Cine

Backrooms: Desaprovechar el mito

Kane Parsons debuta con su primer largometraje, Backrooms (2026). Y aunque le logra dar forma al universo de los backrooms, ignora el propio medio que los consolidó como una fuente de terror.

El creepypasta

El internet no se ha limitado a ser netamente un espacio virtual. A través de los años diversos medios artísticos han retratado la experiencia de habitar el internet desde la perspectiva de sus usuarios, y el caso del cine no es una excepción.

Asimismo, el terror que puede generar la experiencia virtual ya se ha plasmado con anterioridad. Sin ir más lejos, películas de esta década como We are all Going to the World’s Fair (2021) ,de Jane Schoenbrun, han retratado la intersección entre el internet como herramienta de comunicación masiva y como espacio donde se pueden encontrar rincones que resultan cuanto menos siniestros.

En el caso de Backrooms, es relevante comprender el rol que el mito original juega en su narrativa. A partir de una imagen que plasma una habitación inquietante, de paredes amarillas iluminadas artificialmente y sin un aparente fin, usuarios de foros como 4chan comenzaron a crear y compartir distintos creepypastas: historias de terror difundidas de manera virtual.

Principalmente, el mito que rodea la imagen que posteriormente inspiraría al director da cuenta de un espacio liminal por el nombre de backrooms: un lugar infinito fuera de esta realidad al cual se puede acceder de manera accidental, y del que resulta casi imposible salir. A medida que la historia se popularizó, distintos usuarios de internet fueron aportando su grano de arena a la misma—agregando entes malignos y distintos “niveles” a los backrooms.

Luego de crear y publicar una serie de cortometrajes en YouTube basados en los backrooms, Kane Parsons hace su debut directorial en la pantalla grande con un largometraje que promete mucho a los fanáticos del terror virtual, pero que resulta tan vacuo como los mismos backrooms.

La trama

La película sigue a dos personajes: Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto fracasado quién, debido a sus problemas con el alcohol, fue abandonado por su esposa; y Mary (Renate Reinsve), terapeuta de Clark quien a su vez lidia con un propio pasado traumático.

Cuando Clark se da cuenta de que puede atravesar una de las paredes del sótano de la tienda de muebles donde está viviendo, se decide a explorar los límites del espacio desconocido al que es transportado. Luego de que desaparece junto a sus dos empleados, Mary llega a los backrooms con la intención de traer a Clark de vuelta.

Durante su estadía en los backrooms, Clark y Mary se encuentran con entes deformes que se asemejan a personas viviendo en su realidad, sin ser realmente ellos. A pesar de que en muchos casos dichas criaturas no parecen ser una amenaza real para quienes llegan a los backrooms, la realidad es que corresponden a un peligro capaz de costarles la vida.

El internet como mediador del terror

La superficialidad a la hora de abordar los backrooms es esperable; después de todo, parte de su esencia es que es imposible hacerlo. Sin embargo, y de forma similar a los dobles malformados que habitan los backrooms, la película en sí misma funciona como un cascarón vacío que, a pesar de visualmente explorar este espacio liminal de manera eficaz, no abarca las distintas variables que lo hace ser una fuente de terror.

En este sentido, Parsons ignora la importancia del internet como espacio que hace de mediador entre el mito y el usuario, y que como consecuencia se convierte en un facilitador del terror. Siendo los backrooms un espacio incierto e incapaz de ser explorado en su totalidad, no plantearlos como un producto directo del medio en el que nacieron parece una oportunidad desaprovechada. ¿No es acaso el internet un lugar infinito del cuál es casi imposible escapar tal al igual que los backrooms?

Aunque Backrooms cumple a la hora de darle forma física al creepypasta en el que se basa, la película ignora el rol de lo colectivo en el terror on line. El mito de los backrooms no existe en el vacío; fue gracias a internet y al aporte de sus usuarios que éste se viralizó y comenzó a tomar forma. Por consiguiente, la decisión de ambientar la historia en los años 90—décadas antes de la viralización de los backrooms— hace que el papel del mundo virtual que en su minuto sirvió de mediador entre los usuarios de internet y los creepypastas se vea desperdiciado.

El terror inherente a lo desconocido no solo se encuentra en los backrooms. Fueron el anonimato, la información difusa y el misterio de ciertos foros del internet los que consolidaron a los backrooms como una historia digna de ser contada y causar miedo en la audiencia. Por lo mismo, y sin importar cuán fiel la película sea visualmente a los espacios liminales que rondan el internet, Backrooms definitivamente desaprovecha toda una cara de lo que hace a su mito uno de terror.

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