Escrito por Catalina Vives
En un mundo donde el cine contemporáneo suele desconfiar de la narrativa clásica, Rian Johnson vuelve por tercera vez a deslumbrar de manera muy entretenida y lúdica, una forma antigua: el misterio construido con paciencia, pistas visibles y un crimen que ordena el relato. Wake Up Dead Man se inscribe de lleno en la tradición de Agatha Christie y el género policial clásico, que el cine muchas veces trata como un ejercicio nostálgico. Sin embargo Johnson, lo aborda como un mecanismo vivo, capaz de dialogar con el presente sin perder su estructura ni su placer básico: mirar, sospechar y dudar de todos.
La trama de la película trata sobre una muerte imposible que ocurre en el interior de una iglesia. Este tipo de misterio requiere de una construcción ingeniosa y detallista, dos rasgos que definen al trabajo de Johnson, y que funciona como punto de partida para un sin fin de “desenlaces” cada vez más denso, donde la lógica del “cuarto cerrado” se mezcla con la temática de líder mesánico, la moral de la Iglesia Católica, luchas de poder y las comunidades religiosas, de una manera tan sutil y bien lograda que no se siente como una crítica, sino que logra todo lo contrario.

Daniel Craig regresa como el ingenioso detective Benoit Blanc, mientras que Josh O’Connor, uno de los actores más talentosos del cine contemporáneo, se hace cargo del rol protagónico del padre Jud, un joven cura con un pasado complicado, que dejó atrás el boxeo para dedicarle su vida a Dios. Este personaje que navega las contradicciones de la religión y la fe, pero también tiene que poder jugar con el humor, se convierte en el eje emocional del relato. A su alrededor, un excelente elenco encabezado por Josh Brolin y Glenn Close aporta capas de sospecha y conflicto, aunque no todos los personajes alcanzan el mismo espesor narrativo.
Fiel a su estilo, Johnson complica la trama hasta el límite, privilegiando el sentido temático por sobre la limpieza del rompecabezas. El misterio se vuelve enredado y, en más de un momento, difícil de resolver para el espectador, pero esa opacidad parece deliberada: aquí importa menos descubrir al culpable que observar cómo el crimen deja al descubierto las grietas de un sistema de creencias. Con una puesta en escena sobria, una fotografía apagada y un tono más serio que el de entregas anteriores, Wake Up Dead Man confirma la habilidad de Johnson para apropiarse de un género clásico, hacerlo suyo, y entretener siempre al espectador, incluso cuando eso implica incomodar las reglas del juego.
