Cine

El laberinto del fauno: 20 años de fantasía y resistencia

Escrito por Ignacia Pezoa

A dos décadas de su estreno, El laberinto del fauno se mantiene como una de las producciones más oscuras y perturbadoras del cine fantástico. La obra maestra de Guillermo del Toro no sólo consagró la carrera de este director mexicano, sino que demostró que los cuentos de hadas pueden ser una forma de narrar los traumas históricos y los horrores reales.

Esta cinta se sitúa en la España de 1944, en un país destruido tras la Guerra Civil y en los primeros y más oscuros años de la dictadura de Franco. La película sigue a Ofelia (Ivana Baquero), una niña de unos diez años y amante de las historias de fantasía, quien se traslada con su madre embarazada (Ariadna Gil) hacia un campo militar en medio del bosque. Allí las espera el Capitán Vidal (Sergi López), su nuevo padrastro, que resulta ser un militar despiadado.

Como por arte de magia, Ofelia encuentra refugio en un antiguo laberinto en donde – por supuesto – habita el Fauno (Doug Jones). Esta criatura aparece por la noche y le asegura que ella es, en realidad, una princesa en el mundo subterráneo y que puede reclamar su trono si cumple unas misiones peligrosas en este universo fantástico.

“La magia no existe, Ofelia. No existe ni para ti, ni para mí, ni para nadie”

Desde los primeros minutos del filme del Toro devela el tema recurrente en esta historia. Ofelia se encuentra con su madre viajando escoltada por los militares franquistas, leyendo un libro de fantasía, cuando el auto debe detenerse por el complejo estado de salud de su madre. La niña se aleja un poco de la caravana y se encuentra con una mantis. Le dice a su madre “vi un hada” y nadie le toma importancia.

Ofelia se mueve constantemente entre el mundo real y el mundo fantástico en donde habita el fauno; cada uno sirve como la vía de escape del otro. La realidad es horrible. Esta es la historia desde el punto de vista de una niña sobre las consecuencias de la guerra civil española y la instalación del régimen franquista, quien además debió abandonar su ciudad con su madre en un estado de salud deplorable.

El mundo del Fauno tampoco es suavecito y acogedor como los cuentos de hadas tradicionales. Por el contrario, el Fauno le pide a Ofelia completar tres misiones para ponerla a prueba en las que debe adentrarse en un universo oscuro lleno de barro, baba y monstruos asquerosos. Sin embargo, aquí hay magia y posibilidades. Hay resistencia.

La idea de la dualidad está muy presente en esta película, no sólo entre realidad y fantasía, ni entre franquismo y la Resistencia Republicana, sino también entre la adultez y la infancia. Y es en este sentido que aparece la idea de la magia como resistencia. La madre le dice “la magia no existe, Ofelia. No existe ni para ti, ni para mí, ni para nadie”, intentando que se rinda. La única persona adulta que deja que Ofelia descubra el bosque sin desestimar sus relatos es Mercedes, una ama de llaves que de manera secreta colabora con la resistencia.

Ofelia no usa la fantasía para huir del dolor, sino para procesarlo y enfrentarlo desde sus propias reglas. Es esa mirada infantil que hace que la película se vuelva tan memorable: los monstruos están en ambos mundos y desobedecerles parece ser la única escapatoria.

Efectos prácticos en pleno auge del CGI

El apogeo dosmilero del CGI (Computer-Generated Imagery, o en español Imágenes Generadas por Computadora) nos brindó increíbles personajes interpretados por captura de movimiento como Gollum en El señor de los anillos: Las dos torres (2002) o Davy Jones en Piratas del Caribe: El cofre de la muerte (2006). Sin embargo, para la misma fecha, Guillermo del Toro apostó por los efectos prácticos.

El laberinto del fauno es, sin duda, una cinta recordada por su increíble diseño de personajes. El Fauno resulta encantador, enigmático y – a la vez – amenazante. Mientras que el Hombre pálido es, quizás, uno de los monstruos más feos que se han visto en la pantalla grande. Su cara sin ojos y su cuerpo con la piel colgando es una imagen difícil de olvidar.

Detrás de estas criaturas se encuentra el talento del actor Doug Jones, quien dio vida tanto al Fauno como al Hombre pálido bajo capas de látex, espuma y horas de caracterización diaria. Así, en lugar de depender exclusivamente de las pantallas verdes y retoques digitales, del Toro confió en la expresividad corporal de Jones para este resultado tan hermoso y vivo como perturbador.

La construcción de este universo hecho a mano y su amor incondicional por los monstruos no quedó como un hecho aislado, sino que se volvió un precedente para sus trabajos más recientes como La forma del agua (2017) – en donde el mismísimo Jones interpreta al Hombre anfibio –, Pinocho de Guillermo del Toro (2022) y Frankenstein (2025).

Un compromiso con el arte práctico cuya excelencia quedó demostrada desde aquel 2006, cuando los diseños protésicos, de vestuario y de maquillaje, como también las miniaturas de las locaciones fantásticas de El laberinto del fauno, ganaron varias estatuillas, incluyendo los Óscar por Mejor Dirección Artística, Mejor Fotografía y Mejor Maquillaje.

Reestreno en la gran pantalla

Definitivamente, El laberinto del fauno es una historia que vale la pena volver a revisitar, ya sea por su carga histórica o para volver a encontrarse con estas criaturas capaces de quitar el sueño. Y como las buenas noticias abundan, con motivo de la celebración de sus veinte años, la cinta estará disponible desde este mes en distintas salas de cine del país.

Con humor, el mismísimo Guillermo del Toro en su cuenta de X (ex Twitter) está haciendo la campaña para que Digger, la película de su compatriota Alejandro González Iñárritu, y El laberinto del fauno se conviertan en el Barbenheimer del 2026. Nombró esta campaña Pandigger.

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