Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Aarón Castro
Hay espacios que se han vuelto parte de la ruta urbana indiscutible. Locales, sitios y puntos de encuentro que tanto para el santiaguino como el foráneo son parte de un recorrido de visitas recurrentes. Sala Metrónomo, tanto para una escena alternativa surgente como para círculos que llevan más años, es ciertamente uno de esos lugares.
La familiaridad se ha encargado así —en contadas ocasiones— de generar jornadas particulares, de un sentimiento más tranquilo y cómodo, pero no por ello menos emocionante, y entre el equipo nacional de Niños del Cerro, y su contraparte transandina Mi Amigo Invencible, aquello que se construyó este pasado miércoles 22 de abril respondió exactamente a eso.

Ni que fuera día de semana, ni el movimiento de Bellavista fueron razón suficiente para impedir una Sala Metrónomo llena, que recibió a la primera agrupación con gritos cálidos de quien se reencuentra una y otra vez. Niños del Cerro subió al escenario pasadas las 8:30 junto a canciones de su último lanzamiento “Alma Tadema”, permitiendo que ‘Vinca’ y ‘Buen Dormir’ dieran la bienvenida a los presentes.
’Tembló’, ‘Canto al mediodía’ y ‘Seis de enero’, todas también de su último proyecto, se sumaron a este setlist certero, que no optó por dejar fuera sus temas más clásicos, invitando al público —como siempre— a entonar y saltar himnos como ‘Flores, labios, dedos’ y ‘Sulamita’.

En ‘Príapo’, continuación simbólica de ‘Sísifo’ —que formó parte también del setlist—, se vivió el primer momento de comunión de la noche, subiendo Mariano Di Césare a acompañar el coro, emotivo por cierto, de la canción. Aunque a este punto se habían identificado uno que otro problema en el sonido retumbante del recinto, la mera emoción de verse compartiendo, en el público y en el escenario, fue suficiente para que estas debilidades no tuvieran mayores repercusiones.

Al momento de subir los argentinos, en su cuarta visita al país tras una última presentación en 2024 también en Sala Metrónomo y acompañados de Simón Campusano, la agrupación fue recibida con anticipación y afecto, dando paso a dos —valga la redundancia— duplas de canciones. Primero ‘Gato negro pasa’ y ‘La danza de los principiantes’ de su álbum del mismo titulo, seguidas de ‘Fósil’ y ‘Bip-bip no me hables’ del aclamado “Dutsiland” de 2019.
Devolviendo el gesto, el primero de una seguidilla de invitados sobre el escenario fue, ciertamente de manera esperada, Simón, quien acompañó a la banda durante ‘Desayuno Continental’ en una versión significativamente más ecléctica y energética de la versión de estudio, y quizás por lo mismo, sumamente disfrutada.

Acto seguido fue el turno de Matías Ávila —vocalista de Candelabro— de marcar su presencia bajo las luces neón de Metrónomo para entonar los coros y estrofas de ‘La Araña’, haciéndose parte de manera similar a en la que la audiencia cantaba las líricas: con entusiasmo, pero sobre todo, con cercanía. Así, un par de canciones y risas más tarde, en ‘Jardín secreto’ se abrió paso Javiera Mena ante los ojos sorprendidos de la audiencia, en un cameo breve pero no por ello menos relevante.
‘Acto de fe’ dio el cierre final a esta jornada de indie-pop, o de pop de guitarras, o de indie-rock y de aquel sentimiento naif, dependiendo de a quién se le pregunte. El tema incluyó una extensión en sonido y un lanzamiento de Mariano al público, todos recibidos con la misma energía afable que —con justa razón— se hizo presente en toda la jornada.
