Live Review

Grítalo Fest en Club Ámbar: La gran elite del metal chileno

Escrito por Juan Pablo Ossandón
Fotos por Alejandra Besoain

 

El sábado 20 de mayo el Club Ámbar fue la sede de un suceso más bien único. Uno que materializó y concretizó una fotografía detallista de la actualidad del metal chileno, que, entre distintas propuestas aledañas al metal extremo, sí dio muestra gráfica de la diversidad que se percibe en este espacio. Después de todo, cada banda tiene su propia historia y recorrido, y la forma en que las canciones de Éntomos, Chances, Lefutray, Austral, Cries y Ley del Caos tomaron forma en la primera versión de Grítalo Fest fue ejemplo suficiente para dejar al descubierto distintas fibras del propio pensar y sentir.

Así, y bajando la abstracción anterior, cada una de las bandas encarnó un concepto o idea en específico, presentándose como expresivos recipientes de ideas transversales que recorren el pensamiento humano. En otras palabras, había para todos los gustos.

Ley del Caos y la enajenación

Entendiendo la enajenación como aquella respuesta del cuerpo por resistir dolores extremos, en un intento desesperado por ignorar el sufrimiento al punto de perder la razón, el bullicio desatado por Ley del Caos bien que puede sostenerse como una analogía de ello. Se tomaron muy en serio el ser la primera banda del itinerario del festival, rompiendo con las estrategias comunicacionales y sociales de carácter automático de los asistentes, incitándolos a dejarse la vida al ritmo de piezas como «Posesión Infernal», «Instintivo» o «Degradado». De esta forma, su death metal abrasivo y urgente revistió un carácter insidioso que dominó por completo cualquier tipo de expresión, recreando una danza de cabelleras oscilantes e incansables que levantaron el precedente inicial de una noche a recordar.

Chances y la introspección

Existe cierta poesía en como la introspección emocional funciona, y es su mismo sentido lo que explica lo atrapante que puede llegar a ser. Es que la impronta escénica con Chances se deja ver, muestra a una agrupación viviendo las desavenencias de un metalcore camaleónico y polimorfo, que pareciera trabajar más desde el impresionismo que desde cualquier otra cosa. Dicho sea de paso, la vorágine de emociones contenida por cada integrante –y en especial de Tamara– es tal, que no hay ningún nivel de introspección capaz de retener el destello fulminante que resulte de eso. Imposible, si los matices presentes en la distancia entre temas como «Primero en Caer» y «Condena» no dejan ningún rincón emocional sin cubrir. A tal punto de que llega a ser difícil seguir el recorrido que dichas piezas dan. No hay patrón preconcebido que pueda calzar con sus plot twists rítmicos y melódicos, y es esa disonancia cognitiva la que presenta nuevas posibilidades que explorar, así como se vivió en «Panóptico» y «Sendero». Tras el último baquetazo, no había más que expresiones faciales incrédulas ante lo que acababa de pasar.

Cries y el horror

Aunque el horror no es un sentimiento para nada agradable de sentir, la verdad es que sí despierta un instinto al que no hay que desconocer. Nos alerta y agudiza nuestros sentidos, y los horrores presentes en los relatos vívidos de las letras de Cries son una bofetada desconcertante que remece nuestros propios cimientos. Así, sus escabrosas historias de asesinatos en Latinoamérica despertaron el instinto primal de una multitud que no fue capaz de ignorar el portentoso impacto de su death thrash metal, y ¿cómo canalizamos tanto? Bueno, antes de hallar cualquier respuesta teórica, el agresivo baile del circle pit se materializaba con temas como «El Ritual de la Sangre» o «El Crimen de la Secta», en una instancia en el que la transferencia del dolor y la emanación de adrenalina permitió levantar las temperaturas para mantener al cuerpo ágil, alerta y despierto ante cualquier amenaza. De esta forma, totalmente absortos en el peligroso momentum, tanto la voz como guitarra de Cries se escabulleron al rojo vivo de lo que sucedía en la pista, la cual se encontraba bañada bajo la estela tenue de un rojo intenso y desafiante.

Austral y la conexión

En ecuaciones complejas de cromosomas y ADN es argüible que todas las personas somos distintas una de la otra, pero al mismo tiempo, los elementos en común que nos componen como el espacio físico y social en el que nos situamos representan puntos de encuentro que puedan llegar a configurar arquetipos de mutuo entendimiento. En ese sentido, la propia convicción de Austral por no olvidar el horror al que se enfrentaron diversos pueblos originarios –como el selk’nam–, encuentra la conexión con aquello que es trascendente a todo: la vida. Con la ira burbujeando a borbotones, los cánticos formidables de canciones como «Newen» o «Kloketen» despertaron la unidad en un Club Ambar que miraba asombrado las siluetas contrastantes en el brillante azul que adornaba el recinto. De ahí, el propio carisma convocante de la vigorosa voz de Nicolás fue capaz de alzar varias de las grandes postales de dicha noche, en la que las canciones «Atsowen» y el cierre con «Cacería» develaron un contundente mar de voces.

Éntomos y el existencialismo

El momento en el que nuestra atención es capaz de vislumbrar el caos residente en el tejido social y en la propia individualidad –y el respectivo diálogo entre ambos–, las contradicciones se muestran particularmente marcadas en el panorama, y con ello, los propios cuestionamientos que atormentan nuestras mentes. ¿Qué se puede hacer con ello? Suena complejo y abrumador. Pero Éntomos abraza todas esas vicisitudes y se dejan nutrir por cada uno de los postulados que puedan habitar éstas. A tal punto que, aún en su matriculada dificultad rítmica de una noción progresiva de carácter extremo, no hubo ni una sola alma que no quisiera compartir sus inquietudes coreando grandes tracks como «El Miserable Poder del Ego» y «Cáncer». Miradas atónitas de aquellos más calmados corporalmente veían a una masa enrabiada dirigiéndose en un sentido errante en un círculo imperfecto, en el que el lenguaje de la agresión combinaba con el panorama que intentaban retratar canciones como «Disidente», el vanguardista cover de «Maldito Sudaca» de Los Prisioneros, o bien, la epítome absoluta con «Leviatán». Todo el mundo abrazó la incertidumbre.

Lefutray y la distopía

Asumiendo el desfavorable destino que enfrenta nuestra civilización en una época en la que vemos todo tipo de horrores azotar este mundo, no es fácil mantener la vista gorda. No, en lo absoluto. Pero como mínimo sí existen formas en la que la aceptación de dicha distopía tome algún tipo de sentido para nosotros, aunque sea desde su propio carácter penitente. Bueno, eso es algo que Lefutray entiende y plasma muy bien en sus canciones, que con un death metal con un apartado rítmico trabajado de forma bastante detallista, configura un discurso al que es imposible mantenerse aparte. Aún si es que la audiencia se veía algo agotada por la extensa jornada de metal extremo, siempre habrán entusiastas que se encarguen de expresar con ímpetu el peso abrumador de piezas como «World Infected», «The Wolves» o incluso exclusivas como «G.O.D.». Y si es que vivimos el final de los tiempos, no nos iremos sin antes dar un grito descarnado a los cielos con «The Mist».

El Grítalo Fest llegó para quedarse. Una verdadera institución en la que se darán a futuro las radiografías más precisas del género en nuestro país, y con el tremendo éxito a nivel logístico –en todos los sentidos posibles– que tuvo el evento, es de seguro que seguirán viendo como crece. El pulso prístino de sus deseos será suficiente para llevar esto a horizontes inimaginables. Realmente, bravo.


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Juan Pablo Ossandón

Director de Expectador.

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