Marisol García es una destacada periodista chilena especializada en música popular. Es responsable de una célebre carrera como escritora, tanto en medios (desde 1995 hasta 2025), como en libros. Destacan sus publicaciones Canción valiente (2013, Ediciones B; 2023, Tácitas), Llora, corazón (2017, Catalonia y CIP UDP), Claudio Arrau (2018, Hueders), Lucho Gática (2019, coescrito por Carlos Contreras, Hueders y SCD) Al estilo Pánico (2023, Clubdefans) y (No) se escucha (2026, Overol). Es parte de los equipos del portal MusicaPopular.cl y el festival de documentales sobre música In-Edit.
Su más reciente libro, (No) se escucha, fue publicado este año por Overol. Se trata de un extenso ensayo sobre el silencio y los acallamientos en Chile, tanto de manera literal, como metafórica. El texto repasa la teoría del silencio y sus aplicaciones a la música popular chilena, pero también los montajes de importantes piezas de John Cage (probablemente el artista más aventurado en su búsqueda por teorizar sobre el silencio a través del arte) en el país. Además, como varios libros de García, las reflexiones sobre el tema que da título al libro son también una oportunidad para reflexionar sobre otros tópicos igual de contingentes. En esta oportunidad, las reflexiones sobre el silencio abren una discusión sobre los ritmos de escucha, las decisiones tomadas por algoritmos y la sobre oferta de información en la que cualquier escucha se ve inherentemente inmerso en la era del streaming.
Expectador tuvo la oportunidad de conversar con García sobre su más reciente libro, pero también sobre la retórica frente al arte y el periodismo que este mismo texto desprende.
(No) se escucha es, en el fondo, un ensayo sobre el silencio, tanto literal como simbólico, en la historia de Chile. Lo primero que me interesa preguntarte es cómo llegaste a este tema. Sobre todo, partiendo de la base —y lo digo habiendo leído varios de tus libros— de que muchos de ellos parecen esconder una tesis o tener algo que decir sobre la música en sí misma, pero lo hacen a través de un tema particular. En este caso, el silencio.
Claro. Yo creo que, como periodista musical —que es algo que he ejercido durante los últimos treinta años—, empecé a trabajar en los años noventa y nunca he dejado de hacerlo. Creo que ese dato es importante, porque en el periodismo cultural es rara la persistencia en Chile. Más allá de los vaivenes que ha tenido el medio, yo he seguido siempre, de alguna u otra manera, vinculada al periodismo sobre música y, específicamente, sobre música chilena. Creo que hay muchas maneras de ejercer el periodismo musical, pero en mi trabajo siempre he buscado —y espero que se note— el vínculo de la canción popular o de la música popular con la historia reciente de Chile.
Estoy convencida de que las canciones dicen mucho sobre las sociedades, sobre las tendencias y sobre momentos particulares, políticos y sociales. Nunca he tenido dudas acerca de la importancia de la canción, pese a que creo que el mundo historiográfico, el político e incluso el mundo cultural en general tienden a mirar un poco menos la música popular. La consideran una suerte de expresión distractiva, de entretención, y a veces fallan al momento de encontrar en la canción chilena pistas más profundas sobre nuestra identidad y sobre lo que nos va pasando.
Entonces, pese a que mis investigaciones en libros y reportajes siempre han seguido la guía de lo que está pasando con la música en Chile, con los cantores populares, las bandas y las figuras musicales, creo que siempre lo vinculo, como tú dices, con algo más. En ese sentido, he tenido investigaciones previas sobre asuntos que parecen muy distantes de este ensayo: la canción política en el libro Canción valiente; la canción cebolla en Llora, corazón; también tengo publicados libros sobre el grupo Pánico, que es un grupo quizás más cercano al punk o al pop, por ahí va.
Imagínate pasar desde ahí a Lucho Gatica. Son perfiles biográficos que, en una primera impresión, pueden parecer muy distantes entre sí. Sin embargo, creo que al final siempre reporteo más o menos lo mismo: el oficio de los músicos. El oficio entendido como las ideas que hay detrás de dedicarse y dedicarle la vida a la música. Eso, aunque te parezca sorprendente, no dista demasiado entre Claudio Rojas y el grupo Pánico, porque hay una decisión de vivir de una manera diferente la propia vocación creativa. Luego, claro, aparece la pregunta: ¿qué dice eso sobre nosotros como chilenos?
En ese sentido, después de haber cubierto durante mucho tiempo la pauta promocional más convencional que te entrega el periodismo, resulta bastante poco convencional ponerse a pensar: “Ahora voy a abordar la música desde lo que no se escucha, desde los silencios y desde las pausas”. Pero, al tirar de ese hilo, me doy cuenta de que sigue siendo un reporteo que me exige hablar con músicos, compositores, productores e ingenieros de sonido. Al final, el silencio también es parte de la música.
Me esta insistencia en abocarse a una lógica periodística para hablar de música, dentro de un mercado editorial que pareciera exigir justamente lo contrario. Los libros de Lucho Gatica o Claudio Rojas, son perfiles en términos estrictamente periodísticos. Llora, corazón está editado por Tal Cual, una editorial de periodismo duro. Esto en el contexto de cierta distancia entre tu trabajo y el común de los libros sobre música editados en Chile, más cercanos al formato de fanzine ampliado.
Bueno, agradezco que te des cuenta de eso, porque quienes ejercemos esta pega tenemos poco menos que estar explicándolo constantemente.
En realidad, la información sobre música avanza entre dos ejes bastante opuestos. Uno es la información más superficial, apegada a la contingencia y a la promoción. Es algo que, creo, no tiene demasiado que ver con el periodismo, sino que es más bien una actividad casi publicitaria: contar qué va a pasar en el festival de este fin de semana, quién va a tocar y dónde se pueden comprar las entradas. No hay demasiada diferencia con ser publicista. Desgraciadamente, eso es lo que prima. Creo que hoy ocurre incluso más que nunca. Con la crisis de los medios, eso terminó instalándose como si fuera el periodismo necesario para cubrir incluso los grandes eventos. De pronto viene Soda Stereo a Chile y toca con un avatar de Gustavo Cerati, y eso se cubre sin ninguna distancia crítica. Es bastante frustrante.
Luego está el otro extremo, que es el que durante décadas primó, sobre todo en la publicación de investigaciones: la musicología. En la mayoría de los casos, la musicología no aborda la música popular como un campo de pistas sobre nuestra convivencia y nuestra identidad, porque está abocada a otro tipo de interpretaciones y análisis.
Entonces, creo que lo que hago se encuentra en medio de esos dos extremos. Es algo que a mí nunca me ha generado conflicto, porque es un campo muy establecido en el extranjero. De alguna manera, me fui formando leyendo a ese tipo de periodistas en Estados Unidos, Inglaterra, España y Argentina. Son campos que están muy bien cubiertos en revistas y libros. Nunca tuve un conflicto con utilizar los códigos de la crónica ni con lo que aprendí como periodista. Además, es algo que quiero defender, porque nunca he dejado de definirme como periodista. Incluso un libro como (No) Se Escucha, que parece tan alejado de la actualidad, está construido con elementos de crónica, entrevistas y datos.
Creo que lo que puedo hacer en mis investigaciones es instalar esas formas de buscar información que, finalmente, también les serán útiles a los musicólogos. Esto lo he ido aprendiendo con el tiempo: ellos hacen algo diferente de lo que hago yo. Yo me nutro de algunas de sus investigaciones y no veo por qué ellos no podrían nutrirse también del reporteo que yo he hecho, de los datos, de la actualidad, de nombres más diversos y de la síntesis. Creo que el periodismo te entrega una capacidad de síntesis que no existe en la academia, o que existe menos en la academia.
También sería importante que el periodismo de medios tuviera en su radar los elementos que vamos dejando quienes hacemos un periodismo más investigativo, que actualmente se está desarrollando en Chile principalmente a través de libros, documentales o series documentales. Entiendo que pueda causar extrañeza, porque es un campo en el que Chile no tenía demasiado oficio o desarrollo. Sin embargo, el periodismo interpretativo y analítico sobre música popular existe desde hace mucho tiempo en los grandes mercados y en los países desarrollados.
Finalmente, así tiene que ser. En los países desarrollados, ¿quién podría dudar de que Elvis Presley es mucho más que un cantante? Es un símbolo cultural al que hay que abordar con toda la profundidad que merece.
Sí, genera cierta disociación observar fenómenos como el de Indio Solari en Argentina, por ejemplo. Uno inevitablemente se pregunta si aquí existe una cultura capaz de comprender la importancia de una figura como esa aquí.
Es genial, porque yo creo que esa cultura sí existe, pero existe entre la gente. Es un poco lo que me pasó con la canción cebolla. Al reportearla, me llamó mucho la atención que en las notas que hicieron sobre el libro —aunque yo pedía que no ocuparan esa palabra— todas utilizaran el concepto de “rescate”. Repetían constantemente que se trataba de un rescate.
Sin embargo, una de las cosas de las que me di cuenta al reportear la canción sentimental, el bolero más melodramático —que es un poco lo que define a la canción cebolla—, es que está profundamente asentada entre la gente. Lo que ocurre es que no está asentada en los círculos que frecuentan los editores de medios o los santiaguinos quizás más acomodados, entre los que me incluyo, por supuesto. Yo no vivo en San Antonio ni frecuento bares de puerto.
Eso me hizo pensar que existen una especie de carreteras paralelas. Hay música que está ahí. Yo no la rescaté: ha estado ahí siempre. ‘El día más hermoso’, de Ramón Aguilera, se canta todos los años para el Día de la Madre. Pero, claro, ocurre algo similar con el fenómeno de Argentina: que los periodistas sean o no capaces de interpretarlo no va a influir en que la gente siga sintiendo que el Indio Solari es un líder casi ideológico para ellos.

Hay un fenómeno muy reciente en Chile que junta cultura, política y economía. ¿Qué te parece la manera en la que ha sido cubierta por los medios la potencial suspensión del concierto de BTS? Fue un caso muy interesante porque los medios se vieron obligados a acercarse con una rigurosidad quizás más propia de la que utilizan para hablar de política y con un reporteo más incisivo. En términos de interés periodístico tradicional, esto recuerda el caso de Scaramelli, por ejemplo.
Creo que, al menos en el periodismo musical, es de una gran ingenuidad no entender que la exigencia actual consiste en manejar con cierto detalle y especialización materias relacionadas con lo tecnológico y lo económico. Yo no concibo un periodismo musical que no entienda qué está pasando con el negocio del streaming o con el monopolio de las grandes empresas de la industria de la música en vivo. Estoy hablando, por ejemplo, de Ticketmaster. No entender los conflictos legales que existen en torno a eso sería una falencia.
Eso forma parte de mi oficio: leer y entender sobre esos temas.
Entonces, cuando quieres cubrir la suspensión o la eventual suspensión del concierto de BTS en el Estadio Nacional y no estás observando de dónde proviene la lógica de negocios de una megaproductora, no conoces la historia de esa megaproductora, sus conflictos previos ni la legislación que se impone sobre esa actividad, tu reporteo va a ser prácticamente infantil. Se limitará a contar lo más inmediato que está pasando, ya no solo en los comentarios, sino también en las redes sociales.
Además, creo que eso significa infantilizar a las fanáticas, que tienen muchas más capas que simplemente ser un grupo de “gritonas” o de chicas, como sea que se las haya caricaturizado. Creo que la caricatura es incompatible con el periodismo.
En el periodismo musical siempre he pensado que lo que a mí me gusta o no me gusta es muy secundario. Yo no escribo solamente sobre lo que me gusta. Cuando algo no me gusta, pero se convierte en un fenómeno de gran magnitud, mi función como periodista es intentar entender por qué ocurre. Mi función no es entrar a atacar el trap o, en este caso, el k-pop.
Pero una se siente un poco predicando en el desierto con estas cosas, porque evidentemente lo que prima es lo que tú describes: una cobertura inmediata y con pocas fuentes. También se trabaja con herramientas que están en deuda con la necesidad de entender, por ejemplo, la cantidad de dinero que mueve la música popular. Además, existen vínculos políticos entre Chile y Corea. Tú sabes que gran parte del k-pop se explica también por decisiones gubernamentales y de Estado que Corea del Sur tomó en algún momento. Para cualquier periodista cultural, conocer eso es entretenido e interesante. Y no solo para un periodista cultural. Creo que, cuando una industria genera tanto dinero, ya da lo mismo cuál sea la naturaleza de esa industria: se convierte en un activo. En ese caso, el estilo de música pasa a ser indiferente.
Para volver a aterrizar la conversación en (No) Se Escucha y conectando con lo que estamos hablando: dadas las reglas de los algoritmos, el streaming, los medios y los programas de prensa, ¿dónde quedan hoy los espacios para silencios y pausas? ¿Cómo se puede acceder a ellos? ¿Cómo se puede luchar para que otras personas también tengan la voluntad de acceder?
Creo que lo principal —y quizás hace cuarenta años habría parecido una tontera decirlo— es entender que la escucha tiene que provenir de una decisión propia. En los tiempos actuales es muy importante tenerlo en cuenta. Eso implica decidir qué escuchas, qué quieres escuchar y qué eliges buscar para escuchar, pero también decidir cuándo quieres dejar de escuchar.
El gusto por la música incluye también esas pausas, esos silencios o la decisión de tomar distancia de las modas y de la viralización de ciertos sonidos o músicas, porque quieres desviarte un poco de la pauta o de aquello que está siendo tendencia. Entonces, hay que entender que nuestras decisiones de escucha incluyen, por supuesto, las decisiones de pausa, que son completamente lógicas.
Yo parto el libro diciendo que me parece sospechosa la gente que nunca deja de escuchar música, que siempre tiene música de fondo. Es como si no le gustara realmente o como si no tuviera una relación genuina con ella. Entender que eso pasa por tu decisión y que nadie puede manejarla por ti quizás se está convirtiendo lentamente en una causa. Vamos a ver en qué termina, pero, si nos ponemos a pensar, ya hay una serie de decisiones en las que la industria nos ganó.
¿Qué habría pasado si, por ejemplo, hace quince años hubieras dicho: “No voy a renunciar a escuchar CDs y esa va a ser mi decisión. Me gasté todos mis ahorros en la mejor colección de CDs y quiero seguir escuchándolos”? La industria fue tomando la decisión por ti, porque hizo desaparecer los lectores de CDs de nuestros aparatos cotidianos. Supongo que todavía se pueden comprar, pero ya no están tan a la mano como solían estarlo. Creo que vivimos un momento de lo que se ha denominado la economía de la atención. Esto va más allá de cuáles sean nuestras preferencias, porque también lo podemos aplicar a la forma en que se educa a los niños y a otros asuntos mucho más profundos e influyentes para la sociedad.
Lo principal es estar conscientes y alertas respecto de que el lugar hacia el que nos está llevando la digitalización no es inevitable. Hay cosas sobre las que todavía podemos tomar las riendas y actuar por nuestra cuenta. Para mí, ese es un llamado importante cuando te gusta la música y quieres defender tus hábitos de escucha. Esos hábitos no pasan solamente por el formato en el que escuchas, sino también por saber distinguir entre las modas, las imposiciones del algoritmo, como dices tú, y las imposiciones comerciales o de mercado. Quizás también es legítimo e importante parar el carro respecto de los precios de las entradas para algunos conciertos y decir: “Hasta aquí llego, porque lo demás ya me parece usura”.
En fin, hay muchas cosas. Pero quizás la idea de considerarnos agentes de nuestra propia escucha es bonita y me parece importante.
Muchísimas gracias, Marisol.
De nada, Nicolás.
(No) se escucha, de Marisol García, se puede encontrar en las principales librerías de Chile. Así como también vía Overol.

