en la función de prensa chilena son las que están más dotadas de corazón y terminan cerrando las células temáticas de la línea estrictamente emocional. Son las que solo se pueden dar en completa funcionalidad con la plasticidad fantástica (y literalmente fantástica) de Kaminski.
Es un punto aparte la manera de filmar de Spielberg. No por nada sigue siendo uno de los directores vivos más virtuosos del mundo, así como también uno de los más actualizados. Sí, en esta película hay flectadas de músculo muy en la línea de lo mejor de John Ford o Alfred Hitchcock (revísese Stagecoach y North By Northwest), pero más importante aún, se transparenta el sello de un director que lleva más de setenta años respirando cine. Eso no es automático. Una cosa es envejecer (inevitable), y otra muy distinta es hacerse cargo de la vejez (voluntario). En cualquier caso, esta película está filmada de una manera que a todas luces es imposible para la gran mayoría de los cineastas tanto más jóvenes como con más recursos a su disposición.
El amor por el cine de Disclosure Day es de estándares inéditos incluso en la propia trama. No es solo un tema de lenguaje, y esta es la manera más libre de spoilers de decirlo: las claves están en el tratamiento del material de archivo, lo mismo con cada plano que está atravesado por una cámara (esto acerca a Spielberg mucho más a Kubrick que a alguien como Arthur C. Clarke). Hay una manera poética de ver el periodismo como una sala de montaje megalómana e inclusiva. Spielberg filma esa retórica de manera literal.

Listen
Es una rotunda desgracia que Disclosure Day nunca dejará de ser una mera película más. No es sarcasmo de mal gusto, es la realidad. No es el estreno más grande del año (ni siquiera es el estreno más grande de junio), pero si la mejor película que han visto las salas de cine en mucho tiempo. Sería ingenuo esperar una reflexión mundial respecto a nuestro eventual contacto con los alienígenas. Es más, incluso sería ingenuo esperar muchos debates sobre el determinismo en la fé. Sin embargo, lo que nunca sería ingenuo es esperar que más de algún espectador se vea profundamente tocado por la mano del director. La experiencia de ver Disclosure Day en el cine es lo más cercano en este plano terrenal a la experiencia de Elliot juntando su índice con el de E.T.
Por último, un pequeño resumen del texto que acaban de leer: Disclosure Day, de Steven Spielberg, es la mejor película del año y uno de los estrenos más importantes de todo el cine de esta década. Se estrena el 11 de junio en Chile.
Listo. Esta reseña ya cumplió con algo más que lo esencial.
