Cine

Wild Horse Nine, de Martin McDonagh: Todavía quedan muchas aristas

Guionistas y directores de renombre habrá siempre. La apreciación meramente calificatoria de cualquier tipo de arte naturalmente limitará la obra a tan solo eso: una expresión artística que solo puede existir en sus dimensiones binaria de buena o mala. Para una película como Wild Horse Nine (2026) -y sobre todo en un país con facultades de discusión cinematográfica tan deficientes como Chile- ese tipo de conversaciones no es particularmente útil. Antes de cualquier comentario sobre la película, ha de asumirse al autor encima a todo momento. En este caso, es simplemente imposible desligar a Martin McDonagh de la ecuación. No tanto por lo fácil que es nombrarlo y atribuirle virtudes o vicios, sino por el gran gesto del que se hace cargo estrenando una película así. De hecho, tanto la película como este texto (pero sobre todo la película) tienen muy poco que ver con Rapa Nui o el golpe de 1973 como la superficie invita a hacer pensar.

Sí, es una película sobre un grupo de agentes de la CIA en Rapa Nui unos días antes del 11 de septiembre de 1973. Sí, eso efectivamente es así, pero tan solo en la superficie.

El estilo de los elementos

Es sano reconocer que McDonagh tiene lugares comunes, tanto en lo temático como lo formal. Con seguridad, su carrera como dramaturgo le ha abierto puertas a otras formas narrativas cinematográficas que difícilmente se podrían ver de otra forma en el cine comercial de los últimos quince años. No necesariamente porque falten guionistas a la altura en la industria (aunque se puede hacer el caso de que efectivamente es así), sino más bien porque incluso lo que se entiende como una película canónicamente celebrable ha variado lo suficiente para alejarse de la firma más tradicional de McDonagh. De hecho, es bueno reconocer que en alguna etapa del último cambio de siglo, toda una industria del cine se vio beneficiada por los códigos del teatro. Y eso abarca desde Charlie Kauffman hasta el mismísimo Quentin Tarantino. Es la época del cine comercial estadounidense que, desde Miramax, determinó lo que toda una generación entendería sin cuestionamientos como una buena película.

Contraintuitivamente, McDonagh no se limitó a filmar grandes guiones de manera escuálida. A lo largo de su carrera, se ha ganado una dimensión adicional como director. Es un trabajo de simbiosis creativa que logró altísimas cotas en películas como In Bruges (2008) o Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (2017), así como eventualmente también dejó entrever cierta literalidad menos sensible en The Banshees Of Inisherin (2022). Para efectos de Wild Horse Nine, McDonagh logra ponerse a la altura del paisaje irresistible de Rapa Nui. Aunque también se toma ciertas libertades plásticas propias de alguien como Wes Anderson para suprimir la densidad de su relato. Acaso el aspecto extra cinematográfico más chocante de Wild Horse Nine: las libertades creativas que admite el tiempo. Al menos para un irlandés, porque el tono Wild Horse Nine sería impensable para una producción nacional. No es un capricho señalarlo, las películas chilenas sobre el golpe que efectivamente se toman libertades creativas de tono sufren de su tosca prudencia. Es más, Wild Horse Nine puede delatar fácilmente lo atrasado que está el cine chileno respecto a su literatura coterránea. En términos de ambición, la película de McDonagh solo se puede comparar con libros chilenos.

Fuera del obvio ejercicio de Costa-Gravas en Missing (1982), la gran producción cinematográfica más cercana en espíritu y filosofía a Wild Horse Nine debe ser The Ninth Configuration (1980). Se trata de un filme de William Peter Blatty (sí, el autor de la novela original de El Exorcista) que tuerce la historia del siglo XX desde la irreverencia que solo la distancia del tiempo admite. A los pocos minutos de Wild Horse Nine se entiende que McDonagh pretendía hacer lo mismo. Naturalmente, desde su estilo. Y si bien es cierto que su nueva película está lejos de atender el nivel de urgencia social que tuvieron Three Billboards Outside Ebbing, Missouri o The Banshees Of Inisherin en sus respectivos estrenos, McDonagh sí es capaz de abordar aspectos más íntimos de las relaciones humanas. Es una retórica muy propia de William Shakespeare (la misma que algunos más ingenuos creen que se inventó con Succession) entablar una discusión sobre la intimidad desde los ejes del poder más inhumanos. Por ese lado de Wild Horse Nine aparece otra constante del cine de McDonagh: su reserva a dictar juicios morales aún cuando sus películas le ofrecen escenarios perfectos para reafirmar cualquier idea ya aceptada como políticamente correcta. To beat a dead horse, como dicen los anglosajones. Es lo que a mucha gente obsesionada con los mensajes literales le molestó tanto de Three Billboards. En cualquier caso, en 2017 todavía existía una capacidad de diálogo que hoy es simplemente inadmisible. En una era tan cínica, McDonagh sale ganando por su capacidad de poner tantas cosas en perspectiva con Wild Horse Nine.

Una vez aceptadas las verdaderas intenciones de Wild Horse Nine, muchos problemas que fácilmente pueden desprenderse desde las expectativas a un filme de estas características quedan anulados.

Los elementos del estilo

Deconstruir Wild Horse Nine desde sus componentes individuales es bastante fascinante. Justamente, por lo bien que se paran individualmente. Ambos actores de roles protagónicos, John Malkovich y Sam Rockwell, desprenden actuaciones impresionantes para una película de un tono tan único. Ambos actores inventan su propio lenguaje para encajar con una forma y estilo que parecen mucho más canónicos de lo que realmente son (es un logro comparable con el de Tom Hanks en Toy Story). Especialmente Malkovich. De hecho, más allá de si gira en torno una película virtuosa o no, la campaña para darle un Oscar a Tom Cruise por Digger (2026) simplemente se puede dar por anulada. No pasará con esta actuación de Malkovich al lado.

Fuera de las actuaciones (entre las cuales, por cierto, Mariana DiGirolamo no destaca particularmente al lado de otros roles secundarios del cine de McDonagh), la manera en la que McDonagh dispone sus elementos políticos y sociales sigue siendo, con distancia, lo mejor de la película. Aunque al final, hablar sobre esos elementos del estilo es insistir en los elementos de su estilo (que no es lo mismo pero es igual, como famosamente expresó Silvio Rodríguez cerca de la época de los eventos de Wild Horse Nine). Es sano asumir que lo último de McDonagh vale más por lo que proyecta que por el desglose de sus individualidades, aunque estas también reluzcan notoriamente. El guion tiene toda una serie de giros impresionantes que, en una retórica muy prudente y artísticamente consciente, orbitan alrededor de una gran idea mucho más grande que cualquier titular con el que los medios chilenos (infames por su manera de aproximarse a Wild Horse Nine) han intentado limitar esta película para que quepa en una caja comunicacional.

Al final, a McDonagh le interesa entablar un diálogo sobre la muerte, el arrepentimiento, la camaradería y la distancia que otorga la edad. Si Chile saca un tercer Oscar en esta pasada (bastante improbable), poco y nada tiene que ver con la ambición de Wild Horse Nine.

Tanto desde su humanidad como desde su logro estilístico y técnico, Wild Horse Nine es un genuino aporte al ecosistema cinematográfico contemporáneo, así como también un paso importante a la carrera de McDonagh (aún cuando no solo está lejos de ser su mejor película, sino que ni siquiera es particularmente mejor que la anterior, The Banshees Of Inisherin). Y con todos los problemas plausibles que puedan identificarse, no deja de ser un panorama obligatorio para entusiastas del cine.

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