Escrito por Baltazar Chuaqui
Cinco años después del estreno de Spider-Man: Sin Camino a Casa (2021), el trepamuros regresa a la pantalla grande con una cinta que prometió ser distinta desde que tuvo luz verde. Marcada por retrasos en su preproducción, que incluyeron una pugna por el rumbo que tomaría el guion, el Peter Parker de Tom Holland regresa en su historia más íntima y humana hasta ahora bajo la dirección de Destin Daniel Cretton. Este enfoque humanista es el triunfo de Holland, que peleó por darle a los fans lo que querían y, según cuenta, saltó de alegría cuando leyó el borrador que se convirtió en la versión que llegó a los cines.
Marcada por un traje más fiel a los cómics que el portado por Holland en las películas anteriores, la ausencia total de Tony Stark o sus asociados y el cliffhanger de la entrega anterior —en el que Peter Parker decide ser olvidado y vivir solo como Spider-Man—, la película tiene mucho con lo que emocionarse. Constituye un segundo primer capítulo en la historia general del héroe co-creado por Steve Ditko y Stan Lee, por lo que tiene que reintroducir muchos elementos, pero también posee el espacio para crear nuevos.
El guion es el mejor que ha recibido Holland y en muchos momentos es redondo y explora de manera íntegra sus temas; la acción está mejor coreografiada que nunca, y Cretton es capaz de hacer encuadres competentes y dirigir con confianza, algo de lo que Jon Watts —su antecesor, encargado de la trilogía original de Spider-Man en el MCU— jamás fue capaz.

Algo también ausente en la llamada Home Trilogy y presente en esta cuarta parte es el drama, puro y duro. Donde antes había excursiones a Europa llenas de confusiones adolescentes que se resolvían al instante, ahora los problemas son duraderos y más intensos, lo que le permite a Tom Holland y Zendaya exponer su madurez actoral con escenas de conversaciones que definen la cinta y no luchan por hacerse espacio en ella.
Cuenta con la participación de tres superhéroes de Marvel como elemento de apoyo y la inclusión del personaje de Sadie Sink, que sin duda será un pilar fundamental del universo de aquí en adelante, y se las arregla para que ninguno de esos elementos distraiga del núcleo de la historia. Es más, en casi todos los casos, da pie a relaciones entrañables que generan algunos de sus momentos más memorables.
Esta entrega tiene elementos de drama que no se ven mucho en el MCU, pero también recae en los problemas que tiene una producción típica de Marvel. Si bien prometía ser el regreso que tantos buscaban después de Avengers: Endgame (2019), se siente en conflicto consigo misma, con un enfoque tripartito.
Primero se presenta como una aventura de Spider-Man “tradicional”, con recreaciones de portadas de cómics —llenas de colores en papel, y grises en el cine—, envuelta por la entrañable rivalidad-amistad con el Frank Castle de Jon Bernthal. Luego, como una historia sobre el duelo y los problemas interpersonales que produce la soledad de Peter Parker luego del final de la película que reunió a los tres Spider-Man, y que nunca se terminó de sentir como el sacrificio inevitable que se suponía que era. Por último, como un recorrido lleno de clichés y peleas a través de un mundo de superhéroes, que no olvida su lugar como un capítulo más dentro de la gran serie de televisión que es el Universo Cinematográfico de Marvel e introduce elementos que no corresponden al universo tradicional del hombre araña, en pos de hacer otras películas en un futuro cercano.
Estos tres enfoques se entremezclan más de lo que podría parecer, pero avanzan uno al lado del otro a la misma velocidad, como aviones en una pista de despegue que no sienten demasiada confianza por lo que les traerá su vuelo. Esto resulta particularmente irónico al considerar que el tema principal de la película es el cambio, o, por así decirlo, la mutación.
Mientras Peter Parker tiene que vivir en un mundo donde nadie lo recuerda y sufre constantemente al intentar adaptarse al cambio, Spider-Man empieza a sufrir una mutación. La película ocupa la muda de las arañas para darle una tercera pubertad al protagonista, que ya va por su cuarta historia en la que aprende a ser un adulto, y ayudarlo a tomar conciencia de su valor como persona y héroe —cosa que también está en su cuarta reiteración—. Esto también viene con un aumento de sus poderes que lo hace perder el control, lo que tiene pocas consecuencias en la película más allá de una escena en la que Jean DeWolff, aliada policial del héroe interpretada por Liza Colón-Hayes, le advierte que tenga cuidado.

Aunque podría parecer que la historia explorará los peligros del aislamiento y las formas en que cada uno lidia con eso —a través de una entrega excesiva al trabajo, una reclusión en casa o una dependencia en programas de IA—, si hay algo de lo que Peter Parker demuestra ser capaz es de pedir ayuda. Cuando necesita encontrar a la antagonista —Sadie Sink—, recurre a la Yelena Belova de Florence Pugh. Cuando busca ideas para lidiar con su mutación, de inmediato pide ayuda a Bruce Banner, interpretado una vez más por Mark Ruffalo. Y cuando necesita proteger a un ser querido o continuar su lucha contra el crimen, solicita la ayuda de Frank Castle o de Jean DeWolff, respectivamente.
Si bien los tres focos de la trama, divididos —más o menos— en las interacciones con los otros tres superhéroes, avanzan a la par, no aterrizan al mismo tiempo, lo que deja huecos en la trama y acaba por dejar irresueltos algunos de sus temas. El de la mutación y el cambio es el principal y claramente fue el primero en ser concebido, porque es el que se trata con más cuidado, y desplaza el desafío de Peter de reintegrarse al mundo. La aceptación del cambio y las nuevas formas de ser, y de las partes más oscuras de uno mismo, son conclusiones a las que la historia intenta llegar, pero se queda a medias. Al final, triunfa el aceptar lo que uno es, y los componentes más incómodos de esa estructura pueden ser pasados por alto si se consigue ese triunfo.
El gran triunfo de esta película, por otro lado, es ampliar las escenas entre el protagonista y sus mejores amigos, que fueron ignorados y reducidos a una simple función durante toda la trilogía anterior, de manera más notoria en la segunda y —especialmente— en la tercera. Ned Leeds —Jacob Batalon— es tan carismático como siempre y vuelve a tener momentos uno a uno con Peter y MJ, y también hay algunos entre los tres. Una de las mejores escenas de toda la estadía del arácnido en el MCU se debe a esto, durante la segunda mitad de la película, y es de esos momentos de interacción entre actores que tienen su propio espacio y hacen sostenible todo lo demás.
El corazón de esta película es robusto e interesante, pero las típicas marcas de la intervención del estudio —la introducción del personaje de Sadie Sink, diálogos sobreexplicativos que entorpecen el montaje, efectos especiales que no se ven del todo bien— le pesan y producen un resultado que a veces es apagado, a veces brillante, y al final queda un tanto inconcluso. Es más de lo mismo bajo una apariencia novedosa, que mueve poco la historia de su protagonista y no se hace cargo de su propia trama en todo momento, como debería. Es otro día más.
