Escrito por Oscar Cortés
Fotos por Sofía Furniel
El paso del tiempo nos llega a todos, es un hecho inevitable. Con cada año que pasa, algunas acciones cuestan más y el cuerpo en general se va debilitando. Nadie puede salvarse. Ni siquiera nuestros grandes iconos del rock latinoamericano, aquellos que siempre fueron vistos como inalcanzables y llenos de energía. Por eso mismo, seguir cumpliendo expectativas es una tarea dura, pero hay alguien que sigue en pie de guerra, demostrando cómo afrontar con inteligencia la edad y seguir entregando un show completo en todas sus palabras; Andrés Calamaro.
Y es que este pasado martes 25 de agosto, El Salmón aterrizó en un Movistar Arena que lo esperaba con mucha ansia. No solo por venir de una gran seguidilla de conciertos en Argentina, sino porque es ese tipo de icono que siempre da gusto ver, una leyenda viviente. Una capaz de generar felicidad en quienes disfrutan su arte, como aquella pareja que tuve delante de mí en los asientos y celebraron apenas encontraron su lugar en el recinto.

Con unos 15 minutos de retraso, la banda entró al escenario y con un look casi buscando pasar desapercibido en su propio recital, apareció Andrés Calamaro. Un gorro bastante más grande de lo que debería usar, unos lentes negros y su guitarra colgando desde el hombro. No habló mucho antes de partir. Agradeció la presencia del público chileno y la música comenzó.
Al ser mi primera vez viéndolo en vivo, tenía dudas con respecto a cómo podría sonar, pero me bastaron 2 segundos para entender que era un problema sin reales causas. Su voz se sentía como debería sentirse. Me recordó instantáneamente a diferentes momentos de mi vida, donde su música me acompañó a veces queriendo y otras muchas sin darme cuenta.
Y es que creo firmemente que artistas como Calamaro, son aquellos que siempre están sonando en nuestra cultura. Lleno de clásicos que conoce toda la familia y que siempre vas a poder cantar de principio a fin. Quizás El Salmón también lo tiene claro, y por esa razón este concierto desde el minuto uno se sentía como esa recopilación de grandes éxitos.

“A los Ojos”, “Crímenes Perfectos”, “Mi Gin Tonic” y saltando a canciones más contemporáneas como “Rehenes” o “Algún Lugar Encontraré”, demostraban que la elección del setlist era una muy bien pensada; desde Los Rodriguez hasta un guiño a Los Abuelos de la Nada y pasando a él como solista en diferentes etapas. Todo se sentía muy cohesionado, permitiendo disfrutar continuamente del show.
Entre medio, como no podía faltar, se sentía constantemente el: “Ole Ole Ole, Andrés Andrés”, una frase que cada vez sumaba más adeptos y fuerza a medida que el tiempo pasaba. A su modo, el artista agradeció sin dar muchas palabras. Tampoco se sentía lejano, pero si se presentó de una manera más cohibida a mi parecer. Se alejó de esas cuñas fuertes o de esas frases que buscan criticar, más bien agradeció constantemente poder volver a nuestro país.
Tras esos continuos y breves agradecimientos entremedio de canciones, siguieron temas como “Mil Horas”, “Maradona”, “El Salmón” y “Mi Enfermedad”, llevando al público a cantar, bailar y agitar sus manos como si en un partido de fútbol se encontrasen. Unos momentos increíbles que generaron en el público grandes emociones y convirtieron el Movistar Arena en un verdadero karaoke.

¿Sobre el final? Lo que muchos esperaban: “Flaca” y “Sin Documentos”. Dos canciones que a su forma han sabido vivir en el inconsciente colectivo y en la cultura de nuestra música desde hace ya muchos años, transformándose en absolutos temas históricos. El público bailó, cantó, saltó y coreó de inicio a fin. Sin duda, una forma magistral de terminar un recorrido por la historia de El Salmón.
Y si bien faltaron algunas canciones, creo firmemente que existen artistas que se pueden permitir este lujo. De hecho, todo el público en el Movistar Arena creyó lo mismo y apenas Andrés Calamaro marcó el fin del show, los aplausos se alargaron sin cuestionamientos. Tal como se merece una leyenda como Andrés. Tal como se merece una leyenda.
