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Grouper en Chile: Alguien rompió una ventana

Escrito por Nicolás Merino

Fotos por Alejandra Besoain

La idea de tener a una artista como Grouper presentándose en Chile no es ni obvia ni de ejecución automática, como sí lo pueden ser tantos otros conciertos de esa nueva cultura de mediano alcance que proliferó con tanta fuerza después de la pandemia. Hasta hace algunos años, la idea de ver a Grouper en vivo ni siquiera podía pensarse como difícil. Simplemente estaba descartada. Y no solo Grouper, también otro montón de bandas que, con su casa en el internet (al menos, para efectos de la experiencia del chileno entusiasta de la música promedio), difícilmente se podían proyectar aproximaciones certeras respecto a su potencial convocatoria.

Hoy, entre fanáticos de la música chilenos, es materia de cada semana. Literalmente. El caso de la fecha de Grouper entra ahí. Incluso en términos vivenciales, la fecha se terminó concretando en el Teatro San Ginés, a tan solo unas cuadras del epicentro musical que es la calle Ernesto Pinto Lagarrigue. La experiencia tuvo algo de familiar.

Para el caso particular de una artista tan próxima a la electrónica, ha de considerarse el concierto como una chance de apertura a otra cultura adyacente a la institución de la música en vivo. Sobre todo, de nuevo, considerando que la ventana a estos artistas en Chile está completamente mediada por el internet. Hay algo de surreal en la manera en la que se matizan experiencias que probablemente no estén insertas en ningún esquema que permita predecir cómo reaccionar o comportarse ante eventos así. En cualquier caso, la inocencia del escenario es perfecta para disfrutar la música como solo la propia música es capaz de impedirlo.

Liz Harris en Santiago

El show de Grouper partió puntualmente a las 20:45. Arrancó con ‘Invisible’ en paralelo a una película de Dicky Bahco que acompañó a la artista durante todo su concierto. A veces, coincidiendo, otras no tanto. O no en el sentido más bruto y grueso de la aplicación del lenguaje cinematográfico a aquellas expresiones esencialmente musicales.

Esa decisión tiene dos lecturas. La primera, que sinceramente es la más realista, atiende que esta manera de filmar simplemente admite una ambigüedad temática. Lo cual inevitablemente se hace perfecto para una artista con los intereses de Grouper. La otra manera de leer esta sinergia creativa, es reconociendo que ciertas corrientes de la electrónica -y especialmente quienes las discuten- apelan a la filosofía de expresarse en el marco de una forma de arte, pero intentando replicar otra. En este contexto, al sumarse a una forma de cine -referencias y pasajes puntuales afuera- cuyos resultados son tanto o más ambiguos que aquellos con los que generalmente da esta música, la simbiosis es francamente perfecta. Al menos, para efecto de los cometidos de la fecha.

No, esto en ningún contexto es Koyaanisqatsi. Aún cuando a quienes discuten el ambient (y en particular el ambient) les convendría que cada pieza musical tuviera su Koyaanisqatsi a mano.

Y es más, el carácter etéreo no fue el dominante en el concierto. De hecho, ella no tardó demasiado en sacar su guitarra para ir con ‘I’m Clean Now’ y ‘Headache’, la integridad del EP Paradise Valley (2016). Para efectos de un concierto de estas características, el contraste entre esos cortes de dream pop aterrizados a una estructura convencional y la ambigüedad etérea del resto de su cuerpo de trabajo, inevitablemente sentó un tono. Sobre todo, considerando ciertas normas del internet por las que pasa la escucha de música actualmente.

De hecho fue la lógica que, de manera un tanto más aireada, se repitió en los siguientes cortes del concierto. Luego de las canciones de Paradise Valley, dió un repaso por su split con Inca Ore publicado en 2007. Por aquel entonces, Grouper aún no se desligaba totalmente de ciertas estructuras de canción más aterrizadas, aunque demostrara amplio dominio de las mismas herramientas que posteriormente explotaría con tanta eficiencia usándolas para lo contrario en A I A: Alien Observer (2011).

Es innecesario intentar establecer una suerte de rivalidad entre las dos esferas en las que se mueve Grouper, que básicamente se pueden reducir a las que tienen dream pop y las que no. No solo se trata de un debate frívolo, sino que la propia discografía de la artista no admite demasiado debate, puesto que tampoco se puede hablar de etapas comprometidas de lleno con algún cariz. Eso sin considerar que dos de sus álbumes más celebrados, Dragging a Dead Deer Up a Hill (2008) y Ruins (2014), ofrecen un punto medio.

Habiendo establecido cierto lugar a esa discusión, también es verdad que determinar las diferencias en los intereses de la artista termina siendo particularmente útil para el juicio de un concierto. Al menos, antes que para un cuerpo de trabajo en estudio. Y sí, que Grouper omita deliberadamente buena parte de la obra maestra  A I A: Alien Observer puede limitar un concierto de Grouper en uno de esa Grouper.

Lo cual, por cierto, también admite puntos altísimos.

La cultura de las expresiones musicales adyacentes a la electrónica  en vivo tiene toda una serie de debates cuasi morales respecto a su propia naturaleza. Cuándo es en vivo, y cuándo no. Naturalmente, buena parte de lo expresado por Grouper ayer fue, antes que cualquier otro apelativo, literalmente expresado. Y qué más coherente que desenvolverse así en el 2026, cuando la exigencia de las audiencias por mantener cierta naturalidad viene acompañada de un cinismo brutal en tanto se aleja diametralmente de sus propios comportamientos. Y, de hecho, que Grouper se pare en un escenario a volcar su corazón a través de música que descansa sobre una base ya grabada y no literalmente interpretada -aunque si preformada– es lo que termina por justificar la propia realización del concierto.

La tecnología permite escucharla en cualquier contexto. Un concierto obliga a verla contra su propia música en un contexto de reglas particulares. Y cuando se trata de música tan expresiva y de cierta cultura francamente lejana a las grandes exposiciones masivas, es necesario incluir en las reglas de la experiencia un fiato -o una distancia- con la manera en la que se aterrizan las canciones.

Luego del paso por ‘Dragging the Streets’ y ‘Heavy Water / I’d Rather Be Sleeping’, tanto música como cine se elevaron en un bello puente entre ‘Alien Observer’ y la climática ‘I Saw a Ray’. En teoría, no había otra forma de cerrar que con esa explosión cacofónica en ‘I Saw a Ray’. Y sin embargo, Grouper logró incluir una nueva canción desde una transición a partir de ese final falso.

Santiago desde Liz Harris

La modestia generalizada que atravesó todo el concierto también impregna su propia filosofía y retórica artística. Eso no es necesariamente un punto negativo. Prácticamente cualquier adjetivo positivo que se le pueda adjudicar al concierto será correcto.

La primera visita de Grouper a Chile califica como el tipo de concierto que finalmente termina por permitir naturalizarse con otra manera de entender el arte. Al menos, la disciplina de la música en vivo. Por otro lado, y desde una perspectiva más casual, simplemente es un gran show de la responsable de una gran discografía. No es para tanto.

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